Salieron de Ponte Ferreira con el corazón latiendo en la garganta. El aire olía a helecho húmedo y a leña quemada. A pocos kilómetros antes de llegar a la intersección con el Camino Francés, en una zona donde el sendero del Primitivo se estrecha entre muros de piedra centenarios y robles que parecen formar un túnel natural, Luis se detuvo en seco.
A su derecha, medio oculta por la maleza y los castaños, se alzaba una antigua casona de piedra gallega. No era una ruina cualquiera. Tenía un arco de entrada que recordaba a la Puerta de San Pedro y, lo más increíble, un pequeño manantial de agua cristalina brotaba de las rocas justo al lado de su base.
—Es aquí —susurró Luis. Su voz no tenía duda alguna—. Mirad la orientación, la protección de la loma, la luz que entra por el este. Es la muralla que buscábamos.
Elena se acercó a un muro, apartó la hiedra y descubrió un grabado antiguo en la piedra: un círculo cruzado por una línea. Un puente.
—El Camino te estaba esperando, Luis —dijo ella con los ojos empañados—. Esta casa no está abandonada; está descansando hasta que nosotros la despertemos.
Se quedaron allí media hora, tomando notas mentales, sintiendo la paz profunda de un lugar que parecía estar en el borde exacto entre el mundo del silencio y el bullicio que vendría después.
II. Melide: El Choque de Dos MundosLlegaron a Melide y el impacto fue brutal. Tras días de soledad en el Primitivo, verse rodeados de cientos de peregrinos del Camino Francés fue como entrar en una colmena. Sin embargo, el grupo traía una coraza de felicidad.
Se dirigieron a la pulpería, cumpliendo con el ritual. Mientras el pulpo humeaba sobre los platos de madera, Luis desplegó una servilleta y empezó a dibujar el esquema básico de la rehabilitación de la casona.
—Ya no es un sueño —dijo Marc, pinchando un trozo de pulpo—. Ahora tenemos coordenadas. Tenemos piedra.
III. Boente: El Refugio de la MemoriaSiguieron camino hasta Boente, un pequeño pueblo que sirve de alivio al ajetreo de Melide. Se instalaron en el Albergue de Boente, un lugar familiar y auténtico.
La Cena Comunitaria:
La cena fue un festín de hermandad. Sentados a una larga mesa con peregrinos de todo el mundo, Luis y sus amigos compartieron no solo la comida, sino la historia de su hallazgo. La energía en la sala era vibrante; la gente escuchaba el proyecto de los "Puentes del Primitivo" como si fuera una leyenda que se escribía en tiempo real.
IV. El Conjuro y la QueimadaAl caer la noche, las luces del albergue se atenuaron. En el centro de la sala común, apareció un gran cuenco de barro. El hospitalero comenzó el ritual de la Queimada.
A medida que las llamas azules del aguardiente bailaban sobre el azúcar y los granos de café, el hospitalero empezó a recitar el Conxuro:
"Mouchos, coruxas, sapos e bruxas; demos, trasnos e fuxidas..."
Luis sintió que el fuego azul quemaba los últimos restos de su ansiedad urbana. Al beber el líquido caliente, el calor le recorrió el pecho. Elena le tomó la mano.
—Esto es lo que ofreceremos en nuestro refugio —susurró Luis—. No solo una cama, sino este fuego que une a los desconocidos.
La vivencia de la noche:
Luis escribió en su cuaderno mientras las últimas brasas de la queimada se apagaban:
"Boente. El fuego azul ha sellado el pacto. Hoy hemos encontrado 'A Casa do Río', nuestra primera piedra. En Melide el ruido no pudo con nosotros porque ya teníamos un centro. El Primitivo nos ha dado el alma y el Francés nos da la oportunidad de servir a los demás. El proyecto tiene nombre, tiene lugar y tiene amor. Mañana hacia Ribadiso, pero mi mente ya está limpiando la hiedra de esos muros."
Se durmieron con el sabor a miel y aguardiente en los labios, sabiendo que el viaje de vuelta a Santiago era, en realidad, el viaje hacia la construcción de su propio mundo.