(Inicio de escena retrospectiva)
El visitante especial, Emil, vivió en una villa ubicada en una de las tantas orillas del bosque de Güíldnah, una villa conocida como Toen. Ahí vivió durante su infancia y juventud, pero no se sabe dónde nació. Fue abandonado cuando tenía pocos meses de edad, justo en medio del camino principal del pueblo; de seguro hubiera muerto, si no fuera porque una pareja de casados lo recogió y adoptó. Era un matrimonio joven y pobre, cualidades que no importaron para darle a su nuevo hijo una infancia feliz, alentándolo a siempre luchar para salir adelante, a pesar de que sufre la enfermedad que limitó su crecimiento físico: enanismo.
Los padres adoptivos bautizaron a su hijo con el nombre de Jensen, quien decidió abandonar Toen a los veinticinco años; Jensen quería probar mejor suerte en la cercana ciudad capital, ya que ahí vivían más artesanos que en su villa. Tendría más oportunidades de convertirse en un aprendiz si se aventuraba a ir a la ciudad capital. Los padres aprobaron y felicitaron a Jensen por su valentía, deseos de salir de la pobreza y ambición de aprender más. En el día de la partida, los padres adoptivos le dieron un poco de dinero y provisiones para el camino, deseándole la mejor de las suertes.
En lugar de rodear el bosque de Güíldnah para llegar al sendero terroso principal, Jensen decidió cortar camino, adentrándose directo en el mar de árboles; todo iba bien al principio… hasta muchos minutos después, cuando se perdió. Quien sabe por cuantas horas deambuló Jensen en la arboleda, antes de toparse con el campamento gitano de Grigore. Fue recibido de manera amable por los guardias en turno, quienes le invitaron varias raciones de comida y bebida. Mientras saciaba su hambre adentro de la carpa de banquetes, Jensen conoció a Grigore; los dos platicaron durante largos minutos, convirtiéndose pronto en buenos amigos. Jensen deseaba conocer el nombre del líder gitano, pero nunca logró que el susodicho revelara ese secreto tan importante. Debido a su negatividad inquebrantable, Jensen decidió (al igual que yo) inventarle un nombre al jefe romaní para poder «sellar» esa nueva amistad; la suerte escogió el nombre de Rudolf, ya que fue el primer nombre que llegó a la mente del enano, mientras que Jensen decidió agregarle el título inalterable y opcional: Rudolf «el jefe», Rudolf «el líder» o Rudolf «el patriarca». De hecho, Jensen es el único habitante de Güíldnah que llama al líder húngaro con un nombre propio.
Antes de seguir adelante, tengo que aclarar un detalle. Grigore y Rudolf son los mismos personajes, al igual que Emil y Jensen; pronto explicaré el porqué de los dos nombres del enano. Paciencia.
Una vez que Rudolf y Jensen inician su amistad, el líder gitano le relata a su nuevo compañero historias de fantasía; historias de hadas, duendes, unicornios, sirenas, ninfas y otros seres fantásticos, aunque al final, Grigore confiesa que en realidad son anécdotas personales. Jensen se maravilló con las supuestas vivencias de Rudolf, tanto, que le preguntó dónde podía encontrar a tales seres feéricos; como respuesta, el jefe zíngaro le invitó a visitarlos, ya que vivían en el bosque cercano, separado por un kilómetro y medio de pradera verde.
En un santiamén los dos amigos se alistaron para ir al bosque vecino, usando como transporte el corcel pura sangre de Grigore. El segundo bosque tiene por nombre Piim-Asud, bautizado así por los gitanos de Güíldnah; el resto de los habitantes todavía no le da ningún nombre a ese territorio lleno de árboles. Para simplificar el nombre de ese santuario verde, la mayoría de los romaníes prefieren usar la palabra Piud.
Al llegar a Piim-Asud, Rudolf le presenta a Jensen a decenas de diferentes hadas, duendes, ninfas y unos cuantos animales parlantes; amigos de Grigore y de la mayoría de los romaníes, uno de los dos únicos grupos de habitantes de Ítkelor que conviven con esos seres fantásticos. De manera fácil, Jensen se convierte en un amigo más de los habitantes de Piud, tanto así, que los reyes de las hadas y duendes le regalaron un par de botas mágicas. Grigore y Jensen se quedaron en Piim-Asud hasta tarde; regresaron al campamento húngaro en medio del ocaso, permitiéndole al enano visitante dormir toda la noche adentro de la carpa del líder gitano, sobre una isla de cojines cercana al trono.
A la mañana siguiente, el zíngaro mayor acompañó al enano hasta llegar al camino principal hacia el reino; al despedirse, Rudolf «el jefe» le regaló a Jensen un poco más de dinero y de provisiones.
En los primeros días, al joven Jensen no le fue nada bien en la ciudad del Norte. Tuvo que vivir en las calles al ser rechazado por todos los maestros artesanos para ser su aprendiz, ni siquiera lo quisieron recibir como un vasallo. Durante los meses siguientes, visitó el campamento gitano a diario para no morir de hambre o sed; todo el dinero y provisiones que le habían regalado, lo gastó y comió en su totalidad semanas atrás. A lo largo de su estadía en la comunidad zíngara, Grigore le narró más historias del bosque Piud. Habiendo finalizado el cuarto mes, Rudolf «el patriarca» invitó a Jensen a quedarse en el campamento; notando su mala suerte, Jensen aceptó la propuesta. Al ser adoptado por la comunidad romaní, Jensen fue rebautizado con un nombre gitano: Emil. El enano usa el nombre de Jensen con el resto de habitantes de Ítkelor; cuando visita a sus hermanos húngaros, siempre usa el segundo nombre.
En sus primeros días como gitano, el joven Emil aprendió varios oficios por parte de sus anfitriones, que son muy diferentes a otros romaníes: trabajan muy duro para comerciar diferentes objetos y conseguir el sustento diario… aunque, como leyeron varios párrafos atrás, hay varios gitanos que no pueden dejar de robar. Hay zíngaros granjeros, panaderos, carpinteros e inclusive herreros; las gitanas son maestras en la sastrería, confeccionando ropa, alfombras o mantas para dormir; siempre hay materia prima, gracias a un rebaño grande de ovejas que siempre pasea por todo el campamento, aparte de un proveedor de telas confiable. La colección de cuentos de hadas en la cabeza de Emil fue aumentando semana tras semana, gracias a las vivencias personales que experimentaba, ya fuera solo o acompañado de su buen amigo Rudolf.
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Editado: 12.09.2026