Libro 3: Una guerra debe prevenirse

Capítulo 71 “¿Qué pasó? ¿Qué demonios ocurrió?”

Planeta: Sepnaru.

Lugar: Arvtess, Pemetoe, Jedram.

 

El enfrentamiento armado sigue por varios momentos más, hasta que David Ricardo llega y elimina a las últimas amenazas, tanto mortales como divinas; los portales en los cielos se cierran por sí solos y los terroristas son eliminados. Hay muchos daños por toda la ciudad, pero han ganado; hay un largo tiempo de festejos por parte de los dingos rabiosos y el ejército extranjero.

Breves momentos después, llegan Albert Cathal y su grupo; el gitano de Ítkelor tiene sus ropas de costumbres. Su armadura de placas se ha ido. Al llegar, se asombra de ver tanta destrucción en la ciudad; se eleva por los aires, descubriendo que es más peor de lo que se ve en tierra. Al terminar el corto festejo, se atienden a los heridos y se recuentan las bajas, tanto civiles como soldados (militares y miembros de la pandilla local); Cathal ayuda, por lo que también se da cuenta de que han muerto una buena cantidad de ciudadanos inocentes.

Poco después llega el presidente de Pemetoe en su jet privado, enterándose de la situación actual. Los daños que ha dejado el enfrentamiento son millonarios, aparte de las víctimas que perdieron las vidas; sumando que surgen pruebas de los tratos sucios de la difunta alcaldesa Kelly, cuando buscan en su oficina y computadora personal. Poco a poco estaba vendiéndoles la ciudad a traficantes, quienes planeaban construir casinos y prostíbulos ilegales bajo tierra; bajo la mirada del presidente y del mundo.

El presidente del país se reúne con los ciudadanos sobrevivientes, prometiéndoles su pronto apoyo, aparte de un nuevo mejor alcalde; inmediatamente, toda la ciudad pide que la nueva alcaldesa sea la átbermin Alexandra. No les interesa que sea una inmigrante ilegal; quieren que ella se haga cargo de la ciudad. Compartiendo el mismo pensar, el mandatario de Pemetoe nombra a la líder dingo Alexandra como nueva alcaldesa de Arvtess; aunque tendrá que esperar unos días para tomar su cargo oficial, ya que el mismo hombre arreglará su asunto legal para que sea una ciudadana oficial de Pemetoe.

Al día siguiente, mientras los dos guardianes y sus ayudantes ayudan con los trabajos de reconstrucción de una parte de la ciudad, son llamados por los dos dioses regentes, indicándoles viajar a una parte del desierto. Ellos así lo hacen, llegando al punto indicado en solo segundos, gracias a un portal que abren Fiorello y Abihu.

El grupo de quince, contando a la hija del comandante Francisco, espera unos segundos hasta que los dioses Kijuxe y Madogis llegan al plano mortal; la diosa de ásnerm dorado y el dios serpiente saludan a los presentes. Ambas deidades miden cinco metros de alto.

—Buenos días guardianes sagrados, hemos venido para darles dos importantes noticias. Primero que nada, felicidades Albert Cathal por los poderes que han despertado en ti; ahora podremos controlar a ese demonio enmascarado —dice Kijuxe con una voz femenina feliz; su cara no tiene ningún rasgo facial que demuestre sus sentimientos. De vez en cuando cambia su voz o su apariencia.

—Gracias, diosa —dice Albert al tanto que ejecuta una reverencia.

—Y felicidades David Ricardo, cumpliste la misión a la perfección y salvaste a la ciudad de Arvtess —menciona la misma diosa Kijuxe.

—¡¿Queeé?! ¡¿Realizó un trabajo perfecto?! —exclama Albert Cathal, enojándose rápidamente a cada segundo, no tardando en aparecer los reclamos—. ¡Una buena parte de la ciudad está destruida, aparte de que muchos murieron! ¡Eso no es hacer un trabajo a la perfección! ¡Yo y mi equipo hicimos un mejor trabajo! ¡Solo un par de edificios sufrieron daños, aparte de que murieron pocos ciudadanos!

—Tú retrasaste lo inevitable. La ciudad de Alepo será arrasada en el futuro; no puedes hacer nada para alterar la suerte de esa urbe —le responde Madogis tratándolo de calmar, obteniendo un resultado contrario.

El romaní de Ítkelor voltea con el otro guardián sagrado.

—¿Lo sabías? —le pregunta muy molesto; pero no le permite contestar, diciendo al final—. Claro que lo sabías. Decidiste no advertirme para llevarte tú solo toda la gloria, ¡¿verdad?! ¡Maldito!

Todos intentan tranquilizar a Cathal con palabras; no quieren tocarlo para evitar salir heridos. Saben que es más poderoso que todos juntos.

—¡No tenía la más remota idea de ese hecho! ¡El forajido negro me lo dijo poco antes de que lograra escapar! —se defiende Ricardo enérgicamente.

—¡Entonces sí lo sabías; tarde pero ya estabas enterado! ¡Te quedaste callado todo el día de ayer, cobarde! No mereces tener el puesto de protector divino —asegura Albert sin poder calmarse.

—¡Yo me enfrenté a mi enemigo y lo tenía acorralado! ¡Tú dejaste escapar a esa tal reina Ókinam y por tú culpa él se escapó! —debate David Ricardo, volteando con los demás presentes, notando un detalle importante—. Mi equipo salió ileso de la batalla y tú permitiste que Desmond perdiera todo su brazo. ¿Quién es mejor guardián sagrado? Imbécil —dice el humano terrestre muy molesto, señalando al jovencito que tiene vendado lo poco que le quedó de su brazo cercenado.

Cathal se queda callado, pero claramente está fúrico; se mueve de un lado para otro, diciendo mil maldiciones en voz baja.

Kijuxe ya estaba por continuar con los mensajes, pero de repente Albert Cathal corre hacia su nuevo enemigo: David Ricardo. El gitano de Ítkelor dirige su mano hacia adelante; para sorpresa de todos, él abre un portal naranja brillante atrás de David. El protector de Rómgednar voltea por un segundo, pero no tiene tiempo de asombrarse; al segundo siguiente Albert Cathal se arroja sobre él, desapareciendo ambos protectores divinos a través de ese portal, el cual se cierra instantes después.




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