Libro Il: El Susurro De La Montaña ​el Camino Primitivo

Capítulo 8: El Abismo de Salime y el Cambio de Rumbo

​I. El Descenso al Corazón del Agua

​La mañana en Berducedo amaneció con un cielo de un azul eléctrico, limpio de toda la bruma del día anterior. El grupo comenzó el descenso más vertiginoso del Primitivo: la bajada hacia el Embalse de Salime. El sendero serpenteaba entre pinos y pizarras, ofreciendo destellos del agua estática al fondo del valle, que brillaba como un espejo de plata.

​—Cuidado con las rodillas —advirtió Marc, que ahora caminaba con la seguridad de un veterano—. Este descenso es un recordatorio de que bajar puede ser más duro que subir.

​Luis, sin embargo, no sentía el cansancio. Su mente estaba inusualmente lúcida. Al llegar a la carretera que recorre la cornisa, la mole de hormigón de la presa de Salime apareció ante ellos. Una obra de ingeniería colosal incrustada en la roca salvaje.

​II. La Revelación sobre la Presa

​Al cruzar la coronación de la presa, Luis se detuvo. Miró las enormes turbinas, los murales de Vaquero Turcios que adornan la central y la inmensidad del muro que contenía toneladas de agua. Como arquitecto, siempre había buscado la belleza en lo lejano, en lo exótico. Había planeado ir a Asia para "ayudar" y "construir", convencido de que la realización personal estaba a miles de kilómetros.

​—Es impresionante, ¿verdad? —dijo Elena, poniéndose a su lado y mirando el abismo—. Una estructura hecha por el hombre que se ha vuelto parte del paisaje.

​Luis no respondió de inmediato. Pasó la mano por el hormigón frío. En ese momento, una idea cruzó su mente como un relámpago. Recordó la fragilidad de los peregrinos en Hospitales, la amabilidad de Manuel en su piso de 10 euros, el calor humano de Casa Herminia y la sabiduría sencilla de Elena.

“¿Por qué Asia?”, se preguntó. “¿Por qué construir puentes en tierras que no conozco, cuando mi propio camino está lleno de gente que necesita refugio, escucha y guía?”

​III. El Nuevo Proyecto: El Refugio del Alma

​Mientras subían la cuesta empinada hacia Grandas de Salime, bajo la sombra protectora de castaños centenarios, Luis compartió sus pensamientos con Elena.

​—He pasado un año obsesionado con irme al Tíbet o a Japón para 'evolucionar' y ayudar —confesó Luis, deteniéndose bajo un árbol—. Pero hoy, al ver la presa y recordarnos ayer en la niebla, he comprendido algo. El Camino me ha salvado la vida dos veces. Conozco sus carencias, sus soledades y su capacidad de transformar a las personas.

​Elena lo escuchaba con una atención profunda, sus ojos verdes reflejando la penumbra del bosque.

​—¿Y si mi misión no está en el Este? —continuó Luis—. ¿Y si lo que tengo que construir es una red de albergues para personas que, como yo, llegan al Camino rotas por la ciudad? Un lugar donde el diseño arquitectónico esté al servicio del silencio y la sanación. Aquí, en Asturias, en Galicia... donde el puente es más necesario.

​Elena sonrió, y por primera vez, Luis vio en su mirada un brillo de orgullo puro.

—El Camino no se termina cuando llegas a Santiago, Luis. El Camino te elige para que te quedes a cuidarlo. Ayudar a los que están aquí es, quizás, el puente más difícil y hermoso de todos.

​IV. Grandas de Salime: El Peso de la Decisión

​Entraron en Grandas de Salime cansados pero con una energía renovada. Se instalaron en el albergue y, tras una visita al Museo Etnográfico para conectar con las raíces de la tierra, se reunieron para cenar.

​Marc notó el cambio en su amigo.

—Tienes otra cara, Luis. Ya no pareces un hombre que se va. Pareces un hombre que ha llegado.

La vivencia de la noche:

Luis se sentó en el patio del albergue, con su cuaderno abierto. Dibujó un croquis rápido: no era un templo zen, sino un albergue de piedra y madera, integrado en una ladera asturiana, con grandes ventanales hacia el valle.

"Grandas de Salime. El agua del embalse se ha llevado mi necesidad de huir a Asia. Hoy he entendido que el 'Constructor de Puentes' tiene mucho trabajo aquí. Quiero devolverle al Camino lo que el Camino me ha dado. Elena dice que el Camino me ha elegido. Y yo la elijo a ella, y a este aire, y a este barro. Mañana cruzaremos el Acebo para entrar en Galicia, pero ya no busco el fin del mundo. Busco el lugar donde empezar a construir mi hogar."

​Luis cerró el cuaderno y miró a Elena, que estaba sentada cerca, compartiendo una manzana con Beatriz. Por primera vez en su vida, el futuro no era una incertidumbre llena de ansiedad, sino un plano claro y lleno de luz.



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En el texto hay: camino santiago, camino primitivo

Editado: 11.01.2026

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