Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (2)

III

A la segunda semana Aleksei empieza a quedarse más tiempo del día con la campesina para conocerla mejor. Comenzando la tercera semana se da cuenta de que su afección por ella ha disminuido por varias razones: le ha narrado historias fantásticas del místico bosque Piim-Asud, pero no le cree ni una palabra; se da cuenta que Dagna es interesada y superficial, porque la mayoría del tiempo la campesina le pregunta por su fortuna y tierras, además de que siempre quiere recibir un regalo cada vez que la vaya a visitar; por último descubre que no es muy aseada (mucho menos de lo que se consideraría habitual en esta época medieval).

La noche del tercer día antes de que acabe la semana, Aleksei se reúne con los reyes principales del bosque. El escenario es el claro real, donde los monarcas se encuentran sentados en sus tronos de ramas. Idaira ya se ha ido a dormir. Aleksei le pide a Zelinda que remueva el encantamiento, alegando que se ha dado cuenta de que Dagna no es su pareja ideal, sumando que no le agrada la forma de vida humana.

—Lo siento. No puedo hacer nada. Solo resta esperar y ver qué sucede —responde la reina con seriedad.

—¿Qué pasará si ella me acepta? Me quedaré como humano, situación que no me agrada pensar, aparte de vivir al lado de ella —reprocha Aleksei, caminando de un lado para otro sin despegar la vista del suelo, solo hasta que voltea con Zelinda, preguntándole—. ¿No puedo solo desaparecer de su vida?, ¿ya no verla nunca más?

—¿Sin esperar su respuesta? Esa no es una opción disponible; si lo haces, igual te quedarás con la apariencia de humano para siempre —aclara la reina con seriedad, cruzando sus brazos.

—Tal vez estás adelantando conclusiones, podrías darle otra oportunidad al menos —comenta el rey del bosque.

—Ya le he dado bastantes, su majestad —replica Aleksei ahora mirándolo a él, diciendo—. No es mi amor ideal, así de simple.

—No hay nada que yo pueda hacer, Aleksei —asevera la reina.

El pavo real vuelve a intercambiar miradas con Kírill, mostrándole unos ojos húmedos.

—No me mires a mí —comenta el rey, recargándose lo más posible en el respaldo de su trono, alzando las manos y mostrando las palmas de sus manos al frente, aclarando un detalle—. No puedo interferir con los hechizos de mi esposa una vez que los ha realizado. Si hubieras hecho lo que te ordené al principio, no estarías agobiado por esta situación.

—Gracias, sus majestades —acepta el pavo real, cabizbajo, retirándose a descansar.

A la mañana siguiente, él y la campesina pasan la tarde con pláticas recostados en la pradera, no muy lejos de la granja; a la hora acostumbrada Aleksei se despide de Dagna, invitándole al final.

—¿Mañana podrías acompañarme a la orilla del bosque cercano, en la noche? Necesito decirte algo importante.

—Si es muy importante con gusto te acompañaré.

—¿No te da miedo?

—¿De qué? El bosque es demasiado tranquilo para imaginar que hay creaturas salvajes ahí. Los chismes que me has dicho ya los había escuchado antes; son solo mentiras. Y si te refieres a bandidos o ladrones, es muy poco probable que nos encontremos con alguno.

—En ese caso, hasta mañana.

—Hasta mañana, Aleksei.

En el día en que termina el efecto del encantamiento el pavo real pasa la mayoría del tiempo visitando los paisajes de Ítkelor, en especial el reino del Oeste. En la tarde da un recorrido rápido en el reino del Norte, luego se dirige a la granja. Está tan preocupado, que no se da cuenta que alguien lo sigue de lejos.

Al llegar con la hija del campesino ella lo recibe con mucha felicidad. Transcurren minutos de convivencia y cariños; esto último solo por parte de Dagna. Justo cuando el sol empieza a ocultarse en el horizonte, ella acompaña a Aleksei a escasos metros de la orilla de Piud.

—Dagna, ¿aún no crees en la magia del bosque? —indaga él con aire triste.

—No, aún no. En el tiempo que hemos estado aquí, no he escuchado o visto nada inusual.

Aleksei se queda pensativo unos momentos, viendo el lento comienzo de la noche; pensamientos pesimistas empiezan a llegar a su mente. Respira de manera profunda un par de veces, mencionándole a la campesina.

—Debo serte sincero.

—¿Ocurre algo malo? —pregunta Dagna, preocupada.

—No soy humano. Soy un pavo real que vive en el bosque.

Ella no dice nada.

—Cuando te vi por primera vez me enamoré de tu cabello y tu rostro. Pedí ayuda con la reina ninfa y ella aceptó, conjurando un hechizo para darme esta forma humana. Por desgracia el amor se apagó en estos días.

Hay otros momentos de silencio.

—Si no me amas, no tienes que inventar una historia tan tonta como esa —reprocha ella enojada, cruzando sus brazos.

—Solo velo por ti misma —manifiesta Aleksei, alejándose de Dagna por un par de pasos largos.

El sol ya se ha ocultado en el horizonte, dando los últimos momentos de luz.

—Si tú lo dices —comenta Dagna, sin cambiar la postura de su cuerpo y brazos.

Habiendo transcurrido los minutos necesarios, el hechizo de transformación empieza. La nube de polvo color magenta claro vuelve a aparecer, envolviendo al joven; segundos después la humareda desaparece, mostrando a un pavo real. Todo el tiempo él mantiene los párpados cerrados.




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