Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (2)

IV

—Esta es mi verdadera forma. Ahora, ¿qué dices Dagna? —pregunta Aleksei mientras abre los ojos.

Lo siguiente que ocurre es una sorpresa para él, porque Dagna ya se encuentra de camino a su casa. Al momento de ver el humo magenta la joven campesina salió corriendo a toda prisa, dando gritos a causa del susto que se ha llevado. Llega a su casa y narra con mucha dificultad lo que ha pasado. Sus padres la tranquilizan diciéndole que lo ha imaginado todo; la familia se va a la cama y a dormir, tratando de olvidar el suceso repentino.

Aleksei se queda unos momentos en la orilla del bosque. Por un breve tiempo siente tristeza, seguido de una abundante felicidad que llena su corazón; ahora puede volver a su vida habitual. Un grupo de hadas y algunas luciérnagas se acercan, otorgando una luz intensa de color amarillo alrededor del ave.

—¿Qué ha pasado? —preguntan unas hadas medio dormidas.

—¿Quién hace escándalo a estas horas? —indagan las luciérnagas.

—Una humana. Yo estaba en medio de mi paseo nocturno cuando una campesina se acercó. Lo más seguro me habrá confundido con un animal salvaje o un monstruo, por eso se asustó y salió corriendo.

Aclarado el alboroto, todos se dan media vuelta para regresar a sus hogares. En ese instante escuchan una voz atrás de ellos.

—Espera, por favor.

Todos se detienen y dan media vuelta. De atrás de unos árboles emerge una joven gitana de dieciocho años, de pelo largo lacio color castaño oscuro. Sus ojos son almendrados y de color azul claro. Luce un vestido con falda larga (le llega hasta los tobillos), mangas cortas y escote de hombros caídos; el vestido es color rosa, excepto una franja ancha color blanco en su falda, bordada con varias rosas rojas abiertas. Aparte de varias alhajas plateadas en sus muñecas, cuello y orejas, un fajín se acomoda en su cintura, decorada con las mismas clases de flores bordadas. Los zapatos que usa son simples y negros.

—¿De verdad… así es tu aspecto original? —pregunta la joven.

—Sí. Soy un pavo real que vive en el bosque.

Ella se sienta en el pasto, justo al frente del ave; no le importa ensuciar su falda.

—¿Puedes… convertirte en humano otra vez?

—¿Humano? —se preguntan las hadas y luciérnagas en voz baja, perplejas.

—No, no puedo. Era un hechizo temporal. ¿Oíste todo?

—Escuché la confesión que le dijiste a la campesina.

Todo el tiempo la romaní observa con atención al ave y a las hadas, quienes vuelan en el aire gracias a sus alas de mariposa y de libélula.

—¿Ustedes son las hadas de las flores? —les pregunta ella.

—Sí… somos hadas de las rosas —responden un par de ellas, extrañadas por la indagación.

Esto también confunde al ave, quien le pregunta a la joven.

—¿Por qué nos ves de esa forma?

—Pues… es la primera vez que veo y escucho a las hadas del bosque y a un ave que puede hablar.

—¿No perteneces al campamento gitano que habita en el bosque de Güíldnah? Creíamos que todos los gitanos de Güíldnah poseían la percepción «Vigilans deos» —comenta una luciérnaga.

—Sí pertenezco al campamento de Güíldnah, pero mi familia es una de las pocas que carece de tal don. Mis padres y hermanos no pueden ver ni oír a los habitantes místicos de Piud. Yo tampoco podía… hasta hoy.

—¿En serio? Es la primera vez que escucho un acontecimiento así de extraño con ustedes los gitanos —comenta sorprendida la luciérnaga de antes.

—Entonces, bienvenida al bosque. Es una lástima que ya es tarde —dice un hada.

—¿Por qué estás aquí? —pregunta otra.

—Desde hace dos semanas y media me di cuenta de que un joven muy guapo recorría muy seguido el camino de nuestro bosque hacia el reino. La primera vez que lo vi fue amor a primera vista —comenta sonrojada la joven, mirando el suelo por unos segundos—. Lo admiraba con detenimiento cada vez que lo veía pasar. Nunca se quedaba en la ciudad. Siempre salía hacia el Sur en la tarde; al salir del bosque subía al Norte. Eso me pareció extraño porque no hay pueblos o viviendas por aquí, salvo los granjeros que se acaban de mudar —la gitana realiza una breve pausa antes de terminar—. Después… pensé en el bosque Piud.

—Recordaste a los habitantes místicos de aquí —sospecha Aleksei.

—Así es. Siempre escucho las historias del líder gitano y otros hermanos de cuando los visitan, incluso he estado presente cuando varios de mis parias platican con ustedes las veces que van a visitarnos, pero nunca pude verlos u oírlos; con respecto a los animales parlantes, tampoco escuché una palabra salir de sus hocicos o picos —reconoce Danitza.

—Pero ahora puedes —comenta un hada, para luego preguntarles a sus compañeras feéricas—. ¿Es posible obtener o recuperar la percepción «Vigilans deos» de un segundo al otro?

—No lo sé. La que podría resolver esa duda es la reina mayor Zelinda —opina esa segunda hada.

—Si escuchaste la confesión que le dije a la campesina, entonces eso significa que también viste el humo que me envolvió. ¿Por qué no saliste corriendo igual que Dagna? —pregunta confundido Aleksei.

—Porque no sentí ninguna clase de peligro, aparte de que… en verdad deseaba conocer a ese apuesto hombre que paseaba tan seguido por nuestro bosque —revela Danitza un tanto sonrojada.

—Lamento decepcionarte —expresa Aleksei con seriedad.

—Danitza, me llamo Danitza —termina la frase la gitana de manera tranquila.

—Mi nombre es Aleksei —responde el pavo real con un poco más de ánimo.

—Bonito nombre. Tú también eres hermoso, aunque no seas humano.

—Gracias —expresa él un poco sonrojado.

—Nunca había visto tan de cerca un pavo real; tus colores y tus largas plumas me parecen fascinantes.

—Bueno, en realidad no has visto nada —comenta Aleksei dando unos pasos atrás.

En pocos segundos despliega su majestuoso abanico de plumas. Un arcoíris de colores vibrantes es mostrado: blancos, verdes y bronces, acompañados de miles de ojos azules. Las luces de las hadas y luciérnagas ayudan a avivar los colores. Danitza se queda maravillada por la fantástica imagen.




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