Llega una nueva mañana en el campamento zíngaro de Grigore. El patriarca se despierta por sí solo, vistiéndose con su acostumbrada camisa, pantalones, botas, pañuelo en la cabeza y varias alhajas.
Durante su acostumbrada revisión matutina, Grigore recibe la visita de un hombre que pertenece al gremio de comerciantes de Brumn. Acompañando a ese vendedor de telas hay un grupo de personas: vasallos, guardias personales y pueblerinos.
—Buenos días, Joseph. ¿Ya vendiste toda la ropa y mantas que te llevaste hace tres semanas? —le pregunta Grigore al comerciante, alegre, después de saludarlo con un apretón de manos y un abrazo.
Joseph es el comerciante más popular de Brumn, porque es el que más ganancias genera cada semana. Ese hombre lo demuestra todo el tiempo, usando ropa de la mejor calidad, incluyendo sombreros extravagantes y unas cuantas alhajas de plata (unos anillos y un par de collares delgados). Joseph ya es un adulto mayor de cuarenta y cinco años, de piel blanca y ojos grises, opuesto a la piel de Grigore, porque el líder romaní tiene tez morena oscura; no es el único, ya que hay tres colores de piel en común entre los zíngaros de Güíldnah: blanca, morena clara y morena oscura.
—Casi toda, líder gitano, decidí resurtir la mercancía desde antes —explica Joseph de buen humor, sonriendo mientras corresponde el abrazo.
—Muy bien muy bien —expresa Grigore tranquilo mientras voltea hacia un lado.
Un grupo de vasallos y pueblerinos se acaba de acercar con las principales gitanas costureras, quienes han empezado a ofrecerles parte de su trabajo (ropa y un par de alfombras); un poco más lejos, otros tres hombres pasean entre el campamento, admirando los trabajos finales de los carpinteros, herreros y curtidores.
—¿Son amigos tuyos? —indaga Grigore con curiosidad, señalando a los residentes de Brumn que pasean entre las tiendas y carromatos de los húngaros.
—Está en lo correcto, patriarca. Ellos son socios del gremio de comerciantes: es el panadero y el carnicero de Brumn; el tercer hombre es un orfebre que vive en la ciudad del Oeste que me vino a visitar. Tenían mucha curiosidad por ver las artesanías y mercancías de su gente, mas no se atrevían a venir solos. Aproveché la ocasión para traerlos conmigo —detalla Joseph un tanto emocionado, antes de llamar a tres vasallos por su nombre.
Aquellos súbditos se acercan rápido, sentados al frente de una carreta de madera jalada por caballos, llena con rollos de dos metros de largo y diferentes grosores; son metros y metros de telas multicolores. La carreta se detiene adelante de Joseph y Grigore, mostrándoles la parte trasera del vehículo rústico, por lo que ambos hombres tienen la oportunidad de contemplar mejor ese arcoíris de materia prima.
—Aquí tiene líder zíngaro. Suficiente tela para dos meses completos, a según mis cálculos. Le he traído dos tipos de lino, terciopelo, algodón y lana; ya sé que pronto trasquilará a sus ovejas y pensé que lo mejor para usted es tener lana de reserva —detalla el vendedor de telas mientras señala la carreta y la mercancía con ambas manos; acto seguido se acerca a los rollos, recogiendo un par de telas aparte: son dos retazos cuadrados de una tela especial, de apenas sesenta centímetros por lado—. En esta ocasión, le he traído dos rollos de la más fina y elegante seda traída del lejano Oriente; le aparté dos colores, rosa y violeta, en los siguientes meses trataré de aumentar la variedad de tonos —explica Joseph al tanto que extiende la tela de muestra con ambas manos.
—¿Seda? Oh cielos. Esa tela es demasiado costosa y ostentosa; no creo que pueda aceptarla, tampoco pagarla —asegura Grigore, nervioso y apenado, aunque no puede apartar la mirada de ese retazo de seda que sostiene Joseph.
—Líder gitano, por favor, poor favooor —expresa el comerciante de telas de manera condescendiente, riendo un poco mientras baja los brazos y la tela; mantiene las manos juntas, sin soltar el retazo de seda—. Nos conocemos desde hace poco más de catorce años, ¿cree que le voy a cobrar el valor total de la seda y el resto de telas? Claro que no. Como siempre, le pediré la cuarta parte del valor total de cada rollo, incluyendo los dos rollos de seda.
—De verdad eres muy amable, Joseph… pero me siento mal y apenado contigo. Siempre me obligas a cobrarte el valor total de las artesanías de mi clan que te llevas, incluyendo los trabajos de mis hermanas costureras, mas nunca me permites pagarte el valor real de tus telas. Para mí no es justo. ¿Cómo puedes mantener tu riqueza si realizas este tipo de tratos? —indaga Grigore demasiado intrigado, frotándose por breves momentos su barbilla.
—Ooh. Jo, jo —ríe Joseph con demasiada confianza antes de contestar—. Usted es el patriarca romaní, mientras que yo soy el comerciante. Los negocios son mi especialidad; tengo mis métodos… y mis secretos. Me encantaría compartir esos pasos exclusivos míos para obtener riquezas, sin embargo usted ya tiene sus propios medios para obtener oro, plata y joyas. ¿Ya podemos cerrar el trato? Me paga una cuarta parte de toda mi mercancía, mientras que yo le pagaré el total de la mercancía de su pueblo, tanto la que escoja yo como los objetos que mis amigos quieran comprar —comenta Joseph demasiado feliz, estirando una mano, ofreciéndole un apretón de manos a Grigore.
El zíngaro mayor lo medita por pocos segundos, antes de cerrar el trato.
—Está bien Joseph. Trato hecho… pero… pero tendré que rechazar los rollos de seda. No solo porque me parece un derroche innecesario tuyo, también porque si algún ciudadano descubre que mis hermanas poseen tela de seda, no tardarán en sospechar que se la han robado. Ya sabes cuál es mi mayor preocupación —asevera Grigore con mucha seriedad al acabar el apretón de manos, cruzando sus brazos, demostrando que no está bromeando.
—Como usted quiera. No lo obligaré a aceptar la seda; comprendo su preocupación con respecto al rey y a los residentes de la cercana ciudad capital. Me llevaré la seda… no obstante, le advierto que necesitará esa tela preciosa, tarde o temprano, para usted, su gente u otro conocido, pero la necesitará. Guardaré los rollos solo para usted; vaya a verme cuando los necesite —acepta Joseph, tranquilo, para después ordenarles a dos de los vasallos cercanos apartar la fina seda del resto de telas. Al mismo tiempo, Grigore le ordena a varios húngaros cercanos empezar a descargar el resto de materia prima.
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Editado: 12.09.2026