La luz del escenario todavía brillaba en mi cara, podía sentirla, pero había algo más, algo raro, algo que no debería estar allí. Un pitido, uno tan diferente... eso no debería estar allí, o tal vez era yo.Lo único que recordaba era cómo la gente se abalanzaba sobre mí en el escenario; había tantos gritos, llamadas, luces... eso en especial. No creí que fuera nada grave, hasta que desperté en un hospital, con un montón de cables enganchados a mí. Algo me pesaba, era muy fuerte, y lo sentía en la parte del pecho.Mi primer impulso fue arrancarme los cables conectados a mí, pero cada vez esa pesadez y ardor inundaban mi cuerpo un poco más. Fue en ese momento en que la sensatez no me abandonó, sino que decidió actuar, y levanté con cuidado la sábana para poder investigar mi cuerpo. Pero la acción fue interrumpida por un señor vestido con una gran bata blanca y una carpeta, lo cual deduje que sería mi médico.
—¿Cómo te encuentras, Elara? —preguntó este. Yo, sin entender nada, todavía shockeada y anonadada por lo que ocurría, no respondí.—Entiendo, no sabés qué pasó... es normal...
—¿Qué pasó? ¿Por qué estoy aquí? —lo interrumpí antes de que pudiera explicarme.
—Te desmayaste luego de que un reflector te golpeara en el pecho, haciéndote perder el equilibrio —dijo una voz familiar. Valerie Hotson, mi ex mejor amiga y compañera de teatro.
—¿Qué hacés aquí? —pregunté con enfado.
—¿No puede alguien preocuparse por ti? —dijo ella.
—Sí, pero vos no.
—¿Por qué, Ela?
—Ya sabrás tú, Valerie. ¿Por qué te interesa ahora?
—Siempre me preocupo por los demás.
—No, no lo hacés nunca. No será porque ahora conseguí todo aquello que alguna vez soñaste.
—Qué tonta eres—dijo con una risita y las mejillas en un tono rojizo.
—Bueno, basta ya —intervino una voz autoritaria—. Este no es horario de visitas —dijo el médico, impulsando a Valerie a largarse—. Así que, por favor, espere afuera —se dirigió a mi visita.Ella se encaminó a la salida y apuntó:
—Nos vemos luego, cariño.
Ojalá nunca más, zorra.
—Bueno, como ya sabés, sufriste un desmayo. Y no puedo decir que está todo bien, porque realmente no es verdad en su totalidad —en ese momento sentía como si todo fuese una pesadilla; quería dormirme y volver a despertar filmando alguna película, pero no... estaba en una cama de hospital.—Te explico: cuando el reflector cayó sobre vos, no provocó hemorragias ni convulsiones, pero al pegar en la zona de las costillas logró fracturar cuatro y fisurar dos. Obviamente podría haber sido peor, y sé que es horrible, pero realmente tuviste mucha suerte, pudo golpear mucho peor. Además, sufriste una contusión torácica, y eso, si bien formará moretones y te dificultará la respiración, con tiempo, reposo y analgésicos, se solucionará.
—Tiempo... eso es justo lo que no tengo. Mi obra se estrenará en una semana y hay un casting muy importante al que asistir.
—Lo siento, Elara, pero es mejor que te recuperes ahora, o llegará a extremos no controlables.
—Lo siento, pero de aquí me voy ya —dije, tratando de levantarme y arrancarme los cables, hasta que esa punzada volvió, aún más fuerte. Mi respiración se aceleró y el pecho dolía y ardía.
—Eso que sentís será peor si te vas ahora —dijo el médico, como si hubiera leído mi mente.
—¿Cuánto tendrá que ser? —pregunté con la respiración acelerada.
—En las costillas rotas puede variar entre seis y ocho semanas, mientras que las fisuradas tardarán de cuatro a seis, y la contusión entre dos y cuatro semanas. Podría establecer un total de alrededor de un mes y medio a dos —en ese momento mi mundo se paralizó. Fue horrible. El sentimiento de perder todo lo que conseguí... ¿y si eso no curaba? ¿Y si perdía todo? En ese momento no podía pensar en otra cosa. La ansiedad me carcomía, no podía ver más allá de las putas costillas. ¿Por qué tenía que pasar todo ahora, cuando lo había conseguido?
—Que no te carcoma la idea de lo que pasará —continuó—. Con reposo y analgésicos todo se irá, pero si te exigís de más, todo empeorará.
— Lo entiendo, pero no puedo estar aquí mucho más.
— Vamos, Elara, es lo mejor.
— No, no lo es. No debería estar acá. Sabés que todo esto es pura imaginación.
La sensatez volvió a abandonarme y empecé a sacarme los cables. Esta vez sí lo logré. Entonces el médico se acercó.
— ¡Aléjate! —alcancé a decir—. Esto es mentira. ¡Auch!
Lo vi presionar un botón. Después me di cuenta de que era para llamar a las enfermeras, que entraron junto a Gerard Corkson, mi manager.
— ¿Qué son esos gritos? —entró con la cara teñida de preocupación.
— Ayudame, Gerard... —alcancé a decir antes de que una enfermera me clavara una jeringa.
— Tranquila, Ela. Esto es peor para vos.
— No... peor es perder el tiempo aquí cuando podría estar en el escenario.
Entonces me tranquilizaron, me recostaron y mis ojos empezaron a cerrarse.