Libro I: El Canto De La Tierra

PRÓLOGO

Cuando las estrellas cayeron

Mucho antes de que existieran los nombres.

Mucho antes de que los seres humanos levantaran sus ojos hacia las montañas y les dieran significado.

Mucho antes de que los bosques cubrieran la tierra con sus raíces y sus sombras.

Existió el Silencio.

No era el silencio de una noche tranquila.

No era el silencio que sigue a una tormenta.

Era algo más antiguo.

Más profundo.

Más inmenso.

Era el silencio que habitaba antes de la creación.

Un vacío sin forma.

Un océano infinito donde no existían el tiempo ni la distancia.

No había arriba.

No había abajo.

No existía la luz.

No existía la oscuridad.

Porque ambas cosas aún no habían nacido.

Y sin embargo, en aquel vacío habitaba una conciencia.

Una presencia tan vasta que ningún lenguaje humano podría describirla.

No tenía rostro.

No tenía cuerpo.

No tenía principio ni final.

Era simplemente el Gran Espíritu.

El Guardián del Equilibrio.

El Soñador de los Mundos.

Durante eternidades imposibles de medir, aquella conciencia observó el vacío.

Y mientras observaba, soñó.

Soñó con montañas.

Soñó con ríos.

Soñó con cielos poblados de estrellas.

Soñó con bosques capaces de susurrar secretos al viento.

Y cada uno de aquellos sueños comenzó a tomar forma.

Primero surgió una chispa.

Pequeña.

Frágil.

Tan diminuta que parecía destinada a extinguirse.

Pero la chispa creció.

Y siguió creciendo.

Hasta convertirse en una llama.

Luego en un fuego.

Y finalmente en una explosión de luz tan poderosa que iluminó por primera vez el vacío.

Aquella fue la Primera Luz.

El primer nacimiento.

La primera canción.

Y cuando la luz apareció, el universo despertó.

Los colores nacieron.

Los sonidos nacieron.

Los vientos nacieron.

La creación comenzó a expandirse en todas direcciones.

Y junto a ella aparecieron los Primeros Espíritus.

Miles.

Millones.

Seres hechos de energía, fuego, agua, viento y memoria.

Algunos brillaban como soles.

Otros parecían formados por corrientes de aire.

Algunos tenían formas semejantes a aves gigantes.

Otros eran figuras cambiantes imposibles de describir.

Todos nacieron del mismo sueño.

Todos nacieron del mismo origen.

Y todos contemplaron maravillados la creación.

Durante una larga era que más tarde sería conocida como la Edad de la Armonía, los espíritus ayudaron a dar forma al universo.

Unos moldearon las corrientes del viento.

Otros enseñaron a las aguas a fluir.

Otros encendieron los fuegos profundos que dormirían bajo la tierra.

Cada espíritu tenía una tarea.

Cada espíritu poseía un propósito.

Y mientras todos cumplían su función, el equilibrio permanecía intacto.

Fue entonces cuando nacieron los Tres Mundos.

Primero surgió el Wenumapu.

El mundo superior.

Un reino de cielos infinitos donde la luz danzaba entre nubes de plata.

Allí fueron colocadas las primeras estrellas.

Allí se construyeron senderos luminosos que atravesaban el firmamento.

Después nació el Nagmapu.

La tierra.

El lugar donde crecerían los bosques.

Donde correrían los animales.

Donde algún día caminarían los seres humanos.

Y finalmente apareció el Minchemapu.

Las profundidades.

Un reino oculto bajo la piel del mundo.

Allí ardían fuegos eternos.

Allí dormían fuerzas antiguas.

Allí se guardaban los secretos que no debían despertar antes de tiempo.

Los tres mundos estaban unidos.

Ninguno era superior al otro.

Ninguno dominaba a los demás.

Cada uno sostenía una parte del equilibrio universal.

Y durante mucho tiempo aquello fue suficiente.

Los espíritus celebraban la creación.

Cantaban junto a las estrellas.

Viajaban entre los mundos.

Observaban cómo el universo crecía y se transformaba.

Pero el equilibrio es una llama delicada.

Y basta una pequeña chispa para provocar un incendio.

Entre los espíritus más jóvenes comenzó a surgir una pregunta.

Al principio fue apenas una duda.

Una inquietud pasajera.

Algo insignificante.

—¿Por qué debemos obedecer?

La pregunta viajó de un espíritu a otro.

Y pronto aparecieron más.

—¿Por qué el equilibrio es tan importante?

—¿Por qué no podemos crear nuestras propias leyes?

—¿Por qué debemos compartir el poder?

Durante mucho tiempo nadie prestó atención a aquellos cuestionamientos.

Los espíritus continuaron trabajando.

La creación siguió creciendo.

Pero las dudas permanecieron.

Y lentamente comenzaron a transformarse.

La curiosidad se convirtió en ambición.

La ambición se convirtió en orgullo.

Y el orgullo terminó convirtiéndose en deseo de poder.

Entre aquellos espíritus destacó uno especialmente brillante.

Su nombre era Rüpan.

Había ayudado a encender los fuegos del Minchemapu.

Conocía los secretos del magma.

Conocía el lenguaje de las montañas.

Y poseía una fuerza inmensa.

Durante siglos fue admirado.

Respetado.

Escuchado.

Pero cuanto más crecía la creación, más pequeño se sentía él.

Veía cómo el Gran Espíritu guiaba el destino del universo.

Veía cómo los demás obedecían sus designios.

Y comenzó a preguntarse si realmente aquello era justo.

—Nosotros construimos este mundo —dijo una vez ante otros espíritus—. Nosotros levantamos los cielos. Nosotros encendimos los mares. ¿Por qué no podemos gobernarlo?

Algunos guardaron silencio.

Otros se alejaron.

Pero unos cuantos escucharon.

Y estuvieron de acuerdo.

Entre ellos se encontraba Kürü Rayen.

Un espíritu capaz de controlar las tormentas.



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En el texto hay: magia, pueblos originarios, cosmovisión

Editado: 21.06.2026

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