Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

XI

Emil y el tigrillo por fin llegan a la cueva, quedándose afuera y recargados en la pared, escuchando el alboroto cercano. Durante unos minutos logran mantenerse ahí, no obstante, el impulso de curiosidad es demasiado fuerte para ignorarlo. Se atreven a dar un vistazo, asomando solo la cabeza.

Es un espectáculo más que impactante y sorprendente, digno de la mejor película de fantasía épica. El sonido envolvente es tremendo: ruidos de los metales chocando entre sí o contra carne, junto con los rugidos de los dragones mezclados con los gritos de batalla de los soldados, gitanos y un oso. El espectáculo visual es igual de asombroso: los guerreros matando a dragones al frente de la batalla, apoyados por los gitanos, derribando a los enemigos desde la retaguardia. Intensos enfrentamientos en solitario y en grupo se ven por doquier. De los pasillos no dejan de salir enemigos.

La línea de batalla permanece inamovible durante unos minutos, hasta que los dragones empiezan a ganar terreno. El grupo de Sir Ahren no puede abrirse paso entre los soldados enemigos… mejor dicho no quieren hacerlo, porque saben que sus amigos y compañeros morirán sin su apoyo.

—¡Resistan, resistan! —grita Sir Terrence, desesperado, dándose cuenta del giro contraproducente en medio de la batalla.

Segundos después y a escasos metros del capitán segundo, un mercenario del Oeste es derribado, cayendo de espaldas en el duro suelo. Por fortuna el soldado solo tiene heridas leves; medio se levanta y mira al frente, descubriendo a su atacante. Se trata de un dragón carente de alas con apariencia de un dinosaurio cornudo, cubierto con miles de escamas multicolores; la bestia está gruñendo, acercándose paso a paso, con la única intención de asesinar al hombre caído. Los compañeros cercanos del mercenario no pueden socorrerlo, ellos tienen que proteger sus propias vidas. El hombre indefenso se arrastra por el suelo, alejándose poco a poco de la bestia peligrosa; no puede levantarse y pelear, debido al pavor que casi lo tiene paralizado.

Antes de que el dragón sin alas se abalance contra su próxima comida, un gran martillo de guerra flotante aparece de la nada, aplastando de lleno la cabeza del reptil, desperdigando materia gris y sangre azul luminosa. Por fortuna no es tanto el desorden que ha salpicado, dejando pocas gotas de sangre en la armadura del soldado que se ha salvado de milagro. El golpe del martillo ha ocasionado un efecto silencioso, provocando que toda la batalla se detenga por completo. Todos se han quedado en sus lugares, volteando sorprendidos hacia arriba. A varios metros arriba del contingente conformado por romaníes y mercenarios, ha aparecido de la nada un nuevo ejército flotante sobrenatural; se trata de un millar de diferentes armas de cuerpo a cuerpo y diferentes escudos. Armas vivientes que acaba de invocar Grigore, quien se había dado cuenta del avance veloz de los dragones contra él, sus hermanos y aliados. Al cabo de unos segundos, todas las miradas asombradas se desvían hacia el líder húngaro, tanto aliados como enemigos, porque sus manos y ojos empiezan a desprender un aura mágica luminosa color naranja rojizo, mismo color del aura mágica que rodea las armas y escudos vivientes.

—¿Jefe? ¿Es usted… quien controla… esas armas mágicas? —le pregunta boquiabierto Rylan a Grigore. Solo tiene que voltear, porque el gitano anciano está parado junto al patriarca.

—Sí, y eso es parte de varios secretos —menciona Grigore con mucha seriedad, sin desviar la mirada hacia delante, hacia sus enemigos por naturaleza.

Acto seguido Grigore alza el vuelo, adelantándose al frente de la batalla; se mantiene en el aire, a escasos dos metros de las cabezas de «Los guerreros olvidados del Este». El ambiente silencioso y tenso permanece igual durante otros instantes, hasta que Grigore lo rompe, gritándole enojado a los dragones.

—¡Escuchen bien monstruos detestables! ¡Les daremos la oportunidad de salir huyendo con la cola entre las patas! ¡Si quieren vivir otro día más, lárguense, aunque no tardaremos más de una semana para empezar a perseguirlos y cazarlos!

La respuesta no tarda en aparecer.

—¡Todos contra el gitano hechicero! ¡Primero ataquen a los zíngaros, nuestros enemigos principales! ¡Al último nos encargaremos del resto de cucarachas! —ordena y grita con determinación un dragón antropomorfo al tanto que señala a Grigore.

Obedeciendo al paria dragón, quien parece ser un capitán, todos los reptiles escupe-fuego lanzan un grito-gruñido de guerra; pocos se distraen con los soldados del Este, enfocándose solo en llegar a la retaguardia y con los gitanos arqueros. Justo como Grigore lo había previsto. Los dragones están demasiado empecinados en llegar con sus némesis por excelencia, convirtiéndolos en presa fácil para las armas vivientes y los mercenarios del Este. Los reptiles míticos caen muertos uno a uno, imitando a moscas que están siendo fumigadas. Por su parte Grigore sigue flotando en el aire, aunque ha retrocedido junto con su clan. Usa sus espadas para defenderse de los pocos dragones que logran llegar para atacarlo, aunque también usa su habilidad de fuego verde, lanzando bolas de esa lumbre hacia los enemigos cercanos y lejanos.

Durante un breve momento de caos controlado, Grigore se acerca con Sir Ahren, diciéndole.

—Ya márchate. Ahora que he llamado su atención, tu grupo tendrá más facilidad de llegar con el dragón imperial «Humo negro». Los mantendré ocupados un largo tiempo.

El capitán primero solo asiente sin poder quitar su cara de sorpresa. A pesar de que sigue asombrado, logra llamar y reunir a su grupo, empezando por abrirse paso entre los dragones; cosa fácil con el nuevo giro sorpresivo por parte de Grigore. La gran batalla se reinicia, pero ahora la balanza se ha inclinado demasiado, dándole una amplia ventaja a los humanos, aunque los soldados reptiles no dejan de aparecer de los diferentes túneles cercanos.




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