El grupo salió de O Cádavo con una energía renovada. La etapa hacia Lugo es una transición suave, un respiro para las piernas después de las montañas asturianas. Caminaron entre corredoiras sombreadas y pequeñas aldeas como Vilabade, donde la iglesia de Santa María —conocida como la "Catedral de Castroverde"— les recordó que la belleza puede florecer en la más absoluta soledad.
Luis caminaba en silencio, observando cada muro de pizarra seca, cada cierre de finca. Su mente de arquitecto estaba procesando la conversación de la noche anterior en la Pensión Elgio.
—Mira esos muros, Luis —señaló Elena, tocando las piedras milenarias cubiertas de líquenes—. No tienen cemento. Se sostienen por el peso de la gravedad y el equilibrio exacto. Es una lección de paciencia.
II. La Entrada por la Puerta de San PedroA medida que se acercaban a Lugo, la silueta de la muralla romana empezó a recortarse en el horizonte. Entraron en la ciudad por la Puerta de San Pedro, el acceso histórico de los peregrinos. Al cruzar el arco de piedra, el estruendo de la ciudad moderna pareció apagarse por un instante.
Luis se detuvo justo en el umbral. Miró hacia arriba, hacia los sillares de granito y pizarra que han resistido dos mil años de invasiones, lluvias y olvido.
—Inspiración —susurró Beatriz, capturando con su cámara el contraste entre la mochila técnica de Luis y la piedra romana.
III. La Revelación de la MurallaDejaron las mochilas en el Albergue Nazaret, un lugar de acogida cristiana que desprende una paz monacal en pleno centro de la ciudad. Tras la ducha, los cuatro subieron al adarve de la muralla para caminar sobre ella al atardecer.
Fue allí, caminando por el anillo de piedra que abraza la ciudad, donde Luis tuvo su momento de claridad definitiva para el proyecto.
—Ya lo tengo —dijo Luis, deteniéndose en uno de los cubos de la muralla—. La clave del refugio no es la exclusividad, sino la protección. El diseño tiene que ser un abrazo de piedra hacia afuera, pero abierto hacia el cielo por dentro. Como esta muralla. Robusta para resistir el ruido del mundo, pero con un corazón donde el peregrino se sienta seguro para soltar su carga.
Elena asintió, comprendiendo la visión.
—Un jardín interior, protegido por muros gruesos. Un lugar de introspección.
—Exacto —continuó Luis—. Usaremos materiales locales, pero con una estructura que permita que la luz entre desde arriba. Que el peregrino, aunque esté protegido, nunca pierda de vista las estrellas.
IV. El Albergue Nazaret: El Reposo del AlmaRegresaron al Albergue Nazaret para la cena. El ambiente del lugar, gestionado con una amabilidad humilde y silenciosa, reforzó la idea de Luis. No necesitaban lujos; necesitaban sentido.
La vivencia de la noche:
Luis se sentó en un rincón del albergue mientras Marc y Beatriz revisaban mapas para las etapas finales. Elena estaba a su lado, revisando unas semillas que había recogido por el camino.
Luis abrió su cuaderno y dibujó un círculo perfecto: la muralla de Lugo simplificada.
"Lugo. Albergue Nazaret. Entrar por la Puerta de San Pedro ha sido como cruzar un portal en el tiempo. La muralla me ha dado la clave: la arquitectura debe proteger el silencio. Mi refugio será una 'muralla' para el alma. Ya no busco una casona por su estética, la busco por su capacidad de contención. Mañana saldremos hacia San Román de la Retorta. El Camino Primitivo se acaba, pero el proyecto de nuestras vidas está tomando una forma sólida y eterna, como este granito que piso."
Marc se acercó y puso una mano sobre el cuaderno.
—Luis, si logras construir lo que tienes en la cabeza, habrás creado el puente más importante de todos: el que une al hombre estresado con su propia paz.
Esa noche, bajo el techo del Nazaret, Luis durmió con la sensación de que las piedras de la muralla le daban su bendición. Estaban a solo tres días de unirse al Camino Francés en Melide, pero su espíritu ya no pertenecía a la masa; pertenecía a la piedra, al musgo y a la mirada de Elena.