Cuando Grigore u otro gitano sobrepasa los límites de su bosque y de los límites de Piim-Asud, siempre tiene que usar una capa con capucha para ocultar su identidad; hay algunos que se disfrazan como pueblerinos. Ese truco no sirve de nada, porque aun así varios lugareños pueden identificarlos como gitanos, empezando por agredirlos con palabras. Muy pocos se atreven a lastimarlos físicamente. Grigore prefiere usar una capa con capucha negra, la cual usa durante la visita a Brumn; aparte de Emil, Grigore es acompañado por unos seis guardias romaníes. Todos están montados sobre caballos, galopando veloces. El enano está usando su ropa de vasallo, provocando que su presencia destaque entre el grupo de hombres misteriosos.
A pesar de que la mayoría de los pueblerinos de Brumn y Toen han aceptado la presencia y amistad de los húngaros, ni Grigore ni ningún otro integrante de su clan se sienten cómodos en estas dos villas; pueden visitar a los amigos que viven aquí por solo minutos, máximo una hora.
Acabada la hora de visita, los zíngaros regresan a su campamento. Emil se entretiene durante el resto del día, ayudando a los húngaros artesanos y platicando con ellos. En la noche se realiza un banquete especial en honor al mismo gitano enano; una fiesta que Emil disfruta desde el principio hasta el final.
Al igual que antier, el enano romaní dormirá en la carpa del líder, en uno de los espacios disponibles y sobre una isla de cojines multicolores.
Todo indica que será una noche tranquila, hasta que Emil se despierta de un segundo al otro y pocas horas después de haber conciliado el sueño. Una ligera perturbación en el aire lo inquieta, provocando que voltee hacia un lado, hacia la luz que provee un farol negro con una vela encendida adentro; esa fuente de luz alumbra el rostro de un Grigore desvelado, quien está sentado en su cama, contemplando absorto un punto en la tela cercana, una de las frágiles paredes de su gran casa portátil.
—¿Te despertó mi meditación silenciosa o la luz del farol? —pregunta Grigore, estoico, sin apartar la vista de ese punto imaginario.
—Lo más seguro fue tu meditación; no me había dado cuenta de la vela encendida —responde Emil, frotándose los ojos para despertar bien.
Ya despabilado Emil se levanta, empezando a cambiar de lugar los cojines, colocándolos junto a la cama de Grigore; una vez que ha movido su cama improvisada, Emil se sienta en su isla personal de almohadas.
—Lamento haberte despertado. Hay una… situación que no me deja de dar vueltas en la cabeza —dice Grigore sin dejar de mover una pierna, contemplando angustiado la tela de la carpa.
Hay un silencio de unos segundos, antes de que el enano gitano lo rompa.
—¿Que hay en la montaña Arth-Lizz? ¿Es eso lo que te preocupa?
—Entonces sí escuchaste mi conversación con la reina Leonora —expresa Grigore, volteando con Emil entre que sonríe de manera amplia, agregando con alegría lo siguiente—. Siempre encuentras la manera de sorprenderme o de encontrar secretos.
—Simples casualidades; siempre he dicho que tengo a la «buena fortuna» acompañándome. No la he visto con mis ojos todavía, pero supongo que ha de ser una bella diosa la buena fortuna —suspira un Emil enamorado, desviando su mirada hacia arriba.
—Supongo que también ya te enteraste de la muerte de mis padres. Leonora solo mencionó a mi padre; de seguro intuiste por tu parte que mi madre también falleció —menciona Grigore, apagándose su semblante alegre, retornando el ambiente de ansiedad; el líder vuelve a mirar ese punto invisible en la tela de su carpa.
—En realidad eso lo supuse desde hace poco más de un año, un mes después de que me bautizaron como un romaní. Nunca nadie me dijo una palabra de ellos; creí que estaban muertos y no en un viaje por su cuenta. En una ocasión aposté en mi cabeza que te habían abandonado, aunque después de meditarlo, me dije que lo más seguro era que habían muerto. ¿Puedo saber en que año perecieron? —pregunta Emil con demasiado interés.
—No. No puedes. No estoy de humor para hablar de sus lamentables muertes —asevera Grigore, impávido.
—Está bien. Tenía que intentarlo —acepta Emil, decepcionado de no saber acerca de ese importante detalle.
Regresa un segundo de silencio tenso, hasta que el zíngaro de baja estatura retoma el tema principal.
—Entonces, ¿qué hay en la montaña Arth-Lizz?
Grigore no contesta de inmediato, dejando pasar un par de instantes de suspenso.
—Dragones —responde serio el jefe húngaro, levantando la vista y cabeza por solo centímetros.
—¡¿Dragones?! ¡¿Esas bestias míticas que escupen fuego?!
—No todos escupen fuego. Algunos escupen ácido, otros exhalan viento congelante y escarcha, mientras que otros solo soplan demasiado fuerte con su mal aliento. Eso decía mi padre —platica Grigore con severidad, volteando con su amigo Emil.
—Espera espera. Vamos por partes —pide Emil después de sacudir su cabeza para acomodar sus ideas; ya listo, realiza la primera pregunta relevante de la noche—. ¿Hace cuanto que llegaron los dragones a la montaña Arth-Lizz?
—Desde hace un mes y medio, en la noche. Los descubrió un gorrión del bosque Piud a la mañana siguiente; esa avecilla se aventuró demasiado, acercándose a una cueva de la montaña. Escuchó una conversación entre dos guardias dragones que por fortuna hablaban español, al tanto que estaba escondido entre unas piedras, arriba de la entrada de la cueva. Son más de trescientos dragones, todos liderados por un dragón imperial conocido como «Humo negro».
—¿Por fortuna hablaban español? Entonces supongo que los dragones tienen su propio idioma.
—Por supuesto. Un idioma inentendible para los humanos; no obstante, algunos son demasiado inteligentes y han aprendido los diferentes lenguajes de la raza humana.
—Dices que ese tal «Humo negro» es un dragón imperial. ¿Así le llaman a los dragones jefes o líderes?
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Editado: 12.09.2026