Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

VII

—¿Crees que lo hayan castigado por abandonar su puesto de vasallo por dos días completos, aquellas dos ocasiones que nos vino a visitar? —le pregunta preocupado un gitano a otro paria.

Los dos húngaros descansan sentados en medio del campamento y sobre un par de troncos, junto con los restos quemados de la fogata comunitaria. Es la mañana avanzada.

—Estás exagerando. Decía que apenas si le prestaban atención. ¿Por qué ganaría popularidad de la noche a la mañana? Debe de haber otra explicación. Ya han transcurrido más de tres semanas desde que vino por última vez; si lo castigaron, es una sanción demasiado severa. En tal caso, lo habrán encerrado en las mazmorras o ejec… —comenta a medias el segundo romaní, hasta que recibe un golpe en la parte trasera de la cabeza por parte de una mano extendida, provocando que casi se muerda la lengua. En México, a este tipo de golpes se les conocen como «zapes».

—¡No digas estupideces, animal! ¡¿Cómo crees que el rey Derek va a ejecutar a Jensen?! Ya habríamos escuchado de esa noticia importante; las malas noticias vuelan —regaña enojado Grigore a ese húngaro.

El patriarca zíngaro acaba de llegar por detrás del hablador; ha escuchado toda la conversación.

—Jefe, es seguro que algo le pasó. Prometió regresar, pero ya no apareció desde hace mes y medio —recuerda el segundo húngaro.

—Mejor piensen de manera más positiva; puede ser que haya recibido una recompensa y la está disfrutando —opina Grigore con seriedad.

Los dos gitanos ya no dicen otra palabra al respecto, cambiando de tema en el segundo siguiente. Grigore se va, encaminándose hacia los huertos de la comunidad; ya es lo último que falta por revisar.

—¿El rey Derek recompensando a Emil? ¿En serio cree eso jefe? —le pregunta sorprendido Rylan al patriarca, casi susurrándole al oído.

El romaní veterano está acompañando a Grigore desde que empezó su revisión matutina.

—De verdad quisiera creerme esa mentira. Es muy difícil —responde nervioso Grigore en voz baja, procurando que solo Rylan lo escuche, caminando hacia el último punto de revisión.

—Si Emil fue ejecutado, nadie dirá una palabra al respecto; solo llorarán el resto de los vasallos. Nadie de los plebeyos se enterará de tal novedad; nadie de ellos lo conoce ni lo estima —asegura Rylan, recordando las últimas conversaciones con Emil.

—No ayudas Rylan. Mejor quédate callado en lo que inspecciono nuestro sembradío —ordena Grigore un tanto exasperado. El húngaro veterano cumple la orden, evitando decir palabra alguna relacionada con Emil durante los pocos minutos que dura el patrullaje matutino del jefe zíngaro.

Nada relevante o interesante ocurre durante el día, sin perturbar el ambiente preocupante entre los mismos romaníes, quienes meditan en silencio acerca de las posibles causas de la desaparición tan repentina del estimado enano Emil; todos están preocupados, más el patriarca. Cuando llega la noche, Grigore tiene dificultades para conciliar el sueño, lográndolo tres horas después de la medianoche.

Termina otro día, comenzando uno nu…

—¡Rudolf Rudolf Rudolf! ¡Despierta Rudolf! ¡Despierta! —grita eufórica una voz masculina conocida, interrumpiéndome, acercándose veloz con el jefe dormido.

Grigore acaba de llegar al quinto sueño, así que no despertará de una manera tan fácil.

—¡Ruuudoolf! —exclama Emil tan fuerte como puede, al mismo tiempo que sacude el cuerpo del patriarca.

—¡¿Quién qué cómo cuándo doón… —pregunta Grigore asustado cuando despierta de golpe, quitándose las mantas mientras intenta sentarse, pero al hacerlo termina rodando un metro por el pasto. Su cama provisional no es tan alta para darse un golpe contra el suelo, aunque sí lo suficiente para resbalarse y rodar.

Cuando se tranquiliza el ambiente y el patriarca da un vistazo, descubre a su buen amigo Jensen parado junto a él, muy sonriente y demasiado entusiasmado.

—¡Emil! ¡Me da mucho gusto volverte a ver! —expresa emocionado Grigore, acercándose de rodillas los pocos centímetros necesarios para abrazar al gitano adoptivo; una vez que el saludo efusivo entre los camaradas termina, el patriarca se pone de pie y se apresura para vestirse—. Oye. ¿Por qué te tardaste tanto en regresar? Dijiste que me visitarías otra vez hace un mes y medio —indaga extrañado Grigore una vez que ya está vestido y arreglado.

—¡No vas a creer lo que pasó, Rudolf «el jefe»! ¡A todos les encantan las historias del bosque Piim-Asud! Quieren escuchar más historias, pero mi amigo Reginald ya compartió todas las que le platiqué; ya todos se saben de memoria todas las anécdotas tuyas y mías que he narrado. Necesitamos historias nuevas para que Reginald las relate dentro de siete días, por eso logré visitarte hasta hoy. ¿Que tantas aventuras has vivido en mi ausencia? Cuenta cuenta —pide Emil demasiado ansioso, dando pequeños saltos en su lugar.

—¡Espera espera espera! Tranquilízate hombre —expresa Grigore demasiado confundido, colocando ambas manos en los hombros del enano para calmarlo; una vez que Emil deja de saltar, el patriarca interroga con seriedad al vasallo—. ¿Les has compartido el secreto de tu amistad con nosotros y tu título adoptivo de gitano al resto de súbditos?

—No no no. Claro que no. Como te lo dije hace más de un mes atrás, solo Reginald sabe de mi naturaleza adoptiva de zíngaro y mi relación de hermano con ustedes; ha cumplido bien su juramento y nadie más sabe de ese secreto.

—Acabas de decir que Reginald ya compartió mis anécdotas y las tuyas —contradice Grigore, ahora más perplejo que antes.

—Perdón perdón. Mejor te lo explico desde el principio; si lo hago por partes seguirás igual de perdido que ahora —expresa el enano, dando un suspiro de incomodidad.

A diferencia de las ocasiones pasadas, Grigore le ofrece a Emil una silla común y corriente de madera, la cual coloca justo al frente de su trono dorado; ahora el enano no se sentará en su isla de cojines, aunque sí coge uno para colocarlo en el duro asiento de la silla. Una vez acomodados, los dos colegas ya pueden conversar.




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