En el gran salón de banquetes de Güíldnah, el monarca y su esposa están reunidos con el bufón Reginald. De seguro el príncipe y la princesa ya están dormidos; se retiraron a su cuarto hace varios minutos atrás. Los sirvientes ya han recogido los platos sucios, terminarán de limpiar mañana temprano.
—¡Bravo amigo, bravo! —vitorea Derek, añadiendo igual de feliz—. Esa fue una excelente presentación. Me has sorprendido de verdad.
—Bien bien. Ya solo falta irnos a dormir para terminar satisfechos este día perfecto. —Es lo que dice la reina, ya cansada.
Los tres personajes dan los primeros pasos hacia la puerta, cuando un sonido de pisadas veloces los detiene. Al segundo siguiente las puertas se abren de golpe, asustando a los reyes y al bufón.
—¡Al fin te atrapé, pilluelo! —grita Jensen cuando entra corriendo al salón; da un salto desde la entrada, rodando un metro y medio ya adentro del gran cuarto.
Jensen se queda sentado en el piso, abrazando algo. Ya muy tarde se da cuenta de la presencia de Amedea, Derek y su mejor amigo Reginald. Voltea su cabeza, mirando nervioso a los dos hombres y a la mujer.
—¿Enano? ¿Qué haces aquí y por qué estás armando un escándalo a estas horas? —pregunta confundido el rey.
—Eeehmn… Eeehmn… Solo estaba… Solo estaba… —balbucea el sirviente de baja estatura, nervioso, pensando desesperado una respuesta creíble.
De puro milagro aparece Joseph, entrando corriendo al mismo salón.
—¡Emil! ¡Emil! ¡¿Sí lograste atrap… —intenta preguntar el mercader de telas; se queda mudo al percatarse de la presencia de los reyes.
—¿Mercader Joseph? —pregunta Amedea, ahora más desconcertada que su esposo.
Joseph se queda mudo durante un segundo.
—¡Querida reina, querido rey! Buenas noches —dice el mercader de telas, aparentando felicidad al mismo tiempo que ejecuta una reverencia rápida—. Perdonen esta interrupción y este escándalo, pero convencí al vasallo Jensen para realizar un ejercicio nocturno. Una actividad diurna para poder dormir mejor —explica Joseph con calma.
Entre tanto Jensen se ha levantado del piso y se acaba de acercar con su amigo mercader. No ha soltado al cachorro dragón, aunque para Derek y para Amedea solo tiene los brazos cruzados, porque no pueden ver al dragoncillo.
—¿Ejercicio? ¿Actividad? ¿A qué se refiere con exactitud? —pregunta Derek, empezando a molestarse.
—Es un juego. Una competencia para atrapar a un… a un… —tartamudea Joseph, siendo invadido por los nervios repentinos. Empieza a dudar que los reyes crean tal mentira.
—¡¿Eso es un dragón bebé?! —pregunta asombrado Reginald, señalando a su amigo Jensen, cuando en realidad está señalando a esa criatura mitológica, la cual está calmada por completo.
Segundos después, el bufón se percata de dos personillas diminutas, una volando cerca de la cabeza del marqués, mientras que la otra está sentada en un hombro del mismo hombre.
—¡¿Esas personillas son hadas?! —pregunta Reginald con la misma fascinación de antes, señalando a los seres feéricos.
Los otros cuatro presentes voltean con el bufón, mostrando dos caras distintas: Amedea y Derek siguen igual de perplejos, pero Emil y Joseph están más que asombrados, casi con la boca abierta.
—¿Dragón bebé? ¿Hadas? —repite Derek, intentando comprender lo que acaba de escuchar.
—¡Exacto! ¡Exacto bufón Reginald! ¡Tú sí entiendes la dinámica de mi juego! —celebra feliz Joseph al mismo tiempo que felicita al segundo enano; regresa su atención y palabras con los reyes poco después—. El objetivo de la dinámica es atrapar a un pequeño dragón imaginario, mi señor y señora.
—Eso no tiene sentido —asevera el monarca, tratando de razonar esa loca y disparatada idea, indagando al final—. ¿Cómo pueden atrapar algo que no existe? ¿Cómo saben que alguien atrapó a esa tal criatura imaginaria?
—El cazador elegido lo sabe, quien en este caso es Jensen. Si Jensen dice que lo ha atrapado, entonces así es —explica Joseph antes de voltear con el susodicho—. ¿Lo atrapaste, querido amigo?
—¡Oh! Sí sí. Aquí lo tengo bien sujetado. No volverá a escapar —asevera Emil, disimulando que le sigue el juego al mercader y diciendo la verdad al mismo tiempo.
—¿Imaginario? —menciona Reginald, quedando más confundido a cada segundo—. Sus majestades, ¿acaso ustedes no ven al pequeño dragón que está cargando mi compañero Jensen? ¿Ni tampoco ven las hadas? —pregunta él, esperando resolver las dudas de su cabeza.
Derek y Amedea observan al segundo enano con suma atención, mas no pueden ver nada más que dos hombres. No hay ningún dragón ni ninguna hada.
—De seguro que ya estás muy cansado, bufón Reginald. Cuando crees ver de verdad a los animales imaginarios de mis juegos nocturnos, significa que ya es hora de meterse a la cama y dormir. Con respecto a las supuestas hadas, es otro síntoma de cansancio —asevera Joseph, indagando para asegurarse de su falso diagnóstico—. ¿Solo puedes ver al dragón imaginario y las hadas?
Reginald da un vistazo alrededor, asegurándose antes de responder.
—Sí. Solo veo a ese cachorro dragón y a esas dos hadas —expresa Reginald con seguridad, señalando a esos seres fantásticos.
—Muy bien. Eso significa que es un cansancio leve; si creyeras ver a más seres invisibles, ya sería un caso más grave. Ya necesitas acostarte —comenta Joseph ahora actuando como un doctor; en realidad sería un monje o un barbero, porque en estos tiempos no existen doctores (en el buen sentido de la palabra).
—Me sorprende, Joseph. No estaba al tanto de esos conocimientos suyos —dice el rey.
—Vaya. Sabía que estaba obsesionado con cuentos de fantasía y animales míticos mercader Joseph, mas nunca imaginé que tendría rutinas nocturnas infantiles y tan absurdas. Mejor regrese a su habitación y ya duérmase usted también. Mi esposo y yo no podemos dormir con ruidos molestos y constantes en el castillo —ordena y asegura Amedea, dando después un bostezo prolongado.
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Editado: 12.09.2026