Tres días después, el reencuentro en la plaza de la Catedral de Oviedo fue breve y sobrio. Marc había perdido el brillo en los ojos, y Luis vestía de nuevo su ropa de senderismo, que ahora se sentía como una armadura contra el mundo.
No estaba Anya; ella se había quedado en su estudio de arte en Florencia, intentando capturar la luz de Santiago en sus lienzos. Esta vez, el viaje era una cuestión de supervivencia para los dos hombres.
—El Primitivo —murmuró Marc, mirando la fachada gótica de la Catedral—. Dicen que es el más duro. Que aquí no hay "turigrinos" ni comodidades.
—Es lo que necesitamos —respondió Luis, ajustando las correas de su mochila—. El Francés nos curó el ego. El Primitivo tiene que curarnos el alma.
Entraron en la Catedral para sellar la credencial. Frente a la estatua de Alfonso II el Casto, el primer peregrino, Luis sintió un escalofrío. El año pasado creía que el Camino era una meta. Hoy comprendía que el Camino era un refugio permanente, un lugar al que siempre habría que volver cuando el mundo gritara demasiado fuerte.
—¿Listo para volver a empezar de cero? —preguntó Luis.
—Listo para volver a respirar —respondió Marc.
Dieron el primer paso por las calles de Oviedo, dejando atrás la civilización. Delante de ellos, las montañas de Asturias se alzaban como gigantes de piedra, esperando para poner a prueba cada fibra de su ser.