Lies In Oakridge

Capitulo 8

Cuando volvimos, esperé cada día ansiosamente para saber si había quedado o no. Iba a tardar un poco, no sé por qué no lo pensé antes. Pero después de dos semanas llegó un mail, y ahora estaba esperando a que Gerard regresara.

Ahora él vive conmigo. No sé muy bien cómo es todo lo legal, pero siempre tuvo su espacio. A veces viene su familia y la mía y nos ayudan. Lamentablemente yo no pude despedirme de los míos. Cada vez que puedo voy al cementerio, les dejo alguna flor y les dedico unas palabras. Duele, porque son mis padres, pero hay un mini vacío que no se llena con lágrimas. No lo sé... no los siento.

La cerradura sonó y, como loca, me levanté para abrir la puerta.

—Oh... —no pudo continuar, porque lo arrastré hacia adentro.
—Vamos —moví las manos para que se moviera—. ¿Qué esperas? ¿Tanto ibas a tardar? Estoy muriendo.
—Ok, vamos. Rápido.
—La computadora está abierta en el mail. Estoy nerviosa.
—Sí, yo igual.
—¿No se supone que debes calmarme?
—No, ni yo puedo.
—Ok... ¿lo abro?
—Pues claro, amor.
—Ay, estoy nerviosa —me tapé la cara—. No quiero.
—Vamos, si no lo hago yo.
—No.
—Entonces dale.
—Ok, pero lo ves tú.

Hice clic en el mail, bajé un poco y...

—¡SÍIIII, quedé!

—¡SÍ! ¡ESO ES!

Estuvimos festejando un buen rato. Feliz porque quedé. Esto iba a ser increíble.
Mi sueño se volvió realidad. El de mis padres también. No los defraudé. Estarían felices. Esto era el inicio y, luego de todo, sería más que feliz. Todo sería perfecto. Porque luego de cumplir nuestro sueño, podría vivir, no solo respirar.

—¿Cuándo nos vamos?
—No lo sé.
—Fíjate.
—Voy.

Cuando revisé, decía que nos mandarían los pasajes para Banff, el 5 de diciembre. O sea... ¿qué? ¿Mañana? ¿Por qué son así?

—Dice que mañana.
—¿Qué?
—Sí.
—No puede ser —se acercó y leyó—. Pero ¿qué? ¿Por qué? Llegó hoy.
—No lo sé. Tal vez porque se retrasaron.
—Ah, sí, puede ser. BUENO, haz el equipaje que nos vamos a Banff.

Y eso fue lo que hice. La verdad no sabía qué llevar, así que metí algunas cosas. Me fijé el clima y decía que hacía mucho más frío que aquí. Metí camperas, remeras térmicas, calzas gruesas y algunos pantalones. Luego compraría más allá. Esto es solo para empezar y tener algo, además tenía poco tiempo.

Gerard me compraría ya en Canadá

Dos veces en el aeropuerto en menos de un mes.

Como no había pasado tanto tiempo, repetí lo mismo: dos súper chocolatadas, dos libros descargados y mis playlists listas para el avión. El vuelo era más cómodo; tanto que dormí 7 de las 9 horas y media. No sé si por los asientos o por la seguridad de que me habían aceptado.

Ya los nervios no me consumían.

Cuando llegamos al aeropuerto de Calgary, Canadá, nos esperaba un auto que nos llevaría a Banff, donde se grabaría gran parte de la película, o al menos la mayoría. (Según lo que sé. No me contaron mucho, la verdad).

Nunca había venido a Canadá.
Casi siempre iba a un país más abajo, a Estados Unidos. Si lo hacía, era Miami o California, cuando hace calor. No soy fanática del invierno.

Entonces estar acá, con grados bajo cero, no estaba acostumbrada a esto. No sabía cómo iba a sobrevivir ni con qué ropa. La necesitaba urgente. No sabía que haría tanto frío y tampoco tuve tiempo de empacar más.

Y tal vez un poco de karma, por querer que Gerard gaste dinero.

Además estaba rezando por no tener que fingir que fuera verano en algunas escenas, porque si no, daba por seguro que terminaría como Jack en Titanic (respeto hacia él, odio hacia Rose; ambos entraban, déjenme ser feliz).

Pero cuando vi los montoncitos de nieve y las decoraciones navideñas en el aeropuerto y afuera, se vio tan lindo. Que el frío era lo de menos, de hecho le daba una vibra más bonita.Más allá de que ya había visto nieve, estar en este lugar se sentía distinto.

Y cuando íbamos camino a Banff había tantas cosas lindas para ver que casi no alcanzaba a mirar todo. En ese momento tomé una nota mental: antes de volver a Francia, debía hacer la ruta con tiempo y fotografiar cada lugar y paisaje posible.

Cuando llegamos a Banff, parecía muy acogedor. Era como un pueblo-familia. Olía a tardes juntos, a chocolate caliente con canela y a rollitos dulces recién hechos. La gente estaba abrigada, pero con una sonrisa gigante en la cara, y mejillas sonrosadas no solo por el frío.
Tiendas que vendían recuerdos —que seguro me llevaría varios—, niños y padres mirando hacia la montaña donde muchos esquiaban, amigos pasando la tarde juntos.

Parecía un hogar gigantesco y lleno de amor. Y la nieve cayendo suavemente le daba un toque aún más perfecto, como de postal.

No lo sé... Tal vez por tanto tiempo en el mismo lugar, o centrándome en cosas que no eran tan importantes, perdí la oportunidad de disfrutar cosas así, como paseos, risas por las tardes, una chocolatada caliente (en este país debía estar hirviendo), charlas o cualquier cosa que no fuera lo mismo de siempre.

No me permití ser quien realmente soy, porque me acostumbré a ajustar los detalles de la vida de gente que solo existe en un guion, en vez de vivir cada detalle de la mía.

La casa no estaba en el centro, sino un poco más atrás. Era estilo cabaña, con chimenea a leña, la televisión sobre ella y enfrente un gran sofá. Seguía el comedor y una cocina ambientada al estilo pueblo pero moderno. Del otro lado de la sala había una escalera de la que colgaban lucecitas. Debajo, un baño y un sauna. Arriba se encontraban dos dormitorios, ambos con baño. También había otra sala más pequeña y una oficina para lo que quisiéramos.

Afuera había un gran patio con un porche techado, sofás, una mesita y luces colgantes. Todo muy acogedor. Incluso tenía calefacción exterior. Había una pileta —sí, raro—. Espero que en verano (si es que existe) haga calor, porque si no, no entiendo qué hace ahí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.