Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

XVIII

Los cuatro personajes llegan a una pradera de pasto corto color amarillo, con piedras grandes y pequeñas desperdigadas por doquier. En medio de este paisaje se ubica la enorme montaña nevada, que es mucho más grande que Arth-Lizz. Para evitar ser detectados, los héroes desmontan sus caballos y preparan sus armas en una colina baja, metros lejos de la misma montaña. Emil se ata los tres carcajes a su cinturón, dejando su tabardo en la montura, mientras que la hechicera se quita su capa y la deja con su caballo.

La montaña Kudh-Luoth tiene faldas empinadas, aunque también hay otras partes donde hay muros, casi en ángulos rectos, elevándose hasta casi tocar el cielo. Rodean el pie de la montaña, encontrándose con la primera pared natural. Tienen que seguir por el pasto sin separarse de la alta ladera recta. En su recorrido sigiloso aprovechan las rocas grandes para esconderse en el caso de que haya vigías; por suerte no hay ninguno. Momentos después, el caballero les indica el lugar.

—Estamos cerca. A varios metros es donde armaron el campamento —indica el caballero con su dedo.

—Acerquémonos con precaución —contesta en voz baja Grigore.

Los aventureros continúan, hasta llegar a una curva en la ladera de la montaña. Al dar la vuelta hay varias rocas de gran tamaño, ellos utilizan una que está sobre un montículo para esconderse. Divisan el campamento, no muy lejos de su escondite temporal. Los bandidos (más de cien, a según mis cálculos), se han instalado a varios metros de distancia de la pared natural de la montaña, en una sección libre de rocas. El campamento lo han arreglado para darle forma circular. Las tiendas son cuadradas con techo triangular, negras y con una bandera roja en cada pico de cada techo. Las tiendas en el círculo exterior son pequeñas, máximo para dos personas, las de adentro son más grandes. Hay una tienda en el centro del laberinto de telas, de la cual emana una luz brillante. Grigore apenas puede distinguir aquella luz, e intuye que ahí tienen prisionera a la princesa ninfa.

Utilizando el plan más simple (el rescate más sigiloso posible), los cuatro personajes dejan su escondite. Apenas salen al descubierto, el mago Ymn aparece enfrente de ellos, sin ningún ruido o luz que los alerte.

La piel del mago es morena clara. Tiene el rostro de un hombre joven, sin nada de arrugas; son muchos los que dicen que tiene treinta y tres años de edad. El pelo y cejas angulosas son de color pelirrojo intenso, su cabello ondulado lo tiene medio largo, le llega un poco a debajo de los hombros. Sus ojos son rasgados y de color gris oscuro. Viste una túnica de mangas muy cortas, color terracota; la ropa le llega hasta los talones. Una capa corta con capucha, complementan la vestimenta. Tiene un cinturón de cuero negro; es el mismo material y color de unos brazaletes anchos que lleva puestos en las muñecas. Los brazaletes son lisos y se ajustan con una correa delgada. El final de la capa y de la túnica se encuentran rasgados. Los brazos al descubierto dejan ver una musculatura atlética. No usa ningún tipo de calzado; siempre flota en el aire, mínimo a unos cuantos centímetros arriba del suelo. En los brazaletes de cuero, frente y en los deltoides, tiene pintado de rojo carmesí el siguiente símbolo.

Los héroes ven el rostro del mago, quien se ha quitado la capucha, descubriendo una cara seria. Sostiene con la mano derecha una larga rama de árbol con muchas torceduras; le ha quitado la corteza, dejándola desnuda.

Los aventureros no se mueven, temiendo que el rescate haya fracasado de forma rotunda; no todos piensan lo mismo. Rudolf acomoda sus manos en las empuñaduras de sus espadas, adoptando una postura desafiante, al mismo tiempo que enseña una sonrisa burlona. El mago solo lo mira, sin quitar la seriedad. Después de unos segundos se dirige a la hechicera y al caballero del sur.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué ha pasado con los reyes del bosque?

—¡Eso no importa! ¡Libera a la princesa! —exige enojado el caballero.

—¡Aaaaaah! Ya veo. Ustedes deben ser los nuevos héroes andantes que llegaron a estas tierras —comenta Ymn, mostrando una leve sonrisa, agregando—. Solo he escuchado rumores, no muy halagadores. Me sorprende que los reyes del bosque dejen a su hija a cargo de ustedes dos; más me sorprende que esos cobardes no se presenten.

—¡Prepárate para perder! —advierte Míriam, furiosa.

—No lo creo —expresa tranquilo el malvado mago, resaltando un detalle—. La última vez me enfrenté a tres poderosos hechiceros; ahora solo ha venido una sola, y no muy entrenada en las artes sobrenaturales.

—¡Te costará trabajo vencernos!

Le señala el caballero del Sur.

El mago intercambia miradas con Grigore, reconociendo a un viejo enemigo.

—Tú otra vez, gitano entrometiendo. Nunca escuché tu nombre, pero tampoco olvidaré tu rostro. ¿Crees que puedes ayudar por segunda ocasión? ¿En dónde se esconden tus hombres? Mis nuevos soldados son mucho más diestros y peligrosos, muy diferentes a los goblins que recluté la última vez.

—No has cambiado nada durante todos estos meses, Ymn. Tu obsesión con la realeza de Piud es enfermiza; primero deseas a Zelinda y ahora quieres a su hija Idaira. Mago depravado. Vine para ayudar, aunque en esta ocasión no necesito de mis hermanos arqueros —responde serio Grigore.

—¿Me juzgas por enamorarme de esas diosas? Estuve encerrado por meses, sin embargo, los chismes sí llegaban a mi celda. Tú has estado conviviendo más tiempo con ellas. No quieras aparentar que eres un santo. Es imposible tener solo una simple amistad con ellas. Estoy seguro de que también has tenido varias… pasiones con Zelinda, con Leonora y hasta con su hija. Por supuesto que estoy omitiendo el resto de las ninfas disponibles. Un día tus manchas se mostrarán, y quedarás como un enfermo peor que yo.




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