𝕿𝖍𝖊𝖔
Mientras todos entraban a la clase de economía, hablaba con mi amigo Blake, al fondo de la clase, sobre lo mal que se nos daba esta materia y cómo, a pesar de odiar la otra clase que continuaba, preferíamos que esta terminara.
Era un horror nuestro profesor; no se le daba bien tratar con niños, mejor nada para eso. Además, explicaba peor que un crío de 5 años y nos odiaba a todos por no prestar atención a su explicación de mierda. No estaba capacitado y no entiendo cómo nuestro director, Rossi, no decía nada.
Seguramente era porque nadie quería dar esa materia en la vida, a excepción de unos frikis nerd que se sentaban hasta delante para sobar la media del profe.
—Esta clase un lunes por la mañana es peor que cualquier cosa.- Me dijo Blake.
Entonces, como un tic, giré la cabeza y me fui enderezando, y las palabras de Blake se fueron convirtiendo en un zumbido cuando la rubia del otro día apareció por la puerta con el uniforme escolar, que, a decir verdad, le pintaba espectacular. Sin mirar en un punto específico, fue directo a sentarse a un asiento de la fila del laterar; parecía que no le importara nada. Sacó su celular y empezó a textear con alguien, tal vez una amiga o sus padres. Y luego sacó sus audífonos y se puso uno en cada oreja.
Que la clase dure lo que necesite.
Blake me sacudió del brazo y me sacó de mi trance con la rubia.
—Theo, ¿me escuchaste?
—¿Qué? Perdón, no —traté de disimular, ya que no sabía si logró verme o no—. Estoy muy cansado, tuve un fin de semana alocado, entrenando todos los días y dando clase a revoltosos niños, y hoy, para mejorar el día...
—Está ella.
—¿Qué?
—Así que ¿ella?
—No sé de qué hablas.- le pegue el dedo con que la señalaba-. Y no hagas eso, es de mala educación.
—Lo que digas, no me importa. ¿Que escuchara? De seguro que jacob la reta.
Me giré a verla.
Como si no lo hubieras hecho.
—Está muy sola.
Y eso llevó un mensaje a mi cerebro y creo que un par de neuronas, o lo que sea que tenga, se unió y se me prendió una lucecita.
Hice caso omiso a lo que mi amigo decía sobre la chica, porque mi cabeza solo circuló alrededor de una palabra: SOLA. Se centró en sola.
—¿Qué piensas?
—Nada —mi sonrisa empezó a formarse, pensando en si debía ir a hablar con ella y ayudarla a evital un castigo, y con eso lo que se acababa de formar en mi rostro, desapareció. Era nueva y estaba sola, pero no la conocía. No sabía si debía ir y hablar.
—No —negó él.
—¿Qué?
—No, no irás.
—Tú dijiste que lo hiciera. Aparte, hay que ser buenos en la vida, ¿cierto?
—No lo hice. Sí, y por eso serás bueno conmigo.
—Lo siento, te quiero —dije mientras me levantaba y me apresuraba, ya que nuestro profesor llegaría en cualquier momento y no quería que me retuviera y perder ese intento con ella. Entonces vi cómo entró y me apresuré a decir—: Haz silencio, que a jacob no le gusta que interrumpan su clase.
Oí cómo murmuraba insultos ofensivos hacia mi persona, lo que provocó que una media sonrisa se escapase de mis labios.
—¿Te acuerdas de que no confias en nadie?
Tiene razon, no lo hago. Pero en el lo hice, porque no podria con ella.
Me tomo su tiempo, si. pero ella se veia diferente
—Te mataré —y luego se calló.
Caminé unos pasos hasta el lugar de la rubia y dejé caer la mochila al piso y luego yo a la silla. Era un poco estrecho el espacio, pero me pude ubicar bien, aunque apretado. Obviamente me gané una mirada de la chica, aunque no fue muy amigable. Creo que no tenía muchas ganas de que me sentara a su lado, o de que estuviera allí simplemente (de verme).
—Deberías quitártelos —le dije mirando hacia adelante, apoyando mi mejilla en los nudillos, donde el profesor hablaba al mismo tiempo que anotaba en el pizarrón y nadie tenía la intención de escuchar. Ahora que pienso, no sé si me escucha o si me ignora.
Pero luego se los sacó y los guardó en el estuche y supe que era mi momento de socializar, algo que me aterra un poco. No soy mucho de eso, por lo menos ya no lo era.
—Eres nueva, ¿cierto?
-- me has visto alguna vez?
¡Buah! Que caracter, aunque decidi irgnorarlo.
—¿Y te llamas? —se giró y me vio a los ojos, con los suyos verdosos pero con un poco de marrón, no sin antes recorrer mi rostro.
—¿Acaso importa? —arqueó una ceja.
—¿Crees que lo preguntara si no fuera así? —me acerqué un poco.
—No me importa, ¿sabes? ¿Podrías hacer silencio? Trato de concentrarme —dijo apuntando a la pizarra y girando, apoyando la espalda en el respaldo de la silla.
—Tranquila, no te pierdes de nada. Así que...
—¿Así que qué?
—¿Te llamas?
—Ay Dios, ¿siempre eres así de interrogador con la gente en quien no tienes confianza?
—No confío en nadie, así que sí. ¿Me lo dirás o lo tendré que averiguar?
—¿Te callarás?
—Puede.
—Elara.
—Elara —empatizé—. Es bonito —asentía con movimientos de arriba abajo.
—Pero...
—Raro.
—Qué directo.
—No preguntarás.
Se giró, con confusión, y arrugó el entrecejo.
—¿Qué?
—Mi nombre.
—Oh sí, casi lo olvido —volvió a centrar la atención en mí—. Tu nombre me importa cero.
—Qué agradable.
—Me lo dicen seguido —sonrió falsamente.
—¿Tus amigos?
—Todo el mundo —enfatizó.
—Te mienten. Asegúrate de que lo digan en serio y no con sarcasmo.
—Lo haré —me dedicó la sonrisa más falsa que alguna vez vi—. Mira —se giró imitando mi pose de los nudillos—. No tengo intención de hablar con nadie y contigo menos.
—¿Por qué? —fruncí el entrecejo, aunque ella no me viera más, porque no entendí por qué.
—Porque ni siquiera quiero estar aquí. Solo quiero concentrarme en la clase. Que este día termine e irme. Así que hazme el favor y cállate.
—De esa manera me deberás uno —me miró confundida— y no creo que quieras.
—¿De qué hablas?
—Me pediste un favor.
—Ay solo cállate, por favor. No quiero escucharte, solo vine aquí a la clase.
—Créeme, no te servirá de mucho.
—Mientras no tenga que escuchar tu voz —me giré hacia adelante por instinto y vi al profesor con su mirada clavada en nosotros—, todo va a ser mejor.