Lies In Oakridge

Capitulo 3

Me iban a trasladar. Todo con autorización de Gerard, ya que era una firma más. Pero no fue conmigo en la ambulancia, sino que con su auto. Se lamentó mucho, pero en ese caso no me importaba.

Me trasladarían y aprovecharía para, cuando él no estuviera, bueno... quién sabe, escapar. No lo notarían, de seguro. Otro plan no había.

—Tal vez puedo llamar a Logan y él llevaría el auto, mientras voy contigo.

—No hace falta, ya iré yo.

—Sí, pero a él no le importaría.

—No hace falta, Gerard. Dije que no, no eres mi padre.—no solía decir eso. Él era como uno, siempre lo quise como tal también. En parte era verdad, pero tenía derecho a esa etiqueta.

—Auch.—dijo mientras se agarraba el pecho—. Hazme un lugar porque me agarrará un paro cardíaco y me desplomaré sobre ti.

—Ni lo pienses, Gerard...—no pude terminar y él estaba arriba mío, o más o menos—. ¡Auch! Gerard, tengo las costillas rotas.—dije tratando de correrme mientras me las sujetaba.
—Es cierto, ¿qué hay de malo con una más? Total, tendrás tiempo de sobra. Podrás practicar muchas caras.
—Sí serás imbecil.
—¿Sabes?—dijo mientras se acomodaba en el espacio—, me hubiera encantado que fueras mi hermana, o hija, aunque no lo creas, porque eres increíble, Elara. En serio, podrás tener algunos defectos como todos, pero lo eres. Y quiero que sepas que no todo en tu vida es actuar. Porque al final serás famosa, pero no tendrás recuerdos porque no supiste vivir. Te diré algo para que lo recuerdes siempre: harás cosas inútiles y cosas tal vez no tanto, y estas tendrán consecuencias. Pero piensa esto: la vida no tiene sentido si no sabes vivir.

—Wow, ahora no solo eres manager, sino que filósofo.

—Jaja, si que eres chistosa.

Los mismos tres golpes de antes se escucharon nuevamente.

—Es hora.—anunció el médico.

—Vamos—me dijo Gerard, levantándose.

—Sabes, nunca te asigné un apodo.

—No lo necesito.—dijo con una sonrisa.

—Gerard, el drogadicto- el médico lo miró de reojo.

—Sí, Ela, droga es lo que tienes puesto.

—No, es mentira. Tengo uno mejor.

—¿Cuál?

—Cizzy.—luego de decirlo, sus ojos brillaron un poco—. Lo recuerdas, ¿cierto?

—Por supuesto.

—Ese día creí que nadie iría a mi primer obra, tú sí. Siempre irías, no me dejarías, pero ese día llegué a pensar lo contrario. Luego te vi entrar y mis emociones dentro eran muchas. Ese día me di cuenta de lo mucho que darías por mí y lo mal que me porto cuando tratas de ayudar. Te quiero, en verdad lo hago, y sé que no lo digo, pero es en serio. Te necesito, Gerard, eres como mi vida. Siempre estuviste ahí, hasta cuando no te necesitaba, o tal vez sí, pero no lo logré distinguir. Y yo nunca lo hice por ti. Perdóname.—bajé la cabeza para mirar mis manos antes de que las lágrimas invadieran mi piel.

—¿Sabes algo? Hiciste mucho por mí, Ela, más de lo que puedas imaginar. Tú me salvaste de muchas cosas, pasé días hermosos a tu lado. Y si algún día tal vez no me necesitabas, yo sí a ti. Y ese día, el día de tu obra, no podía estar peor, mi mundo se vino abajo. Pero sabía que había alguien que no podía unirse a él: una sonrisa, una muy grande, que me niego a aceptar que un día desaparezca. No quería defraudarte, así que fui con un gran cartel hecho en muy poco tiempo. Y te vi. Si bien tu expresión era triste, cambió cuando me viste, y la mía junto con la tuya. Luego bajaste, corriste hacia mí y lo primero que susurraste fue "CIZZY". Yo te miré extraño.—hizo una pausa para sonreír—. Y me di cuenta de que hablabas del cartel, me había equivocado, no era ese nombre. Y en vez de ponerte mal, por fallarte en tu obra, tú estallaste en carcajadas, y fue ahí que yo me di cuenta de que te necesitaba y tú a mí igual. Eres como mi hermanita.- junto con eso, me sacudió el pelo.

—No, no lo soy.—sonreí—. Yo soy tu HERMANITA.

Se acercó y me abrazó, depositó un beso en mi frente y siguió.

—Puede que a veces sea medio pesado.

—¿Medio?

—Ese no es el punto—dijo riendo y pegándome levemente en el cachete—. Solo es difícil ver a la gente que amas sufriendo o simplemente creciendo, no lo sé. El sentimiento de perderlos. De perderte.

—No lo harás, Ciz.

—Te quiero, Ela.

—Y yo a ti, Ger. Deberíamos tener pulseras compartidas, ¿hermandad?

—Mhh, pero primero necesito un apodo para ti.—hizo una pausa—. Elara, la chica con costillas rotas

—Ey, con eso no.—solté una risa.

—Sí, lo sé, perdón. Pero no se me ocurre nada.

—A mí menos.

—Sirio.

—¿Por qué?—me reí.

—Porque es la estrella más brillante.

—Como si brillara.—dije señalando mi cuerpo.

—Siempre lo haces y lo harás. Una estrella brilla, pero tuvo que pasar por un proceso para llegar a ese brillo inminente

Iba a llorar. Por suerte el médico nos interrumpió

—¿Listos?—pregunt nuevamente, junto con otros dos que tenían otro uniforme.

—Listos.—dijo Gerard mientras agarraba mi mano y me echaba una mirada fugaz.

Creo que ahora sí quería que él fuera conmigo, pero era demasiado tarde. Nunca vi esa parte de Gerard, o muy poco. Hace mucho que no teníamos tiempo de calidad. Siempre todo era por trabajo, ya no era la vida. Creo que él tenía razón. ¿Para qué la vida si no sabes vivir? Nunca lo cuestioné. Pero si me ponía a pensar, era en serio: nunca salía con amigos, leía algún libro, tenía un compromiso con alguien. Nada. Solo guiones, escenarios, vestuarios, audiciones y aplausos. Esos aplausos ciegan. Y a mí me lo hicieron de más. Esa era mi obra y no asistiría, pero ¿y si Gerard tenía razón y debería descansar?

Eso no se fue de mi cabeza por un rato




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.