Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

XXI

Más temprano en una de las recámaras para invitados, Ferdinand y Grigore, disfrazado del vasallo Dhúmog, están conversando acerca de la reciente fiesta.

—La comida estuvo deliciosa, aunque no soy tan aficionado de la carne de cisne. Increíble que el rey Derek ofreciera ese platillo: cisne asado —comenta el marqués Ferdinand mientras está sentado en la orilla de la cama.

Por su parte Grigore está parado junto a una ventana abierta, dando un vistazo al cercano bosque de Güíldnah. Se queda callado, demasiado meditativo para haber escuchado las palabras de su amigo. Ferdinand se da cuenta de esto, así que se pone de pie y camina hasta llegar al lado de su colega, recargándose en la pared.

—Te agradezco que quieras ayudarme a limpiar la reputación de mi gente, mas no es una tarea tan sencilla —menciona Grigore con seriedad, sin apartar la mirada de la arboleda cercana.

—¿Lo dices por tus hermanos o por el resto de los gitanos afuera de Ítkelor? Son solo rumores no muy halagadores por parte de los viajeros que llegan. La mala fama de los húngaros estaba presente desde antes de que tus padres y tu familia llegaran a estas tierras —asegura Ferdinand, estoico.

—Es una pérdida de tiempo pensar en los otros parias ajenos a mi clan, así que nunca me preocupo por ellos. A veces pienso lo mismo con mis hermanos… mas no puedo negar mi sangre directa —suspira triste Grigore.

—¿Has intentado hablar co… —intenta preguntar Ferdinand, cuando Grigore lo interrumpe al mismo tiempo que voltea para intercambiar miradas.

—Desde el principio lo intenté; desde hace diez años lo estoy intentando. Visito a mi hermana Fifika y a mi hermano Melalo cada semana, intentando convencerlos de que abandonen esa vida caótica. No quieren escuchar. Conversamos tranquilos acerca de nuestra familia y la salud física de nuestros respectivos campamentos, sin embargo, cuando intento cambiar de tema hacia su actitud y comportamiento con el resto de los pobladores de Ítkelor, evaden el tema o incluso me empiezan a ignorar por completo —revela Grigore todo desanimado.

—¿Has estado viajando a las tierras del Norte y del Sur todos estos años? Sí que tienes un ángel de la suerte siempre a tu lado; tu cabeza tiene precio en los otros dos reinos. Tal vez los reyes tengan un acuerdo de paz con tu gente y la gente de tus hermanos, pero te aseguro que los caza recompensas o algún soldado avaro no dudará en tratar de capturarte o asesinarte —le advierte Ferdinand con voz severa.

—Soy muy precavido, aparte que siempre uso capa para ocultar mi identidad —responde Grigore, tranquilo.

El patriarca zíngaro camina hacia la cama, sentándose en la orilla. Ferdinand lo sigue, sentándose junto a él.

—Lo bueno que sigues intentando. Tal vez, algún día logres convencerlos de cambiar su vida —comenta el marqués.

Hay otros segundos de silencio, suficientes para tranquilizar el ambiente.

—Ferdinand. ¿Sabes algo acerca del supuesto juramento entre las tres monarquías de Ítkelor y mi pueblo? —pregunta Grigore, calmado.

—Fue un… acuerdo mutuo entre los cuatro reyes, incluyendo el desaparecido monarca del Este. Lo hicieron pocos días después del lamentable fallecimiento de tus padres —menciona Ferdinand con un nudo en la garganta; trata de deshacerlo antes de continuar hablando, mas no puede—. Cuando Derek se enteró que el rey del Oeste mandó ejecutar a tus padres, se reunió con cada uno de los reyes de Ítkelor, pidiéndoles, e incluso rogándoles para que no ejecutaran a ningún otro húngaro.

En este punto, a Ferdinand ya se le quitó el nudo en la garganta.

—Al principio los tres monarcas pensaban ignorar la petición de Derek, para mala suerte de ellos, el único campamento zíngaro que había era el tuyo, aquí en Ítkelor. Para lograr erradicar la peste de los ladrones húngaros, a según palabras de los otros monarcas, tenían que invadir el territorio de Güíldnah, lo que ocasionaría una inminente guerra. Por esa razón ningún gobernante hizo o dijo algo contra los romaníes durante cinco años. El que tu gente no haya salido de Güíldnah durante esos cinco años, ayudó mucho a calmar el odio hacia los gitanos.

» Días después de ese lustro los seis monarcas se reunieron. Los seis aceptaron la estadía de tu pueblo en Güíldnah y en Ítkelor, para después pactar la famosa alianza que hoy se celebra.

—Por desgracia, mis hermanos decidieron irse al Oeste y Sur al final de ese lustro, reavivando el odio hacia nosotros. Cuando desapareció el reino del Este, un año después de que mis hermanos se mudaron al Oeste y Sur, muchos rumores decían que mis hermanos y yo teníamos la culpa; decían que habíamos maldecido a ese feudo, que habíamos hecho un pacto con el diablo para enloquecer a los reyes del Este —recuerda Grigore con un profundo odio.

—Los hombres ignorantes siempre inventan historias, aunque también el miedo ayuda en sobremanera. Desde el principio los monarcas del Oeste y Sur les tenían miedo a los gitanos; durante el lustro de «tranquilidad», dicho de cierta manera, ese miedo solo se durmió, no desapareció. Cuando tus hermanos se mudaron ese miedo despertó de nuevo; empeoró durante la decadencia y caída del reino del Este. Los reyes del Oeste y Sur no quisieron ni quieren atacar a tus hermanos porque respetan la alianza con el rey Derek y la reina Amedea, aparte del hecho que Derek les insistió evitar herir o encarcelar a los húngaros que residen en sus territorios… no obstante, ya los acabas de escuchar durante el banquete. Ya están cansados, ya están hartos de soportar las barbaridades que cometen Melalo, Fifika y sus respectivos campamentos. Todavía tienen paciencia, poca, pero todavía tienen. Si no cambian su comportamiento o si no se marchan de Ítkelor en las próximas semanas, no sé qué pasará con ellos —expresa preocupado Ferdinand, para después quedarse callado.

Los dos hombres no dicen ninguna palabra durante unos segundos tensos.

—Mejor dejemos de hablar sobre los reyes y tus hermanos, mejor hablemos de ti. Joseph me había dicho que estabas muy desanimado y querías platicar conmigo —expresa el marqués de manera amable.




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