Libro 3: Una guerra debe prevenirse

Capítulo 62 “Señuelos, ¡Malditos señuelos!"

Lugar: Cercanías del edificio sede de las Naciones Unidas, Nueva York, Estados Unidos.

Acontecimiento: Alarma de bomba en el hotel Millennium Hilton New York One Un Plaza.

 

Es la media noche en la isla de Manhattan, cuando la ciudad es despertada por las sirenas de policías y bomberos que llegan a uno de los tantos rascacielos de la gran urbe. Un portal se abre en una de las azoteas de un edificio, permitiendo al grupo llegar cerca del lugar en cuestión.

—¿Aquí está la bomba? —inquiere David.

—Aquí no; está en ese edificio —señala Abihu uno de los rascacielos en la esquina de la cuadra, justo donde están destellando decenas de luces intermitentes rojas y azules.

—¡¿Y por qué nos trajeron aquí?! ¡Llévennos allá abajo! —ordena Albert Cathal, muy preocupado.

—Porque ya tenemos un plan —dice Abihu confiadamente.

—¿Cómo que ya tienen un plan? ¿Tan rápido? —inquiere David, confundido.

—No siempre se tendrá que romper la cabeza usted solo, capo; esta vez trataremos de ayudar —dice Fiorello, mostrando una sonrisa. 

—Ustedes solo manténganse atentos; les llamaremos si tenemos problemas —dice Yev-Lirn en voz alta.

—¿Un momento? Primero dígannos su…

Antes de que Ricardo termine la frase Fiorello alza el vuelo, seguido por sus compañeros Abihu y Yev-Lirn; el jócsolfu maldito saca provecho de su velocidad igual a la luz, recogiendo varias maletas donde supuestamente están las bombas; los reportes estaban mal. Son varias y no solo una bomba; Evangelos sabe que así es, porque él puede ver lo que hay dentro de esas maletas; no es ropa.

Los equipos especiales que habían llegado, se quedan perplejos al ver que los objetos sospechosos desaparecen justo al frente de sus ojos, recordándoles esa historia de hace varios días atrás, sobre un espectro que robó un banco.

Una vez que Fiorello recoge todas las maletas sospechosas usando sus cadenas y manos, se eleva miles de metros del suelo; al llegar a cierta altura se detiene. Yev-Lirn y Abihu llegan un segundo después, atrapando a Evangelos adentro de una gran esfera de energía blanca. Instantes después, Fiorello invoca su fuego negro rupmohe, detonando todas las bombas ocultas. Una fuerte luz alumbra el cielo nocturno neoyorquino por solo un segundo; luego, la calma. Instantes después, los tres entes inferiores regresan con los compañeros.

—Malas noticias —dice Fiorello mientras aterriza en la azotea del edificio. Su cuerpo y ropas están humeando ligeramente.

—¡Amore! ¡¿Cos'è successo?! —pregunta Akuris, toda preocupada.

—Hice detonar las bombas de manera segura; Yev-Lirn y Abihu encerraron la explosión para que el virus no se propagara. Inhalé el humo y los vapores para no dejar rastro alguno de ántrax o ébola —explica Fiorello calmadamente.      

Nadie dice nada por unos segundos, mirando muy sorprendidos al consejero siniestro.

—También soy inmune a cualquier veneno o virus de los tres planetas principales de Rómgednar; por desgracia, no percibí ninguno. Eran bombas comunes y corrientes, suficientemente poderosas para haber demolido parte de ese edificio —asegura Fiorello, señalando el hotel cercano.

—Aguarda aguarda. ¿No había virus? —le pregunta Francisco a Fiorello.

—Ni una pizca —dice Evangelos seriamente.

Todos se empiezan a preguntar muchas inquietudes, pero en esos momentos Friedrich y Nhómn empiezan a recibir varios mensajes en sus teléfonos celulares.

—¡Carajo! ¡Avisos de última hora! ¡Necesitamos nuestras laptops! —exclama Friedrich, molesto.

Inmediatamente, Ricardo usa sus poderes para transmutar dos laptops y los pocos accesorios necesarios para poder entrar en línea; para mayor comodidad, los dos consejeros abren un nuevo portal hacia una de las habitaciones desocupadas; una de las tantas disponibles en los hoteles cercanos. Al llegar todos al cuarto, Nhómn y Friedrich prenden las laptops; Manuel es el que provee de la energía eléctrica necesaria para cargar las baterías de ambos aparatos al máximo, tardándose solo segundos.

Cuando ya están listas, los dos hackers de la tercera edad entran en la red, enterándose de las novedades urgentes.

—¡Nos engañaron! —exclama Nhómn, sorprendido y molesto.

—¿A qué te refieres? —inquiere la princesa Lindalë.

—Acaban de asegurar las muestras de ébola y ántrax, aparte de capturar a un grupo pequeño armado de los Enh-raiff —informa el faípfem eunuco mientras teclea en su laptop.

—¿Dónde? —inquiere Cathal, asombrado.

—En Nueva Delhi, India. Estaban ocultos en un pueblo entre la selva —dice Friedrich.

—¿India? Pero… pero… Eso no tiene ningún sentido. Entonces… entonces… ¡¿Cuál chingada madre es la misión?! ¡¿Cuál maldita ciudad va a ser atacada al final?! ¡¿Solo estuvimos perdiendo tiempo durante estos días?! ¿En serio? ¡Aaarrgghh! —grita Ricardo, muy frustrado.

Todos se quedan callados por unos momentos, sin saber qué responder. Han fracasado otra vez. Ahora no tienen ninguna pista posible del forajido negro.

En ese pequeño tiempo, Francisco recibe en su celular un mensaje por parte de Alexandra, avisándole que todavía no acaba sus pendientes en la guarida secreta principal de Arvtess; Quetzalzin se quedará con “el pollero” Saldaña todo el día.




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