Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

III

Regresando al presente de la historia, Emil ahora es el alma de la fiesta, bailando y charlando con varios hermanos zíngaros durante una hora completa. Un poco cansados, Emil y Rudolf se retiran de la carpa de banquetes, dirigiéndose a la tienda del jefe romaní; Grigore quiere seguir platicando con su mejor amigo. Lo primero que contempla el enano al entrar al hogar de Rudolf, es una montaña de tesoros alrededor del trono dorado: más objetos de oro (vajillas, objetos decorativos y alhajas), aparte de cuatro cofres grandes llenos con una mezcla de monedas doradas y joyas pequeñas.

—Tus riquezas no han cambiado mucho, el lado bueno es que no han disminuido tanto. Creo que nada —menciona Emil, con las manos apoyadas en su cintura y feliz, al tanto que voltea con su amigo gitano, quien se acerca a su cama de paja a un par de metros lejos.

—Siguen casi igual. Ya no he recibido nada de regalos por parte de los reyes de Piim-Asud y el mar durante un año —comenta Rudolf, tranquilo, después de sentarse en el montón de paja cubierto con una cobija; sin más tardanza realiza las preguntas claves—. ¿Cómo te ha ido con tu vida de sirviente? Fueron cinco meses de que no sabemos nada de ti. ¿Todavía tienes el poni mágico que la reina Zelinda te regaló?

Antes de contestar, Emil acerca varios cojines junto a la cama de Rudolf, dejándolos en el pasto del suelo desnudo; cuando reúne cuatro cojines, el enano se acomoda en ese sillón improvisado.

—Por supuesto. De hecho, mi amigo cuadrúpedo me ayudó para llegar rápido; incluso tiene su propio lugar en las caballerizas reales —responde Emil un tanto orgulloso, sentado a sus anchas y volteando con el patriarca.

—Increíble. Eso quiere decir que eres el favorito de los reyes —supone Rudolf.

—No. Reginald y Yaroslav son los favoritos de los monarcas. En cuanto a mí, parece que soy el sirviente menos importante para los reyes; ni siquiera me saludan. Solo me piden cuidar al príncipe y a la princesa. Nada más. El lado bueno de que sea el más menospreciado del rey y la reina, es que tengo mucha más libertad de pasear por todo el castillo sin ser molestado; lo puedo hacer acompañado de los hijos del rey, así puedo cuidarlos mientras paseo o visito a mis amigos al mismo tiempo.

» Mi poni puede quedarse en las caballerizas reales, porque soy buen amigo del mozo de cuadra real, aparte de que ocupa muy poco espacio; de hecho, soy un buen amigo de casi toda la demás servidumbre y guardias reales. Durante esos cinco meses estuve explorando el castillo y fortaleciendo mi amistad con los sirvientes, soldados y los capitanes de la realeza; con Reginald no necesité tanto tiempo. Desde el principio es un gran amigo; me ayuda todo el tiempo. De igual manera, ya que no tengo tantas tareas por hacer, le ayudo al resto de sirvientes cuando tienen exceso de trabajo.

—Sé que la princesa y el príncipe todavía son menores de edad. ¿Cuántos años tienen con exactitud? —pregunta Rudolf con mucha curiosidad, acercándose más a Emil al tanto que permanece sentado.

—Apenas antier les festejaron sus cumpleaños por adelantado. La princesa Niamh cumple diez la semana que viene, mientras que el príncipe Evans apenas es un año mayor que su hermana; él los cumplirá dentro de tres semanas.

» De verdad que tienen demasiada energía esos niños; son un tornado en miniatura donde quiera que estén. No cualquiera puede cuidarlos, solo yo, Reginald y Mildred. Reginald es muy amable con ellos, aunque puede cuidarlos por poco tiempo; los podría cuidar desde el amanecer hasta el anochecer, si no fuera por el rey que siempre requiere de su compañía. Pareciera que es su sombra. En cuanto a Mildred, ella sí puede cuidarlos todo el día, lo malo es que es una sirviente gruñona y mandona. Evans y Niamh no se atreven a cuestionar o a desobedecer a esa ogra, porque se ganarían un buen castigo y reprenda. Hasta yo le tengo miedo a esa mujer amargada. Por mi parte también puedo cuidar al príncipe y a la princesa, desde el alba hasta poco después del ocaso; tal vez porque soy demasiado despreocupado, o porque me divierto junto con esos pequeños —supone Emil mientras sonríe y mira el techo de la carpa.

—¿Usas las botas mágicas? A según recuerdo y lo que dijo la reina ninfa, es que con ellas puedes ser muy veloz y poder saltar cuatro veces tu estatura —menciona Rudolf mientras mira a un lado, recordando aquella vez en tiempos pasados.

—De vez en cuando, en especial cuando quiero sentarme en una silla o alcanzar un objeto demasiado alto; siempre procuro usarlas cuando nadie me vea. Nadie sabe de las propiedades mágicas de mis botas ni las de mi poni, que es igual de veloz que el viento embravecido. Reginald sabe de mi amistad con ustedes, los gitanos, desde que me presenté en el castillo para ganar el puesto de bufón, seis meses atrás; me ha prometido que no le dirá a nadie acerca de mi amistad con ustedes, y hasta el momento ha cumplido su palabra.

—Esperemos que así sea —menciona Rudolf con seriedad, mirando el pasto de alrededor por unos segundos; se queda meditativo durante un par de instantes, antes de realizar una observación—. Oye. Entonces sí eres importante después de todo. Digo, tú eres el único que puede cuidar a la princesa y a su hermano todo el día. ¿No notarán tu ausencia? Podrías meterte en serios problemas —le advierte el líder romaní a su amigo enano, volteando a verlo con preocupación.

—Ni el rey ni la reina me han felicitado ni le han dicho nada al respecto a Reginald; mi compañero bufón es el primero en enterarse de un chisme. Dudo mucho que los reyes noten mi ausencia; los que sí lo notarán serán mis amigos sirvientes, guardias y capitanes, mas ellos me «cubrirán la espalda». No le dirán nada a los monarcas. Reginald es más confiable, porque solo él sabe que he venido a visitarlos. Tengo todo el día libre, aunque tengo que regresar mañana en la madrugada al castillo y quedarme ahí todo el día; no quiero tentar de más a la suerte. Me siento un poco culpable al dejar a los niños bajo el cuidado de Mildred. Ojalá y soporten un día de cuidados de esa bruja —expresa Emil un poco ansioso, teniendo pensamientos donde imagina a la tal Mildred gritando órdenes hacia Evans y Niamh.




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