Salieron de Casa Herminia cuando el mundo aún era una mancha de color gris acero. La Ruta de Hospitales no es para los que tienen prisa; es un ascenso hacia la soledad más absoluta de la cordillera asturiana. A medida que ganaban altura, la visibilidad se redujo a apenas cinco metros. La niebla se volvió un muro húmedo que silenciaba el sonido de las botas y convertía a los compañeros de ruta en sombras espectrales.
—No os separéis —ordenó Elena, cuya voz parecía flotar en el aire—. En las crestas, la niebla es el velo que el Camino usa para ver si estás prestando atención.
Luis sentía cómo el frío calaba su chaqueta técnica. La humedad se condensaba en sus pestañas, transformándose en gotas que le nublaban la vista. En un tramo donde el sendero desaparecía entre el brezo y la piedra caliza, Luis perdió de vista a Marc y Beatriz. El pánico, ese viejo enemigo de la ciudad, intentó asomar.
II. El Tacto en la TormentaDe repente, la niebla se espesó aún más y comenzó a llover. No era una lluvia gallega suave; era una lluvia de montaña, racheada y cortante. El viento empezó a soplar con una violencia que obligaba a encorvarse.
—¡Luis! ¡Dame la mano! —gritó Elena.
Él extendió el brazo y sus dedos se entrelazaron con una fuerza desesperada. En medio de la tormenta, mientras buscaban los restos de los antiguos hospitales medievales de Fanfaraón, la conexión entre ambos dejó de ser romántica para volverse vital. Luis, el arquitecto de estructuras de acero, comprendió que el puente más resistente del mundo era ese agarre humano en medio de la nada.
—Confía en mis pasos, Luis —le susurró ella al oído cuando se detuvieron un segundo al abrigo de unos muros en ruinas—. Yo leo la tierra, tú sostén mi equilibrio.
Juntos, pegados el uno al otro para combatir el frío, navegaron la cresta. Luis aprendió a leer la inclinación del terreno a través de los hombros de Elena. La lluvia les empapó hasta el alma, lavando los últimos restos de orgullo y ansiedad que aún quedaban de Madrid.
III. El Milagro del Sol sobre el PaloComo si la montaña hubiera decidido que ya habían pasado la prueba, al llegar a las inmediaciones del Puerto del Palo, el viento cambió de dirección. Las nubes se rasgaron con una violencia visual asombrosa, dejando pasar cuchilladas de luz dorada.
En cuestión de minutos, la lluvia cesó y el sol de la tarde estalló sobre los valles. El contraste era casi místico: el verde vibrante de las laderas asturianas brillaba bajo una capa de agua, y el aire olía a ozono y tierra purificada. Se reunieron con Marc y Beatriz, que habían encontrado refugio tras una roca. Estaban empapados, pero sus rostros irradiaban una euforia que solo se conoce tras sobrevivir a la naturaleza.
—Mirad eso —dijo Marc, señalando el horizonte donde las montañas se encadenaban hasta el infinito—. Después de esto, ¿quién puede volver a preocuparse por una reunión de oficina?
IV. Berducedo: La Calma tras la TempestadEl descenso hacia Berducedo fue una danza bajo el sol. Las articulaciones dolían, pero el corazón latía con una ligereza nueva. Entraron en la pequeña aldea, un remanso de paz rodeado de bosques, y se dirigieron al Albergue Camino Primitivo.
El calor del albergue, el sonido de la ropa secándose y el primer trago de agua fresca se sintieron como lujos incalculables.
La vivencia de la noche:
Tras una cena sencilla, Luis y Elena se sentaron en un banco de madera fuera del albergue, viendo cómo las últimas luces del día se apagaban tras las cumbres que acababan de cruzar.
Luis sacó su cuaderno, cuyas páginas estaban ligeramente arrugadas por la humedad de la jornada.
"Berducedo. Hoy he muerto un poco en la niebla y he nacido con el sol del Puerto del Palo. Hospitales no es una ruta, es un exorcismo. La lluvia se ha llevado al arquitecto arrogante y me ha dejado solo con el hombre que necesita la mano de Elena para no perderse. Ella no es solo una compañera; es mi brújula. Mañana bajaremos al embalse de Salime, pero sé que la verdadera cima ya la hemos conquistado hoy."
Elena apoyó su cabeza en el hombro de Luis. Por primera vez en un año, Luis no sentía que tenía que construir nada. El puente estaba allí, sólido y real, hecho de carne, hueso y una jornada de tormenta compartida.