Lies In Oakridge

Capitulo 11

Ese imbécil del pasillo.

Por su culpa me di cuenta que era mejor perderse por los pasillos.

Bueno, me arruinó no solo la mañana, sino todo el día.

Por culpa suya y de sus dibujos, deberíamos ir al aula de castigo. Y eso no me agradaba para nada. Cuando nos fuimos de ahí, caminé lo más rápido posible para no tener que hablarle.

Después volví con el director, para ver si podíamos hacer algo, ya que él conoce al director Hunter y sabe que trabajo para él. Pero solo me dijo que no contribuye en nada, que es para tomar conciencia entre los jóvenes, que sería contado como una llamada de atención, un castigo, no algo mayor. O sea, que no tenía importancia afuera… pero para Theodor y para mí sí.

Además, yo no estaría grabando y le diría a Hunter que eso nunca pasó.

Pero reitero: para mí sí era una complicación.

Ni siquiera sé por qué intenté ayudarlo. Porque gracias a eso fue parte del castigo. Enojada conmigo misma y con el chico del pasillo, que ahora tiene nombre: Theodor.

Y como si fuera poco, cuando estaba yendo a detención, siguiendo las indicaciones de Flynn —porque no podía no ir, tampoco me gustaba no llegar a un lugar al que me asignaron, por mal que fuera— yo sabía que no hice nada, así que tenía la mente limpia, pero según Jacob, las manos sucias. Qué maldito ese profesor.

Me perdí.

Sí, sé que tenía las indicaciones en un papel, pero cuando hice todo, me perdí. Tal vez me equivoqué con el papel o tomé otro pasillo. Seguramente me distraje con algo… o cuando “Sad Girl” de Lana Del Rey empezó a sonar y no pude evitar tararearla y cantar al ritmo de la musica.

No sabía qué hacer. Creí que lo más obvio era volver sobre mis pasos, pero no tenía rastro de dónde vine. Porque tenía la cabeza en los sucesos día, los ojos en la hoja y los oídos en la música.

Yo dije que me iba a perder. No esperaba que fuera literal.

Por más estúpida que fuera la idea, decidí volver por donde creí venir. Y empezar el camino otra vez. O preguntarle a alguien... lo cual deseche, ya que no que no quedaba mucha gente.

Me di la vuelta, aún con el mapa en la mano y la cabeza gacha para mirarlo. Pero cuando empecé a caminar, no tardé mucho en frenarme.

O que algo me frenara.

Mejor dicho, alguien.

Levanté la cabeza y ahí estaba.

Genial. Lo que me faltaba. No lo quería ver más.

Iba tan tranquilo, escuchando música también y con las manos en los bolsillos.

Me alejé al instante y me agaché para agarrar las instrucciones.

Él se rió.

¿Qué le pasa?

No es mi amigo. Tampoco quiero que lo sea.

Cuando me levanté y moví la cabeza para acomodarme el pelo, lo fulminé con la mirada.

¿Iba al castigo? ¿O no tenía ni la mínima idea de hacerlo?

Porque si sí, estaba yendo bien. Y si no, no lo iba a saber nunca. Y perdería tiempo. Además, probablemente llegaría tarde y el castigo sería peor.

Decidí seguir lo que empecé e ignorar la idea de preguntarle.

Él seguía quieto. Así que lo rodeé, pero lo mismo que antes hizo que me frenara. nuevamente.

Me agarró por la muñeca para que no me fuera.

Se giró hacia mí, me soltó y se sacó un auricular.

Para preguntarme:

—¿Vas al aula de castigo?

Como era más alto, era obvio que debía levantar la cabeza para mirarlo. Pero al estar un poco lejos de él, la diferencia fue mínima. Me saqué un auricular para escucharlo.

—¿Tengo otra opcion?

Debo admitir que se veía un poco frustrado y enojado.

—Si quieres, puedes irte.

—¿Para qué? ¿Un castigo mayor? Mira, no sé cómo funciona todo aquí, pero seguro es así.

—Sí, puede ser.

—¿Qué cosa?

—Un castigo mayor.

—No lo sé y tampoco quiero saberlo, así que voy a ir a esa aula.

Empecé a caminar en sentido contrario. Cuando estaba volviendo a poner mi auricular, dijo a mis espaldas:

—No es por ahí.

Me di vuelta para mirarlo. Él ya estaba girado hacia mí.

—¿Es por allá? —señalé el pasillo por el que iba anteriormente.

Asintió, aún con las manos en los bolsillos.

Sentí una emoción rara: tenía razón y no me había perdido. Bueno, un poco sí. Pero no llegaría tarde y tampoco tendría un castigo peor.

Así que festejé.

—¡Sí! —caminé hacia él—. Yo iba por ahí.

—Sí. Y por eso te ibas en sentido contrario.

—Fue un desliz.

—Si, claro.

Empecé a caminar y él me siguió, hasta quedar a mi lado.

—¿Por qué dijiste que fuiste tú?

—¿Qué?

—Con el señor Hunter.

—Ah, sí. No lo sé.

—¿No lo sabes?

—No.

Me giré para mirarlo sin dejar de caminar y encontré su mirada fija en mí.

—¿Y tú por qué lo hiciste?

—Porque sí fui yo.

—Sí, es cierto. Te debía un favor. Listo.

—Ni siquiera hice lo que me pediste.

En cierta parte creo que sí lo hizo, pero me da igual.

—Ah, entonces qué mal. Me debes un favor.

Resopló.

—¿Qué quieres?

—Si algún día lo necesito, te avisaré.

Se frenó y me señaló que allí era el aula.

Antes de entrar, le mandé un mensaje rápido a Gerard, ya que el celular lo debía dejar. Me saqué el otro auricular para guardarlo.

Vi que él también sacó su teléfono e hizo lo mismo.

No había nadie más que una profesora y otros dos chicos.

Él abrió la puerta y me dejó pasar primero. Luego la cerró detrás de él.

La profesora nos hizo firmar un papel y nos indicó algunas reglas.

Tuvimos que dejar los celulares, auriculares o cualquier cosa tecnológica o juego.

Theo se sentó hasta el fondo. Yo me senté uno más adelante que él.

Nos trajeron un papel en el que debíamos reflexionar sobre lo que hicimos y entregarlo antes de que la hora termine.

Y luego quedarnos en silencio.

Obviamente, parecía que eso no le gustaba a mi compañero de clase. Entonces, cuando ambos entregamos nuestra hoja, él se apoyó contra la pared. Yo estaba lista para recostarme sobre mis brazos cuando empezó a tirar de uno de mis mechones.




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