Los muertos no escribían cartas.
Alma Ferrero lo sabía mejor que nadie.
Podían dejar testamentos, confesiones, cuentas sin pagar, promesas incumplidas y declaraciones de amor que sobrevivían durante siglos dentro de una caja mal cerrada. Podían conservarse en una firma temblorosa, en la marca circular de una copa de vino o en una mancha de humedad con la forma de un continente desconocido. Podían incluso engañar a quienes los leían, porque todo documento era una versión interesada de la verdad.
Pero los muertos no escribían cartas dirigidas a personas que todavía no habían nacido.
Alma sostuvo la hoja bajo la lámpara de luz fría y volvió a leer la frase.
Alma, cuando encuentres estas palabras, todavía no me habrás conocido.
La tinta se había vuelto marrón con el paso del tiempo. El papel, quebradizo en los bordes, presentaba pequeñas perforaciones provocadas por insectos y una extensa mancha de humedad que cubría parte del margen inferior. A pesar de eso, la oración permanecía intacta.
Nítida.
Deliberada.
Imposible.
Alma apartó la vista del documento y observó el taller de restauración improvisado en el antiguo comedor de la estancia. Las persianas estaban entreabiertas y permitían el paso de una luz grisácea. Afuera, el cielo de la tarde se acumulaba sobre la llanura como una sábana de plomo.
La tormenta llegaría antes de la noche.
Sobre la larga mesa de madera descansaban pinceles de cerdas suaves, espátulas, papeles secantes, pesos de vidrio y pequeñas bolsas confeccionadas con tela sin blanquear. Cada objeto se encontraba en el lugar exacto que le correspondía. Alma necesitaba trabajar así. El orden de las herramientas compensaba el desorden de las historias.
Volvió a inclinarse sobre la carta.
La había encontrado dentro de una carpeta rotulada como Correspondencia comercial, 1804-1807, mezclada entre facturas de cueros, pedidos de yerba, registros de mulas y cartas dirigidas a comerciantes de Montevideo. Nada en el inventario mencionaba un mensaje personal. Mucho menos uno dirigido a una mujer llamada Alma.
No era extraño que los archivos familiares contuvieran documentos mal clasificados. Durante generaciones, las personas guardaban papeles sin comprender su importancia, los trasladaban de una casa a otra y los agrupaban por tamaño, por color o por simple comodidad. El trabajo de Alma consistía precisamente en devolverles un orden.
Sin embargo, aquella carta no parecía haber sido colocada allí por accidente.
Había sido doblada alrededor de una medalla de plata.
Alma miró el pequeño objeto que descansaba sobre una bandeja acolchada. Era ovalado y un poco más grande que una moneda. En una de sus caras aparecía un árbol de copa irregular, con ramas extendidas y raíces exageradamente profundas. En la otra se distinguía una flor de cinco pétalos.
Un ceibo, pensó.
Aunque no estaba completamente segura.
En torno a la imagen había una inscripción casi borrada. Alma había intentado leerla con una lupa, pero algunas letras estaban desgastadas.
—Aquello que echa raíces… —murmuró.
La puerta del comedor se abrió y el sonido hizo que Alma se sobresaltara.
—¿Todavía seguís trabajando?
La mujer que entró llevaba una bandeja con una taza de café y dos porciones de torta frita. Tendría unos sesenta años, aunque su manera de moverse le daba una energía más joven. Tenía el cabello entrecano recogido en un rodete y usaba un delantal floreado sobre un pantalón de campo.
—Son las seis y cuarto —añadió—. En cualquier momento se larga.
Alma cubrió la carta con una lámina protectora.
—Gracias, Elvira. No hacía falta que me trajera nada.
—Eso dicen todos antes de comerse hasta las migas.
Elvira dejó la bandeja en una esquina libre de la mesa y se acercó a la ventana.
La estancia Santa Irene se levantaba a unos treinta kilómetros de San Antonio de Areco, al final de un camino de tierra que las lluvias convertían en una trampa de barro. El edificio principal había sido construido a fines del siglo XIX sobre las ruinas de una casa más antigua. Pertenecía a la familia Echeverría desde hacía seis generaciones, aunque hacía décadas que nadie vivía allí de manera permanente.
La última propietaria, Leonor Echeverría, había muerto el año anterior sin hijos. En su testamento dispuso que la casa se convirtiera en un centro cultural y que el archivo familiar fuera donado a una universidad. Antes de trasladar los documentos, era necesario evaluarlos, limpiarlos y clasificarlos.
Alma había aceptado el trabajo sin pensarlo demasiado.
Tres semanas en una estancia casi vacía, rodeada de papeles antiguos y lejos de Buenos Aires, le habían parecido una forma razonable de pasar el invierno.
—El viento viene del río —dijo Elvira—. Nunca me gusta cuando se pone así.
—Estamos bastante lejos del río.
—El viento no sabe de distancias.
Alma sonrió sin apartar los ojos de la carta.
—Encontré algo extraño.
Elvira se volvió lentamente.
—En esta casa todo es extraño.
—Una carta.
—Eso no parece muy extraño para alguien que vino a ordenar cartas.
—Está dirigida a mí.
La expresión de Elvira cambió. Fue apenas un endurecimiento de la boca, una pausa demasiado larga antes de contestar.
—Debe ser para otra Alma.
—No hay apellido.
—Habrá habido muchas Almas.
—No tantas en mil ochocientos seis.
Alma trató de decirlo con ligereza, pero el silencio de Elvira volvió más pesada la frase.
La mujer se acercó a la mesa.
—¿Puedo verla?
Alma dudó. El protocolo indicaba que los documentos no debían ser manipulados por personas ajenas al equipo de conservación. Pero estaban solas y Elvira no parecía dispuesta a tocarla.
Alma retiró la lámina protectora.
Elvira leyó la primera línea. Su mirada se detuvo en la frase, descendió hacia la firma y después regresó al comienzo.