Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

VIII

—Yo diría que también deberíamos de hablar con varios compañeros; algunos viven sus propias aventuras y no me dicen nada, solo hasta cuando les pregunto —le propone Grigore a su compañero Emil, al tanto que ambos caminan entre las tiendas del campamento.

El patriarca ya terminó de realizar la revisión matutina; lo único relevante, además del regreso de Emil, son varios gitanos que han contraído un simple resfriado, nada grave. Se recuperarán dentro de un par de días.

—Me parece bien. Entre más historias recolectemos hoy, estaré más ocupado mañana —expresa Jensen muy feliz, sin dejar de avanzar.

Los dos hermanos ya estaban dirigiéndose con el primer romaní elegido para escuchar sus vivencias en Piud, cuando son interceptados por un grupo de treinta húngaros; la mayoría son hombres ya veteranos de más de cincuenta años de edad. Aparte de los zíngaros, un ciervo y un picamaderos negro acompañan al grupo. Tanto Grigore como Emil se dan cuenta de que la mayoría de los integrantes del contingente están molestos, exceptuando diez parias desconcertados; Rylan, quien está liderando a este grupo, mantiene una seriedad incómoda.

—Rylan, ¿sucede algo malo? —pregunta sereno Grigore, aunque está seguro de saber la respuesta.

—Líder, necesitamos realizar una junta de emergencia —expresa Rylan con más frialdad y severidad.

En lugar de contestar con palabras, Grigore desvía la mirada abajo, mueve la cabeza de manera afirmativa y realiza una mueca de desagrado. Por su parte, Emil se queda perplejo; quiere indagar sobre la aparente emergencia, pero el ambiente incómodo es demasiado pesado. El grupo completo se mueve hacia el lugar disponible más cercano: la casa de Rylan. La tienda es de un tamaño pequeño; comparada con la carpa de banquetes, es una cuarta parte de la misma. Un hogar que ocupa el romaní veterano, su esposa, sus tres hijas y cuatro hijos. Los siete retoños que acabo de mencionar tienen entre veinte y veinticuatro años; los otros hermanos y hermanas ya se casaron, viven aparte con sus parejas y prole.

Todo el grupo de veteranos entran a la tienda, incluyendo el ciervo y el pájaro negro, quien sigue posado sobre la cabeza de su amigo cuadrúpedo. Solo uno de los humanos se queda afuera, sin saber qué hacer.

—¿Qué haces Emil? ¿Por qué te quedas ahí parado? —le pregunta confundido un zíngaro anciano a Emil, al tanto que asoma medio cuerpo afuera de la entrada de la tienda.

—¿En serio puedo entrar? Creía que era una reunión exclusiva de los gitanos ancianos —indaga sorprendido Emil.

—Sí lo es, la buena noticia es que tú tienes un título exclusivo de húngaro; eres igual de importante que nuestro líder, que Rylan y que el gigante Andrei. Eres el consejero extraoficial del patriarca, aparte de un guerrero singular, a pesar de que todavía no usas tus accesorios mágicos en una batalla.

» Ya mejor entra; estamos retrasando la junta —le dice aquel romaní al enano, demostrando que está un poco exasperado.

Sin más objeciones Emil entra, sentándose junto a Grigore y junto a una mesa de madera rectangular; del otro lado del líder está sentado Rylan. Alrededor hay más mesas, aparte de más sillas, ocupadas todas por los gitanos presentes; varios hombres se han quedado parados debido a la escasez de asientos. En medio de los muebles y romaníes, se encuentran los mensajeros por parte de la reina Zelinda, esperando su oportunidad de hablar. Hay un ligero bullicio por parte de los hombres alterados; los diez gitanos que mencioné párrafos atrás todavía no saben de la novedad preocupante. Rylan se pone en pie, pidiendo silencio; una vez que lo obtiene, dirige unas palabras hacia los emisarios.

—Amigos ciervo y picamaderos. Por favor, repítannos la noticia de hace unos minutos atrás —solicita el húngaro veterano con demasiada seriedad, sentándose al segundo siguiente.

—Con gusto, aliado Rylan —expresa el ciervo, demostrando la misma cortesía de un súbdito hacia un rey; hasta incluso realiza una reverencia, agachando su cabeza durante unos segundos. El ave negra imita a su amigo, ejecutando la misma acción, aunque también extiende sus alas por breves instantes. Estos ademanes de respeto en realidad son dirigidos hacia Grigore.

—Jefe zíngaro de Güíldnah, lamentamos informarle que los dragones acaban de capturar a varios compañeros nuestros, tanto ninfas, sátiros y parias animales —revela el picamaderos negro una vez que ha realizado la reverencia, mostrando su voz mucha preocupación.

—¡¿Dragones?! ¡¿Aquí en Ítkelor?! ¡¿Cómo demonios es posible eso?! —pregunta y grita furioso uno de los diez húngaros que apenas se está enterando de la novedad. Se ha levantado de su silla de un salto.

—Y esa no es la peor parte de la noticia, hermano Lonut —le advierte otro romaní que está parado junto a él, conteniendo el exceso de enojo en su interior.

Este paria voltea directo hacia Grigore, clavándole la mirada como si fuera una daga, una acción silenciosa que genera una reacción en cadena, porque todos los zíngaros presentes giran sus cabezas, dirigiendo sus miradas desaprobatorias y sorprendidas contra su líder.

—El patriarca lo sabía desde el principio. Se enteró el primer día que llegaron los dragones a la montaña Arth-Lizz, tres meses atrás. Es lo que acaba de decirnos Rylan —anuncia el mismo gitano de antes, sin apartar la mirada decepcionada contra Grigore.

Al escuchar que se ha revelado su secreto más importante, Grigore voltea molesto hacia el zíngaro anciano sentado frente a él.

—¿Por qué me ves así? Sabías que muy pronto soltaría la lengua; no puedo guardar un chisme por tanto tiempo —expresa Rylan, estoico, manteniendo la vista hacia el frente, enfocando su atención en un punto imaginario de la tela de su casa.

—Te tardaste. Estaba seguro que me delatarías desde la semana pasada; lo que me enoja es que lo hiciste a mis espaldas, cuando creía que lo harías en mi presencia —asevera el patriarca, molesto, sin apartar la mirada de Rylan.




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