Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

XII

Habiendo recorrido muchos metros de pasadizos interminables (kilómetros para los dos aventureros), Jensen y el tigrillo se topan con un dragón mascota, descansando en su nido mientras cuida a sus pequeñas crías. El padre ruge para ahuyentar a los dos desconocidos, lo cual funciona; solo los espanta, quedándose con sus hijos. Para mala suerte de los pequeños invasores, los sirvientes dragones que vienen persiguiéndolos ya casi los alcanzan. Tal parece que el cuentacuentos va a tener que pelear otra vez. Por fortuna el pequeño tigre descubre un túnel pequeñísimo a la derecha, al ras del suelo, donde apenas cabe su enano amigo con su escudo redondo. Sin tiempo que perder ambos escapan por el pasadizo. A medida que van avanzando, empiezan a escuchar los sonidos de la gran batalla de la caverna de la entrada, aumentando de volumen de manera gradual. Al final del angosto túnel, los dos aventureros han llegado a un pasillo amplio; se dan cuenta que han subido al segundo piso de la gran cúpula de la entrada, dándoles una excelente vista de la gran pelea que sigue abajo.

Los caballeros y gitanos que se quedaron han logrado mantener sus posiciones, porque tienen la gran ventaja proporcionada por las habilidades mágicas de Grigore. El gitano patriarca es hábil con sus dos espadas; no se diga de sus trucos de hechicería. Vuela para atacar mejor a los dragones, usando proyectiles de fuego verde. Mantiene guardados sus ocho collares adentro de su camisa para evitar cualquier contratiempo. Sir Terrence prefiere un escudo de cometa triangular y su cimitarra. Con respecto a los otros valientes destacables (el gigante Andrei, Sir Ahren y el oso pardo Ozu), ellos ya se han adelantado un buen trecho, dejándonos sin la oportunidad de apreciar sus armas y técnicas de combate.

El tigrillo y Emil observan muy atentos el espectáculo de abajo, hasta que tres dragones que se dirigían a la confrontación los descubren. Jensen actúa rápido y acaba con ellos en pocos minutos; para mala suerte, se acercan más soldados enemigos. El pequeño tigre señala un nuevo hueco al ras del suelo; tal parece que es la continuación del primero. Los dos personajes siguen su camino por el minúsculo pasaje. Después de varios minutos, Emil se da cuenta de que a cada paso que dan el camino se complica más y más: bajadas y subidas bruscas, junto con giros que parecen no tener fin. Lo peor de todo, es que hay una total oscuridad, obligando a los dos aventureros avanzar lento y a tientas. Inclusive para el cachorro, quien tiene excelente visión nocturna, le es difícil ver en ese estrecho lugar. El tigrillo, quien va adelante, empieza a sentir cansancio.

—Me duelen mis patas, ¿no podemos dormir un rato? —gime el pequeño tigre, desanimado.

—No lo creo. Antes tenemos que encontrar la salida de este condenado túnel —dice Jensen algo exasperado, arrepintiéndose de haber entrado a la cueva para curiosear.

La desesperación empieza a invadir al vasallo cuentacuentos, quien masculla un sinfín de maldiciones y pensamientos que se amontonan en su cabeza. Está a punto de rendirse y quedarse dormido, cuando alcanza a escuchar sonidos a lo lejos, pero es el tigrillo quien comprende a la perfección esas voces a la distancia: son las voces de sus padres, mezclados con muchos gritos de auxilio de otros prisioneros. El pequeño tigre recupera toda su energía, apresurando al sirviente.

—¡Vamos!, ¡muévete! Ya casi llegamos con mis papás y mis hermanos —expresa el cachorro félido, emocionado.

—No vayas muy aprisa, recuerda que este túnel es traicionero —le advierte su amigo.

Ignorando las precauciones el tigrillo apresura sus pasos. Jensen hace lo mismo, tratando de estar a unos cuantos centímetros de su pequeño compañero. A medida que van avanzando, los dos infiltrados empiezan a escuchar muchas voces gritando por libertad. Recorren un buen trecho en línea recta, cuando el tigrillo da un grito que se va apagando poco a poco. El cuentacuentos llama al cachorro.

—¡Pequeño tigre! ¡¿Queeeeeé…

No puede terminar la frase, por la razón de que ha resbalado en un declive; el mismo donde ha caído el animalillo. El suelo y las paredes son lisas, imposibilitando a los aventureros aferrarse de algo y frenar su caída. Al poco tiempo, el tigrillo ve una luz que se va acercando. Un segundo después llega al final del túnel, dando tumbos por el piso de una gigantesca cámara de piedra. Atrás de él aparece el vasallo Jensen, llegando de igual forma desastrosa. Para finalizar surgen su escudo y el hacha.

Los dos personajes tardan unos momentos para recuperarse de los golpes que sufrieron, y también de la vista; alrededor de la cámara donde han llegado, grandes antorchas encendidas alumbran el lugar, encegueciéndolos por unos segundos. Ya recuperados en su totalidad, ambos se dan cuenta de que un grupo numeroso de dragones con alabardas y lanzas los tienen rodeados, con las puntas de sus armas a centímetros de ellos.




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