Luis sacó su viejo teléfono y buscó un número que no marcaba desde hacía meses.
—¿Diga? —La voz al otro lado sonaba cansada, envuelta en el rumor de un aeropuerto.
—Marc... soy Luis.
Hubo un silencio de cinco segundos. Un silencio cargado de recuerdos de la Meseta y de raciones de pulpo en Melide.
—Estaba a punto de llamarte yo —dijo Marc con un suspiro que delataba una derrota similar—. Estoy en una terminal en Londres. El "nuevo Marc" está siendo devorado por el "viejo Marc". He vuelto a mirar el reloj cada cinco minutos, Luis. Me estoy ahogando.
—Necesito el Primitivo, Marc. Necesito la montaña, el barro y el silencio que duele. El año pasado dije que lo haría para evolucionar... pero hoy te llamo porque lo necesito para sobrevivir.
—¿Cuándo salimos? —preguntó Marc sin dudarlo.
—En tres días. En Oviedo. Frente a la Catedral de San Salvador.