Luis y Marc abandonaron Oviedo bajo un cielo plomizo, de esos que en Asturias prometen lluvia pero solo entregan una humedad pegajosa que se mete en los huesos. Al salir de las calles pavimentadas y pisar los primeros senderos hacia San Lázaro de Paniceres, el silencio les resultó, por primera vez, incómodo.
—Parece que mis piernas han olvidado todo lo que aprendimos en el Cebreiro —se quejó Marc, ajustándose la mochila con un gesto de dolor—. El asfalto de la ciudad me ha oxidado, Luis.
Luis no respondió. Sentía la misma pesadez. Su mente seguía enredada en correos electrónicos pendientes y llamadas de la fundación. Caminaba mecánicamente, mirando sus botas nuevas con desconfianza. El "Constructor de Puentes" se sentía como un impostor.
II. Los Sentidos Despiertan: Elena y BeatrizA la altura de Llampaxuga, la pendiente se agudizó. Fue allí donde el Camino les presentó el primer bálsamo para sus sentidos entumecidos. Delante de ellos caminaban dos mujeres a un ritmo constante, casi rítmico. Una de ellas reía con una claridad que cortaba el aire denso de la montaña.
Se detuvieron en una fuente de piedra para refrescarse. Al llegar Luis y Marc, ellas se giraron.
—¡Buen Camino! —saludó la más alta, de cabello cobrizo y ojos que parecían retener la luz del bosque—. Soy Elena. Y ella es Beatriz.
Elena desprendía un aroma a romero silvestre y hierbabuena que, de repente, anuló el olor a plástico de las mochilas de los hombres. Beatriz, más silenciosa, observaba el paisaje con una intensidad casi física.
—Lleváis la ciudad en la cara —dijo Beatriz con una sonrisa suave—. Relajad los hombros. El Primitivo no se camina con las piernas, se camina con la nariz y los oídos. ¿Habéis escuchado el crujido de los castaños al pasar?
Luis la miró, sorprendido. Había pasado por el bosque como quien atraviesa un pasillo de oficinas. Al retomar la marcha juntos, la presencia de Elena y Beatriz cambió la frecuencia del viaje. Elena señalaba el contraste del verde musgo sobre la piedra caliza; Beatriz les hizo detenerse para oler la tierra mojada después de un breve chaparrón.
Poco a poco, la charla fluyó. Elena era botánica y Beatriz fotógrafa. No caminaban por llegar, sino por "estar". Gracias a ellas, Luis empezó a sentir que el nudo en su pecho comenzaba a aflojarse. El Primitivo les estaba obligando a conectar con lo primario: el tacto de la roca, el aroma del helecho y la melodía del agua corriendo por las cunetas.
III. El Descenso a Grado: La Realidad del PeregrinoEl descenso hacia Grado fue técnico y exigente, con el barro asturiano —el famoso "barro del Primitivo"— haciendo su primera aparición seria. Al llegar a la villa, el cansancio era real.
Se dirigieron al Albergue de Peregrinos de Grado, con la esperanza de soltar las mochilas y descansar. Pero al cruzar el umbral, el hospitalero les recibió con una mueca de pesar.
—Lo siento, chavales. Estamos completos. Ha habido una avalancha de gente hoy y las plazas volaron a mediodía.
Marc se dejó caer contra la pared, exhausto. La decepción fue como un jarro de agua fría. Sin embargo, la hospitalidad asturiana no tardó en aparecer. Un par de peregrinos veteranos que estaban en la zona común, al ver sus caras de derrota, sacaron un teléfono.
—No os preocupéis —dijo uno de ellos—. Aquí en Grado nos cuidamos. Dejadme llamar a Manuel. Tiene un piso aquí cerca, lo alquila por habitaciones a peregrinos cuando esto se desborda.
IV. El Refugio de ManuelTras una llamada rápida, apareció Manuel, un hombre de manos grandes y voz ronca que desprendía una amabilidad genuina.
—Venid conmigo. Son 10 euros por persona. No es un hotel de cinco estrellas, pero tendréis una cama limpia y una cocina para vosotros.
El piso resultó ser una vivienda antigua, de techos altos y suelos de madera que crujían con cada paso, situada en el corazón de Grado. Para Luis y Marc, aquel lugar se sintió como un palacio.
La vivencia de la noche:
Sentado en el borde de la cama, escuchando el murmullo de la villa a través de la ventana, Luis sacó su cuaderno después de un año de silencio creativo.
"Grado. El Primitivo me ha dado hoy una bofetada de humildad. Creía que venía a 'conquistar' la montaña y me he encontrado con que no sabía ni oler un castaño. Elena y Beatriz me han recordado que tengo sentidos, no solo objetivos. Y Manuel, con su piso de 10 euros, me ha enseñado que el Camino provee cuando dejas de querer controlarlo todo."
Marc entró en la habitación, con dos cervezas frías que había comprado en la tienda de abajo.
—Luis... gracias por llamarme. Hoy, por primera vez en meses, no he pensado en el precio de las acciones de la compañía. Solo he pensado en cómo sacarme el barro de las botas.
Luis sonrió y chocó su botella con la de su amigo. El Primitivo acababa de empezar, y el Constructor de Puentes sentía que, por fin, los planos de su propia reconstrucción empezaban a tener sentido.