La gran batalla en la entrada de la cueva continúa, donde el gitano mayor y Sir Terrence dirigen a los arqueros y guerreros que han quedado atrás en contra de los reptiles míticos; los gitanos y guerreros han dominado la guerra desde el principio, gracias a los poderes mágicos de Grigore.
Sin ningún motivo aparente los dragones dejan de pelear, volteando sus cuerpos hacia los túneles secundarios; ambos capitanes humanos les ordenan a sus gentes que retrocedan un par de metros, sin bajar la guardia. Segundos más tarde cientos de enemigos emergen de los túneles, escapando de la cueva hacia todas las direcciones; atrás de todos ellos los siguen los reptiles que se encontraban luchando.
Al quedarse solos, los gitanos y guerreros pasan un largo momento de preguntas sin respuestas, hasta que aparece el grupo de Sir Ahren, junto con los guerreros y arqueros sobrevivientes que los ayudaron; todos ellos están escoltando a los prisioneros de las mazmorras hacia su libertad.
El gitano mayor se alegra al ver a su colega entre los dos capitanes (Ahren y Andrei). Los rezagados se acercan con sus compañeros que acaban de salir. El jefe gitano es el primero en preguntar
—¡¿Qué ha pasado con el rey negro?!, ¡¿escapó?!
Ninguno de los capitanes le puede contestar, ni siquiera Jensen puede hacerlo, solo el tigrillo, quien se encuentra entre los primeros prisioneros rescatados, da la noticia con alegría.
—No lo logró; el gran zíngaro Emil lo derrotó y mató.
Todos se quedan mudos de la impresión. Sir Terrence le pregunta a su colega.
—¿Es cierto compañero?
—Sí, es cierto —responde el capitán primero, aún pasmado.
—No lo hubiera podido hacer sin la oportuna ayuda del gitano campeón. De no ser por él, ya estaría en la panza de ese reptil gigante —manifiesta Jensen antes de decirle a Sir Ahren lo siguiente—. Tú también fuiste de gran ayuda; agradezco que también estuvieras allí.
Hay un breve tiempo de celebración. Los guerreros se apresuran a encontrar el cuarto de tesoros. Se adentran en lo profundo del laberinto de túneles, siempre guiándose con el mapa que guarda Sir Ahren en su alforja con larga correa. Un par de puertas simples de piedra indican el lugar. Una inmensa cámara resguarda toda una montaña de monedas y objetos de oro; esa es la recompensa de la victoria. Solo recogen una mínima cantidad de riquezas (por el momento), dejando casi todo en su lugar; ya vaciarán la bodega de tesoros de los dragones durante los siguientes días. Sir Ahren y Sir Terrence invitan al patriarca para que se lleve una buena cantidad de oro, mas Grigore declina la invitación, aunque sí se lleva un puñado de monedas doradas.
Todos regresan a la entrada de la cueva, listos para irse. Cuando la mayoría de los aliados ya han salido de la caverna, Emil oye un chillido agudo que se aproxima. Jensen espera unos momentos, solo para ver que el sonido proviene de una cría de un dragón mascota; lo dejaron olvidado cuando todos los demás escapaban. El dragoncito trata de alcanzar a su madre u otro dragón.
—¿Que tenemos aquí?
Se pregunta Emil a sí mismo, acercándose a la pequeña cría. Apenas el dragoncito lo ve, corre a ocultarse atrás de unas rocas; el cuentacuentos llama a sus compañeros.
—¡Hey!, ¡miren lo que encontré!
Los capitanes, varios guerreros y arqueros se reúnen alrededor de las rocas donde se esconde el dragoncito. El hombrecillo se acerca a la cría asustada, la cual es del mismo tamaño que el tigrillo de dos meses de edad. Es muy diferente a los dragones que acaba de enfrentarse.
Las escamas fuertes de las partes superiores son de color amarillo ocre claro brillante; en cambio, las blandas de su zona inferior son de color anaranjado. Unas cuantas placas de duro caparazón le decoran su hocico. Varias líneas adornan toda su espalda (de la cabeza a su cola) y sus cuatro patas, otra atraviesa su ojo de forma horizontal y hay tres puntos abajo de cada globo ocular. Todos estos tatuajes naturales son de color blanco. Su hocico es largo, recto y ancho. Sus ojos son de color verde claro con pupilas circulares negras, el mismo color oscuro de sus garras. En vez de varias escamas puntiagudas en su espalda, tiene un pelaje largo color azul fuerte, que va desde su cabeza hasta la punta de su cola; inclusive tiene una barba de chivo. Las membranas de sus alas son blancas. Dos cuernos en forma de relámpago ascendente color café oscuro decoran su cabeza, ubicadas junto a dos orejas de ciervo.
El pequeño gitano se le aproxima con lentitud, hablándole con calma y casi susurrándole para poder tocarlo. El dragoncito no deja de sisear o de dar chillidos agudos. A Jensen le parece graciosa la situación; muy diferente al gitano mayor, quien empieza a molestarse. Al principio la cría desconfía, hasta que el romaní Emil pone la mano en su cabeza; por fin el animalillo se calma por completo y actúa con más docilidad.
—Ahora, ¿qué vas a hacer con él? —le pregunta Rudolf a su amigo.
—Es muy chico para matarlo. Yo creo que se le puede entrenar para que no cause problemas —intuye Emil.
—¿Te refieres a una mascota? Es muy difícil saber que van a hacer estas creaturas, no he sabido de dragones domesticados. Es muy mala idea —dice el gitano líder algo incómodo.
—Eso es porque nadie lo ha intentado —justifica el zíngaro enano, intentando preguntar al final—. ¿Qué tal si tu…
A mitad de la invitación, lo detiene su amigo.
—¡Oh! ¡No! Ni siquiera te atrevas a pensar en esa idea —responde Grigore negando con la cabeza y poniendo las manos enfrente, antes de compartir un dato importante—. Recuerda lo que te dije hace un mes y medio: los dragones y gitanos no se juntan, ni siquiera en pinturas. Aún los dragones que acaban de salir del huevo no tolerarán a un gitano que esté a un metro de él. Es algo natural. Hay muchas leyendas acerca del origen de la enemistad férrea entre dragones y gitanos.
—Tal vez no todos los dragones nacen con ese supuesto odio hacia los romaníes —duda Emil de tal afirmación.
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Editado: 12.09.2026