El grupo salió de O Pedrouzo antes de que el sol rasgara el horizonte. Caminaban en un silencio sagrado, atravesando los bosques de pinos que anteceden al aeropuerto de Lavacolla. Luis llevaba la corteza de abedul en el bolsillo de su pecho, sintiendo su calor como un segundo corazón.
Al coronar el Monte do Gozo, las torres de la Catedral aparecieron entre la bruma matutina. Marc y Beatriz se abrazaron, emocionados por haber completado la ruta más dura. Luis y Elena, sin embargo, se miraron con una calma profunda. No era la meta lo que les hacía vibrar, sino el origen de lo que estaba por venir.
II. La Entrada en el ObradoiroDescendieron por el barrio de San Lázaro, cruzaron la Puerta del Camino y se internaron en las rúas de la zona vieja. El sonido de las gaitas empezó a rebotar en las paredes de granito mojado. Al enfilar el túnel de la Escalinata de la Catedral, el espacio se abrió de golpe.
La Plaza del Obradoiro les recibió con toda su magnitud. El sol, finalmente, rompió las nubes y bañó la fachada barroca en un tono dorado. Se quitaron las mochilas y, como manda la tradición, se tumbaron en el suelo de piedra, mirando hacia el cielo de Santiago.
—Lo hemos hecho —susurró Marc—. El Primitivo nos ha devuelto la vida.
III. El Encuentro InesperadoMientras el grupo compartía ese momento de euforia silenciosa, una figura se separó de la multitud de peregrinos que abarrotaban la plaza. Al principio, Luis pensó que era otra alucinación de la fatiga, pero la silueta era inconfundible.
Era una mujer. Caminaba con una elegancia serena, vestida de blanco, con el mismo rostro que Luis había visto en las montañas de León un año atrás y en los acantilados de Muxía.
Clara.
Pero esta vez no estaba sola. A su lado, caminaba una mujer de cabello gris plata, con un aire de autoridad y bondad que llenaba el espacio. Al llegar frente a Luis, Clara sonrió.
—Te dije que el puente se tendía mirando al Este, Luis —dijo Clara, con su voz de campana de cristal—. Pero hoy veo que has entendido que el puente más necesario es el que se construye para que otros crucen.
Luis se puso en pie, atónito.
—Clara... ¿cómo es posible?
La mujer mayor que la acompañaba dio un paso al frente.
—Luis, soy la propietaria de la casona que encontraste en el Primitivo —dijo con una voz firme pero cálida—. Mi familia ha custodiado "A Casa do Río" durante generaciones, esperando a alguien que no quisiera comprarla por dinero, sino rehabilitarla por amor. Clara me habló de ti hace meses. Me dijo que un "Constructor de Puentes" regresaría al Primitivo para sanar la tierra.
Elena se acercó, reconociendo la conexión. La mujer se volvió hacia ella.
—Y tú, Elena, eres la semilla que esa casa necesita para florecer. La corteza de abedul que te dio mi hermano en el bosque es el antiguo título de propiedad espiritual del lugar.
IV. El Sello del DestinoEl grupo se quedó paralizado. Lo que parecía un azar del Camino era, en realidad, un plan tejido por hilos invisibles. La mujer entregó a Luis una llave de hierro forjado, pesada y antigua.
—No me pagues con oro, Luis. Págame manteniendo el fuego de la queimada encendido para cada peregrino que llegue roto. Esa es tu verdadera obra.
Clara se acercó a Luis y le dio un beso en la mejilla.
—Ahora el círculo está completo. El año pasado huías. Este año, has llegado a casa antes de entrar en la Catedral.
Antes de que Luis pudiera reaccionar, ambas mujeres se mezclaron entre la multitud que salía de la Misa del Peregrino y desaparecieron, dejando tras de sí un leve rastro a incienso y romero silvestre.
V. Epílogo: La Primera PiedraEsa tarde, sentados en un café frente a la Quintana, con la llave de hierro sobre la mesa, Luis abrió su cuaderno por última página de este segundo viaje.
"Santiago de Compostela. He terminado el Primitivo, pero mi verdadera peregrinación acaba de empezar. Clara me ha recordado que nada es casualidad. Tengo la llave de 'A Casa do Río' en mi mano. Marc se encargará de la logística desde Londres, Beatriz será los ojos del proyecto, y Elena... Elena será el corazón de la tierra. Ya no sueño con el Tíbet. Mañana mismo alquilaremos una furgoneta y volveremos a Melide. Hay una casona que limpiar, unos muros que levantar y miles de almas que esperan un refugio. El Constructor de Puentes ha encontrado, por fin, su cimiento."
Luis cerró el cuaderno, miró a Elena y supo que el Camino no era un sendero que se recorre, sino una vida que se construye, piedra a piedra, con la verdad por delante.