Transcurren varios segundos de silencio. Los dragones antropomorfos y armados no permiten que los dos cautivos se muevan. Se escucha una voz que retumba por toda la cámara.
—¡Guardias!, ¡¿qué fue ese ruido?! —cuestiona la voz.
—Intrusos. ¿Qué hacemos gran rey? —pregunta un dragón que sostiene una lanza. Por fortuna, la voz y los dragones hablan el mismo idioma que el enano Emil.
«¿Gran rey?», se pregunta en su cabeza Jensen, sintiendo cómo se revuelve su estómago.
—Déjenme verlos; mientras tanto, dos de ustedes investiguen el caos de la entrada y vuelvan lo más pronto posible. Necesito saber quién se atreve a desafiarnos.
Un par de dragones abandonan la sala, al tanto que los demás dan unos pasos a los lados, permitiéndoles al cuentacuentos y al tigrillo ver mejor toda la cámara. El pequeño tigre no se separa de su amigo gitano. La descomunal habitación de piedra es de forma ovalada. Ninguna clase de muebles u objetos adornan la pared o el piso natural, salvo las antorchas encendidas que ofrecen la luz. Arriba de todos los presentes reina la oscuridad absoluta; es imposible saber qué tan alto se encuentra el techo. El piso está repleto de charcos de sangre ya seca. En diversas partes de la orilla de la habitación y amontonados, yacen los huesos de humanos y animales devorados por los guardias del monarca dragón. En la mente del enano se empiezan a formar visiones macabras de los últimos momentos de esas pobres víctimas; en un santiamén las remueve de sus pensamientos, siguiendo con el reconocimiento del gran cuarto de piedra. Hay dos accesos custodiados por varios guardias. Uno es la entrada principal y el otro lleva a las mazmorras; esto lo deduce el cuentacuentos, porque de ahí provienen los gritos pidiendo ayuda. Llega al lugar por donde acaban de entrar. Un túnel angosto casi al ras del suelo; tal vez hecho por un riachuelo, hace miles de años.
Jensen observa atemorizado toda la escena, hasta que sus ojos llegan al gran rey «Humo negro», sentado en el extremo de la habitación, que tal parece es una especie de salón real improvisado. El gran monstruo es de largo cuello, cuatro patas y sus alas están contraídas. Como su nombre lo indica, su cuerpo es negro por completo, con pequeñas escamas triangulares sobresalientes, que van desde la cabeza hasta la cola; su parte baja del cuello, de la cola y toda la barriga es tono gris, un tono inapreciable porque ha mandado fabricar una extensa cota de malla para proteger parte del cuello y su estómago. Tres grandes cadenas en su cuello y dos más en su cuerpo, mantienen la extensa protección en su lugar. La cota de malla y las cadenas están elaboradas con un valioso metal dorado. Ha adornado sus largas garras con gigantescos anillos. Su larga cola ha sido ataviada por aros enormes, desde la zona donde nace hasta la punta. Sus alas tienen una cubierta de un manto fino de polvo. Los anillos en sus garras y cola, así como los polvos que cubren las alas, son de oro puro. En su cabeza, donde crecen tres grandes cuernos que se curvan en la punta, luce una gigantesca corona dorada real abierta, adornada con cientos y cientos de joyas. Al final de su hocico largo y delgado, abajo de sus fosas nasales y en la mandíbula inferior, caen cuatro largos bigotes; atrás de los mismos, hay dos tipos de cuernos pequeños que se curvan en la punta. Con mucha precaución, Emil empieza a examinar la cara del dragón. Se queda helado del susto, cuando observa dos enormes ojos grises con sus pupilas alargadas negras que lo miran. Aquellos ojos tienen dos párpados: el normal externo y la membrana nictitante que se abre de forma vertical.
El gran dragón tiene que dar unos pasos hacia adelante, apoyar su cabeza en el suelo y casi tocar al romaní de baja estatura con la punta de su nariz para poder contemplarlo mejor. Jensen recibe todo el aire que exhala el rey.
—¿Qué tenemos aquí? Un cachorro de tigre y un niño. ¿Jugando a las escondidillas en mis dominios? Lástima que llegaron conmigo, justo a la hora de la comida —comenta de manera malévola el dragón en voz baja, sin quitar la cabeza del suelo. Toda la cámara ayuda a aumentar el volumen de su voz.
A pesar del miedo que lo tiene casi paralizado, Emil se atreve a corregir al dragón.
—So… so… soy un adu… adulto; un huma… humano adulto, su… su real ma… ma… majes… jes… majestad.
—He visto a millones de humanos durante siglos, y es la primera vez que conozco a un humano con rasgos de un enano. Interesante. Tienes un rostro muuuy… extraño, aparte de que tus ropas son demasiado elegantes, aunque ya están gastadas. Solo los nobles o comerciantes usan vestimentas de ese tipo. ¿Acaso perteneces a la realeza? —indaga el rey, asombrado e intrigado.
«¿Ropas gastadas?». Se pregunta Jensen en su cabeza, recordando de golpe sus ropas rasgadas a causa de la pelea que tuvo con el tigrillo. Con algo de valentía y obteniendo una idea de última hora, el cuentacuentos le miente al reptil gigante, expresando lo siguiente.
—Así es gran rey «Humo negro». Soy un bufón y pertenezco a la realeza del Norte —aclara Jensen, al mismo tiempo que ejecuta una reverencia.
—Un arlequín, ¿eeeh? Sabes, tengo amplios conocimientos acerca de los truhanes de otras tierras, los cuales tenían diversas habilidades y rasgos físicos, mas ninguno de tan baja estatura. Los otros bufones usaban ropas más coloridas y estrafalarias, pero tú estás usando ropas más sencillas. Yo diría que eres más un simple vasallo que un bufón.
» Sabes cuidar tu vocabulario y mostrar sumisión ante un monarca; esas cualidades te están salvando el pellejo… por ahora. ¿Juras que eres un bufón, con tu vida en juego? —inquiere el rey negro con seriedad, alejándose su cabeza un par de metros del suelo y de los intrusos.
—Claro, su gran majestad. Mi trabajo consiste en hacer reír a los reyes y a los nobles importantes, así pueden divertirse un momento y distraerse de los problemas diarios —asegura Emil, ejecutando una reverencia, quedándose al final con el cuerpo inclinado.
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Editado: 12.09.2026