Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

XVI

Muy temprano en la madrugada siguiente Jensen realiza el llamado especial para convocar a su poni mágico Víctor, regresando en un par de minutos a la ciudad principal del Norte. Durante todo el día, Emil no deja de hablar sobre su aventura y batallas contra los dragones de Arth-Lizz, ya sea con Reginald o con los hijos de los reyes.

Mientras tanto Grigore y los demás hombres se despiertan en la mañana, un par de horas después de Emil, partiendo de inmediato hacia la montaña Arth-Lizz. Los romaníes y guerreros levantan los cadáveres de sus parias esparcidos por la amplia entrada de la caverna ahora deshabitada. Cada clan se regresa a su respectivo bosque, cavando y preparando los funerales necesarios para despedir a los hermanos y camaradas abatidos.

Al día siguiente llega el mercader de telas Joseph al campamento zíngaro; la razón de la visita de hoy no son los negocios. Al buscar al líder zíngaro, Joseph lo encuentra en una de las orillas del campamento, sentado en una roca, solitario y al parecer triste.

—Buenos días jefe húngaro. ¿Acaso algo le preocupa? —inquiere Joseph, escoltado por dos guardias-sirvientes.

Antes de contestar Grigore alza la vista, mostrando que sí está melancólico.

—No es nada, Joseph. Varios hermanos y hermanas están molestos conmigo. Te contaría la historia completa, pero no tengo tantas ganas de recordar lo de ayer y esta madrugada —responde Grigore, desanimado.

—Es una pena escuchar eso jefe romaní. No todos los días serán agradables o recibirá el apoyo de todos los que conforman su clan. Así es como nos trata la vida. Tenemos que encontrar la manera de sobrellevar este tipo de situaciones —comparte Joseph, tratando de animarlo. Al no haber resultados positivos, intenta cambiar de tema de conversación—. ¿Ya lo ha visitado el marqués Ferdinand? Ayer por la tarde me dijo que tenía muchas ganas de hablar con usted.

—No. No nos ha visitado desde hace un mes —contesta Grigore con un tanto de sequedad.

—Qué raro. Puede ser que surgió algo más importante de última hora. Le diría que fuera con él para platicar, si no fuera por el detalle que Ferdinand vive en la ciudad principal del Oeste. Es demasiado arriesgado para usted infiltrarse a esa ciudad —expresa Joseph, desilusionado.

El mercader se queda callado unos momentos, quedándose demasiado pensativo; tal parece que se le ocurre una idea después de unos segundos.

—Lo más seguro Emil ya le avisó acerca del banquete que el rey Derek realizará en cuatro días; piensa festejar en grande la alianza con el reino del Oeste y el del Sur —comenta Joseph con más ánimos.

—Estas en lo correcto, Joseph. Mi colega Emil me dijo todo acerca de ese banquete. Él tiene que conseguir varias historias fantásticas para su amigo Reginald, quien tiene que relatarlas esa misma noche —informa Grigore, cambiando su semblante melancólico por uno serio.

—A según recuerdo, me ha platicado que se ha infiltrado en varias ocasiones a la ciudad principal del Norte; ya conoce la mayoría de sus calles y nunca lo han descubierto.

—He tenido mucha suerte cada vez que he ido; casi no hablo con nadie, excepto con el dueño de la taberna cuando quiero tomar cerveza. Siempre me aseguro de no soltar demasiado la lengua.

—Le informo que nuestro amigo Ferdinand es uno de los tantos invitados de honor durante ese banquete, junto con su humilde servidor aquí presente —confirma Joseph de manera soberbia y con mucho orgullo.

—Felicidades amigo, pero no entiendo cuál es la relación entre esa noticia y el hecho de que he visitado a escondidas la ciudad del Norte —comenta un Grigore confundido.

—¿Acaso no se le ha ocurrido la idea de infiltrarse en el castillo para lograr platicar con el marqués Ferdinand? Incluso podría colarse para disfrutar del banquete especial —pregunta y sugiere Joseph con algo de emoción.

—¡¿Queeé?! ¡¿Ya te volviste más loco de lo habitual, Joseph?! —indaga y exclama enojado Grigore, levantándose de un salto antes de seguir gritando su opinión—. ¡Apenas si tuve suerte de no ser descubierto las veces que me atreví a visitar la cercana ciudad capital! Claro que usé una capa con capucha para ocultar mi identidad, mas eso no ayudó para evitar que todos notaran mi presencia.

» ¿De verdad quieres que entre directo a la boca del lobo? Tendré poderes mágicos, mas no funcionarán contra los guardias del castillo; solo me serán útiles mis habilidades de combate con mis espadas Kilics. Acabaré muerto si me enfrento a toda la guardia real.

—No no no no. No tendrá que pelear. Puede infiltrarse tal y como lo hizo las ocasiones anteriores, sin embargo, en esta ocasión puede usar un disfraz más elaborado. Estoy dispuesto a ofrecerle mi ayuda para que logre entrar al castillo y esté presente durante el banquete —expresa el mercader de telas con suma amabilidad.

—¿Tú? ¿Y cómo planeas hacerlo? —inquiere Grigore, escéptico.

—Bueno, en realidad la mayoría del trabajo lo haría mi socio Ismael, el sastre principal de Brumn, mientras que yo me encargaría de los detalles… sociales, por decirlo de cierta manera —aclara Joseph.

Aunque apenas ha entendido una parte del plan de su amigo mercader, Grigore medita la proposición recién planteada. Al tanto que analiza la probabilidad de adentrarse en el recinto más peligroso de Güíldnah, para él y su gente, una visita esperada llega veloz, montado como siempre sobre su poni Víctor.

—Hola Joseph. Buenos días —saluda el enano Emil con alegría, después de desmontar de su poni mágico y acercarse con los dos hombres.

—Hola Jensen. Es bueno verte afuera del castillo después de varias semanas ahí encerrado. ¿Ya están listos para el banquete que se aproxima?

—La mayoría de los sirvientes sí; los cocineros reales están muy atareados. Lo bueno es que tienen todo bajo control.

» Qué bueno que decidiste venir con Rudolf hoy, porque tengo un recado importante para ti de parte de los hijos de los reyes y de Reginald. Es una emergencia, pero sé que puedes atender su petición a tiempo.




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