El grupo salió de Salas temprano, con el sabor del café todavía en los labios y el recuerdo reconfortante de la cena en Casa Pachón. Por delante les esperaba el alto de La Espina, una subida mítica que separa los valles de la montaña asturiana.
La niebla, densa y blanca como la lana, envolvía los caminos. Fue en este ascenso donde el ritmo del grupo se dividió de forma natural. Marc y Beatriz, enfrascados en una charla técnica sobre fotografía y la luz de la bruma, se adelantaron unos metros, mientras Luis y Elena quedaban rezagados, marcando un paso más pausado.
II. Lazos entre la BrumaEl sendero se volvió estrecho y empinado, flanqueado por muros de piedra cubiertos de un musgo esmeralda que brillaba por la humedad. En un tramo especialmente duro, Elena notó que Luis se detenía a recuperar el aliento, mirando hacia atrás, hacia el valle invisible.
—No busques lo que dejas atrás, Luis —dijo Elena, acercándose y poniéndole una mano suave en el brazo—. El Primitivo castiga a los que caminan mirando al pasado.
Luis la miró. Sus ojos, en medio de la niebla, parecían la única referencia sólida.
—A veces me pregunto si realmente estoy hecho para esto, Elena. En Madrid soy alguien que toma decisiones, que construye. Aquí me siento pequeño, vulnerable.
Elena no apartó la mano. Su tacto era cálido, una conexión eléctrica que atravesaba la ropa técnica.
—Esa vulnerabilidad es tu verdadera fuerza. Un puente rígido se quiebra con el viento; uno que oscila, sobrevive. Deja de ser de acero, Luis. Sé de madera de castaño, como estos árboles.
Caminaron el resto de la subida en un silencio nuevo, cargado de una complicidad que no necesitaba palabras. En un momento dado, al cruzar un pequeño arroyo, Luis le tendió la mano para ayudarla a pasar. Elena la aceptó y, al otro lado, no la soltó de inmediato. El lazo se había estrechado; ya no eran solo peregrinos, eran dos almas reconociéndose en la montaña.
III. Tineo: La Corte de los PalaciosTras coronar La Espina y atravesar paisajes de pastos infinitos, entraron en Tineo, una villa que cuelga literalmente de la ladera de la montaña. Se dirigieron a su destino: el Albergue Palacio de Meras.
Al cruzar el umbral del palacio del siglo XVI, Luis y Marc se quedaron asombrados. No era el típico albergue; era un edificio histórico rehabilitado con un gusto exquisito, donde la piedra y el diseño moderno convivían en perfecta armonía.
—Esto sí es arquitectura —comentó Marc, admirando los arcos del patio central—. Luis, aquí podrías sacar muchas ideas para tus proyectos en Asia.
IV. El Secreto de las MilhojasTras la ducha y el merecido descanso en las estancias del palacio, el grupo se reunió para explorar Tineo. Elena, que conocía bien los tesoros gastronómicos de Asturias, los guio hacia una pastelería local famosa por su obrador artesano.
—En el Camino se sufre, pero también se celebra —dijo Elena con una sonrisa traviesa mientras entraban en el local.
Pidieron las famosas milhojas de Tineo. Cuando el primer bocado de hojaldre crujiente y crema ligera se deshizo en sus bocas, el silencio se apoderó de la mesa.
—Esto es... ilegal —logró decir Marc, limpiándose el azúcar glas del labio—. He comido en los mejores restaurantes de Londres y ninguna pastelería se le acerca a esto.
Luis miró a Elena. Ella estaba disfrutando del dulce con los ojos cerrados, ajena a todo. En ese momento, Luis comprendió que la evolución que buscaba no estaba solo en el esfuerzo físico, sino en la capacidad de disfrutar de lo pequeño, de lo dulce, de lo que se comparte.
La vivencia de la noche:
De regreso al Palacio de Meras, mientras el sol se ponía sobre las montañas de Tineo, Luis escribió en su cuaderno:
"Tineo. Hoy la niebla me ha permitido ver más claro que nunca. Elena no solo me enseña sobre plantas; me está enseñando a sentir el terreno bajo mis pies. Su mano en la mía ha sido el puente más importante que he cruzado hoy. El Palacio de Meras me recuerda que la belleza puede nacer de las ruinas del pasado. Y las milhojas... han sido el recordatorio de que la vida, a pesar del barro y la cuesta, tiene momentos de absoluta dulzura. Me siento vivo. De verdad vivo."
Antes de dormir, Luis y Elena compartieron un último momento en el patio del palacio, mirando las estrellas que empezaban a asomar. No hubo promesas, solo un "hasta mañana" que sonaba a mucho más.