Liga Del Asfalto: Hijos Del Mañana - Libro 1

Capitulo 7

 

DESPUÉS DE LA MÚSICA

 

El lugar vibraba con el ruido de los motores, los espectadores quedaron hipnotizados ante la mezcla de peligro y velocidad, por esos minutos las calles eran más parecidas a un Circo Romano donde se jugaba el honor y la gloria de los presentes. Muchos hombres competirían, pero únicamente uno atravesaría la meta.

 

El poder de aceleración de la mayoría de las bestias metálicas que competían en la Liga era más que sorprendente. Casi todas tenían modificaciones preparadas minuciosamente por mecánicos exclusivos, las modificaciones tenían un mismo fin: Hacer que la moto fuera más óptima en competencias callejeras. La Perfección puede manifestarse en diferentes formas, pero esa noche, estaba representada sobre dos ruedas.

 

Al principio, la ventaja era de Nómada. Rápido como el rayo, ágil como una pantera, pasó a sus rivales con relativa facilidad, al igual que a los pocos autos que se atravesaban. Lázaro quedó por un momento en tercer lugar, cosa que no le gustaba nada. «Creí tener la carrera ganada hasta que llegó ese idiota. Si no me muevo perderé». Trató de colocarse en mejor posición.

 

En ese instante, salía por una esquina un automóvil que llevaba a un hombre y a su acompañante. No hacía mucho que se habían conocido. La hermosa mujer había caído ante sus encantos (¿o fue por el modelo de su auto?).

 

Sea como fuera, el automóvil se había atravesado en el camino de las motos. Los pilotos lograron evadirlo, excepto uno que, por estupidez, se estrelló contra el vehículo. Había disminuido la velocidad, pero el resultado era inevitable. Su cuerpo salió volando hasta el pavimento. No obstante, contaba con suerte: la caída sólo le produjo algunos dolorosos raspones. Siguió en el suelo unos segundos y se levantó. El conductor del auto estaba tan impresionado por el choque que tomó su G-Com y llamó a la policía. El piloto huyó rápidamente del lugar.

 

La escena fue vista en directo por mucha gente en distintos lugares. Los fanáticos deliraron con el choque, como si estuvieran viendo un partido de béisbol o fútbol.

 

En la primera curva para ir a la calle paralela a la que transitaban, el último piloto dio alcance al antepenúltimo. Se dijeron algunas groserías y al pasar la curva estiraron las piernas para golpearse. El público tuvo otra razón para delirar al ver a los pilotos golpearse sin piedad. Uno de ellos tocó un botón en su máquina y, de un compartimiento secreto, sacó un cuchillo con el esperaba causar una herida profunda a su rival. Su plan fue truncado cuando el otro piloto, ni tonto ni perezoso, usó su pie con destreza para sacar de balance al portador del arma blanca. La acción de la caída fue grabada por las cámaras de otro de los ayudantes del banquero.

 

Los pilotos restantes tomaron la segunda curva para llegar al semáforo de partida. Más autos se encontraban en el camino, y esta vez ninguno se estrelló, aunque algunos pasaron tan cerca que rasparon el exterior de uno de los automóviles. Uno de sus ocupantes vociferó toda clase de maldiciones existentes.

 

La primera vuelta les sirvió para pavonearse. Ya era la hora de descubrir en verdad quién conducía en serio y quién no.

 

En ese punto de la competencia, el motor jugaba un papel indispensable: el árbol de levas, pieza fundamental de la máquina, debía ser sustituido por otro que poseyera las mismas aberturas de válvulas que se usaban en las motos del mundial de superbike hace ya muchos años. Si uno esperaba competir como un profesional sin una modificación semejante, estaba perdiendo su tiempo y su dinero.

 

Los pilotos pasaron el semáforo para dar comienzo a la segunda vuelta. En la primera curva, Lázaro intentó una maniobra para pasar al segundo lugar. Entró muy cerrado por la derecha y su contrario no pudo impedirlo, luego aceleró más y aseguró el segundo lugar, presto para ir a la caza de Nómada. Los fanáticos y espectadores quedaron embriagados con la adrenalina, pues sabían que esa maniobra de Peregrino podía haberle hecho estrellarse o caer si no medía las distancias con cuidado.

 

Lázaro sentía el viento en su rostro en aquella madrugada. No le gustaba usar casco, por lo que prefería llevar sus lentes de piloto. Le gustaba sentir la brisa en su rostro, esa sensación única y efímera de libertad; era su adicción, aunque significara coquetear con la muerte para conseguir una dosis de esa sensación. «Está bien, repasemos —reflexionó—. Aquel sujeto, para eliminar peso y obtener mayor velocidad de inercia, rebajó como 1,5 kilogramos al cigüeñal. Creo que es un viejo alternador modelo XBR-600, más pequeño y liviano que el de la 900. Aquel otro tipo seguramente instaló cuatro carburadores japoneses que deben optimizar el rendimiento. Pero Damián ha mejorado y eso no se logra en dos días, al menos es mejor que su estúpido hermano menor».

 

Los pilotos llegaron al semáforo para dar la última vuelta. Lázaro vio a Nómada esquivar a algunos autos que iban apareciendo. «Damián se volvió muy bueno o tiene mucha suerte».




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.