Abandonar Lugo por la Puerta de Santiago tuvo un aire solemne. Tras el adarve de la muralla, el grupo se enfrentó de nuevo a la Galicia rural, pero esta vez el paisaje parecía más antiguo, casi místico. Caminaron por la antigua Vía Romana XIX, donde los miliarios —piedras que marcaban las distancias hace dos milenios— aparecían a los lados del sendero como fantasmas de una red de comunicaciones olvidada.
Luis caminaba con una libreta pequeña en la mano, tomando medidas visuales de cada ruina que encontraba. La tensión en el grupo era palpable, pero no era una tensión negativa; era el nerviosismo del buscador que sabe que el tesoro está cerca pero aún no se deja ver.
II. El Peso de la BúsquedaPasaron por San Román de la Retorta, con su iglesia románica y su silencio denso. Luis se detenía ante cada casona de piedra con el tejado hundido.
—¿Es esta? —preguntaba Marc cada vez que Luis se quedaba mirando un muro.
—No —respondía Luis, con una punzada de frustración—. Falta el agua, o falta la luz, o el espíritu del lugar no me habla.
Elena caminaba a su lado, manteniendo la calma. Sabía que Luis estaba buscando con la mente de un arquitecto, pero ella buscaba con el instinto de la tierra.
—No presiones al Camino, Luis —le susurró—. Una casa de esta antigüedad no se encuentra, ella te encuentra a ti cuando dejas de ser un turista y pasas a ser un guardián.
La tensión crecía. Beatriz apenas sacaba fotos; estaba demasiado concentrada en la atmósfera pesada y expectante que envolvía al grupo. El Primitivo les estaba exigiendo la última gota de paciencia antes de unirse, en un par de días, al bullicioso Camino Francés.
III. Ponte Ferreira: El Refugio junto al RíoTras kilómetros de senderos solitarios y bosques de castaños que parecían vigilar sus pasos, llegaron a Ponte Ferreira. Es un lugar minúsculo, apenas un puñado de casas que se agrupan en torno a un puente romano de un solo arco, cruzando el río Ferreira.
Se instalaron en el Albergue A Ponte Ferreira, un oasis de paz donde la piedra y la hospitalidad se funden. El sonido constante del agua pasando bajo el puente romano creaba una banda sonora que ayudaba a rebajar la tensión del día.
IV. La Noche de las DudasSentados en el jardín del albergue, con el sol escondiéndose tras las colinas lucenses, Luis dejó caer su cuaderno sobre la mesa de madera.
—Estamos a punto de llegar a Melide —dijo Luis, con voz sombría—. En Melide nos uniremos a los miles de peregrinos del Francés. El silencio del Primitivo se acabará. Si no hemos encontrado el lugar antes de llegar allí... ¿y si me he equivocado? ¿Y si este proyecto es solo otro sueño de ciudad?
Marc y Beatriz se miraron. Elena se levantó y caminó hasta el borde del río, invitando a Luis a seguirla.
—Escucha el agua, Luis —dijo ella, señalando el puente—. Ese puente romano ha visto pasar a millones de personas. No se construyó en un día, ni se decidió su ubicación por azar. Mañana es la última etapa de soledad absoluta. Mañana, antes de Melide, el Camino nos dará la respuesta. No busques con los ojos, busca con los pies.
La vivencia de la noche:
En el Albergue A Ponte Ferreira, la cena fue más silenciosa que de costumbre. Había una reverencia casi religiosa por el lugar. Luis, antes de apagar la luz de su litera, escribió unas breves líneas:
"Ponte Ferreira. El sonido del río bajo el puente romano es como un metrónomo que marca el tiempo de mi impaciencia. Mañana entramos en la zona de unión. La tensión en el pecho ha vuelto, pero Elena tiene razón: no puedo forzar la piedra. El refugio tiene que tener la misma verdad que este puente: utilidad, belleza y resistencia. Si el lugar existe, mañana nos hablará."
Cerró los ojos intentando visualizar no un plano, sino un sentimiento. El murmullo del río Ferreira le acompañó en un sueño inquieto donde las murallas de Lugo se convertían en puentes que cruzaban océanos de nubes.