Al llegar a metros antes de Piud, todos los caballos de los romaníes empiezan a bordear el bosque sin dejar de galopar, hasta llegar a la sección central del Sur. Al final del recorrido, el clan de zíngaros se encuentra con los monarcas mayores y menores; con respecto a los reyes del mar, solo está presente Leonora. Al llegar a ese punto los húngaros desmontan, acercándose con los regentes del bosque místico y ciudad submarina, sin soltar las riendas de sus amigos equinos. Grigore, Rylan, Emil y Andrei se mantienen al frente de su ejército, llegando primero con los cinco monarcas.
—Sus majestades, los gitanos de Güíldnah hemos venido para protegerlos —recita Grigore con mucha solemnidad y cortesía, al tanto que realiza una reverencia completa. Rylan, Emil y Andrei también muestran respeto a los reyes, inclinando su cuerpo durante unos segundos.
—Muchas gracias por su intervención. Ya sabía que no lograría escapar de sus responsabilidades, líder romaní —expresa la reina Zelinda sonriendo de manera amplia, feliz, agregando—. Con respecto a su invitación, me temo que no podremos acompañarlos.
—Los dragones se han llevado a nuestros segundos guerreros más fuertes, mientras que la pareja de osos está muy deprimida para pelear —informa el hada regente Neri, volando con ayuda de sus alas de mariposa.
—¡Yo no lo estoy! ¡Quiero luchar junto con ustedes, pero estos gobernantes preocupones no me dejan ir! —contradice todo enojado el oso pardo del bosque Piud.
El mamífero carnívoro está parado cerca de los monarcas desde que ellos se reunieron en ese lugar, varios minutos antes.
—Ya deja de insistir Ozu. La manada de lobos aceptó nuestro mandato de quedarse. Ellos están igual de molestos que tú, porque igual quieren participar en la batalla. Ellos igual ya perdieron un hijo —le comenta el rey Kirill con seriedad.
—¡Ellos porque son más débiles! ¡Yo sí tengo la suficiente fuerza y aguante para una pelea! ¡Acompañaré a nuestros aliados romaníes, digan lo que digan! ¡Si quieren detenerme, lo tendrán que hacer por la fuerza! —advierte furioso el señor oso, caminando frente a los regentes para acercarse a los húngaros.
—Ozu, no estás comp… —dice Kirill mientras intenta interponerse en el camino del mamífero de pelaje café.
—Déjalo, déjalo querido —manifiesta la reina, extendiendo su brazo izquierdo para detener a su marido.
Kirill alza una mirada angustiada, contemplando el rostro de la mujer ninfa; en cambio, Zelinda está dirigiendo su atención hacia el oso, mirándolo con un poco de molestia.
—Si eso es lo que quiere, que lo haga. Si su pareja se queda viuda, no será nuestra culpa —expresa la ninfa Zelinda con indiferencia.
Este tipo de comportamiento es normal en la monarca ninfa, en especial cuando se enfurece demasiado, así que nadie se sorprende mientras que el guerrero Ozu camina entre los arqueros y ballesteros gitanos, esperando órdenes de su nuevo general Grigore.
—Y con respecto a ustedes, majestades. ¿Vendrán con nosotros? —pregunta el líder romaní con tranquilidad.
—¿Nosotros? ¿De qué está hablando, patriarca? Usted ya no necesita de nuestra ayuda, no desde hace varios meses atrás —contesta Zelinda, cambiando de humor con rapidez, de un enojo mayor a una alegría sincera.
—¿De qué está hablando, su majestad? —pregunta Rylan sin entender nada.
—Ya lo sabrá por su cuenta, no puedo decir nada más —asevera la reina ninfa, agregando después con voz serena—. Nosotros nos quedaremos en el bosque para protegerlo, si es que algún dragón baja durante la emboscada; sobre todo, no queremos apartar la vista de nuestra hija. Los hechiceros del bosque se han ofrecido para ayudarnos, así que ellos tampoco podrán participar en su guerra.
—Entonces eso significa que vamos a carecer de la magia para derrotar a nuestros enemigos principales. Uuuumnh. La verdad no suena tan mal —comenta Andrei.
Sus tres parias más cercanos voltean a verlo, preguntándole con la mirada si se ha vuelto loco.
—Lo digo porque nuestros antepasados no requirieron de magia para realizar sus grandes hazañas —explica el gigante Andrei.
—Estoy de acuerdo, no obstante, necesitamos tomar toda la ventaja posible. Estoy de acuerdo que debemos de recordar las proezas de nuestras generaciones anteriores, pero nosotros ya tenemos ventajas disponibles —le regaña molesto Grigore, quien se queda callado durante unos segundos, calmándose pronto; ya sereno voltea con Rylan, comentándole con seriedad—. Bueno, ya que. Tendremos que arriesgar el pellejo.
—No solo nosotros, nuestros aliados del este también se sacrificarán. Recuérdalo —menciona el gitano anciano con voz adusta.
—Avancemos. Esperaremos a «los guerreros olvidados» en la arboleda para evitar ser descubiertos por posibles vigías —expresa el patriarca, listo para dar esa misma orden a su ejército; sin embargo, es interrumpido antes de lograrlo.
—Disculpe, jefe romaní, los guerreros del Este ya llegaron hace unos minutos. Ellos están esperándolos más adelante, en medio de los árboles —informa Zelinda después de palpar la espalda de Grigore, llamando su atención.
—¿En serio? ¿Cómo es posible? No nos tardamos tanto en prepararnos —medita sorprendido el patriarca en voz alta.
—Eso es porque les ayudamos con magia a los guerreros para estar listos y moverse hasta aquí, Piim-Asud. Por esa razón llegaron antes que ustedes —explica Leonora demasiado seria, como siempre.
—En ese caso nos retiramos. Con su permiso, reyes y reinas —comenta un Emil respetuoso, al tanto que realiza una reverencia.
—Un último favor, majestad Zelinda y majestad Kirill, ¿creen que podrán cuidar a nuestros caballos mientras eliminamos a los dragones? —pregunta Rylan al tanto que señala su propio corcel.
—Claro, no hay problema. Será una tarea muy sencilla —responde el duende Rur, parado en lo alto de un hongo rojizo.
Al instante siguiente todos los gitanos y un oso pardo empiezan a moverse, caminando entre los troncos de alrededor; mientras marchan, los húngaros les dejan sus caballos al resto de habitantes de Piud, quienes están recibiendo las órdenes de cuidar a los equinos. Mientras se movilizan, la misma reina Zelinda le pide un momento a solas al líder Grigore. Ya sin nadie cerca, la ninfa es quien empieza por hablar.
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Editado: 12.09.2026