Light After the Storm

The Fear of Light

Capítulo 2 — El Miedo a la Luz

¿Qué era la luz?

Los humanos la llamaban energía. Algo visible para los ojos. Algo cálido. El símbolo de la esperanza, de la fe, de la salvación.

Pero en ese momento, para Jean, la luz era lo último que deseaba ver.

Solo existía la oscuridad.

No había suelo. No había cielo. No había cuerpo. Y aun así, Jean seguía pensando, lo cual le parecía injusto de una manera que no sabía cómo nombrar.

¿Esto es la muerte…?

La pregunta apareció lentamente en medio de aquella nada infinita.

¿O simplemente dejaré de existir en algún momento?

No hubo respuesta. Solo silencio. Un silencio tan profundo que parecía tragarse incluso sus pensamientos antes de que pudieran terminar de formarse.

Todavía recordaba lo ocurrido. Las trompetas. El cielo rompiéndose. Las bolas de fuego. La ropa de su madre tirada sobre el suelo, arrugada como si la persona que la llevaba puesta simplemente hubiera dejado de estar.

Y aquella luz. Especialmente aquella luz.

No entendía por qué seguía consciente. Ni siquiera sabía si podía llamar "mente" a lo que quedaba de él. Pero el miedo seguía allí, intacto, como si fuera lo único que no podía perder.

Entonces la luz apareció nuevamente.

Lejana al principio. Pequeña. Pero comenzó a crecer de manera lenta e inevitable, como una marea que no distingue entre lo que quiere ahogarse y lo que no. Jean quiso cerrar los ojos. Quiso apartarse. Quiso despertar. Pero no sentía que tuviera ojos. No sentía que tuviera nada.

Y justo cuando la luz terminó envolviendo todo su ser…

Jean despertó.

Lo primero que notó fue el frío.

Un frío extraño, imposible de clasificar. Frío y cálido al mismo tiempo, como estar rodeado de nieve mientras algo tibio le acariciaba lentamente la piel desde adentro. No dolía. Era, en cierta forma, reconfortante.

Pero debajo de esa sensación había algo más: una picazón constante, una incomodidad que recorría su cuerpo entero sin detenerse en ningún punto específico, como si cada parte de él estuviera siendo tocada por algo que no debería estar ahí.

Jean permaneció inmóvil.

Poco a poco comenzó a percibir otras cosas. El viento rozando su piel. La humedad del suelo debajo de él. El frío de la tierra filtrándose desde abajo.

Podía sentir.

Estoy… vivo.

La idea lo golpeó de inmediato, pero no trajo alivio. Porque algo no estaba bien. Nada se sentía correcto. Su propio cuerpo le parecía ajeno, como una ropa que no era de su talla y que alguien le había puesto mientras dormía.

—¿Qué… es esto…?

Su voz sonó débil. Extraña. Incluso eso le dio miedo.

No abrió los ojos todavía. Tenía miedo de lo que encontraría. Así que permaneció quieto, escuchando el viento, intentando convencerse de que había una explicación razonable para todo esto, de que en cualquier momento algo dentro de su cabeza haría clic y todo volvería a tener sentido.

Entonces una brisa suave atravesó lentamente su piel.

Y fue extraño, porque el viento se sentía diferente aquí. Más vivo. Más real. Como si tuviera textura, como si el aire mismo fuera algo que podía sostenerse entre los dedos. Jean sintió cómo su cuerpo reaccionaba involuntariamente, relajándose apenas, dejándose llevar por aquella sensación durante un segundo.

Pero solo un segundo.

Porque los recuerdos regresaron.

Su casa. El cielo. Su madre. La destrucción. La ropa vacía sobre el suelo.

—Yo… debo ir a buscarla…

El silencio no respondió.

Jean abrió lentamente los ojos.

Y el mundo dejó de tener sentido.

Lo primero que lo golpeó no fue lo que veía, sino cómo lo veía.

Su campo de visión era absurdo. Demasiado amplio, demasiado abierto, como si sus ojos abarcaran casi todo el espacio a su alrededor al mismo tiempo sin que pudiera controlar hacia dónde enfocarse. Los colores eran incorrectos: azules profundos, verdes oscuros, sombras que se movían de formas que no reconocía. Era como intentar leer con los ojos de otra persona.

Árboles gigantescos se elevaban frente a él. La tierra húmeda se extendía bajo su cuerpo mientras enormes sombras cubrían el bosque en todas direcciones.

Entonces notó las manchas oscuras.

Dos formas que aparecían constantemente frente a él, moviéndose, subiendo, bajando, siempre en el borde de su visión. Jean intentó enfocarse en ellas.

El dolor fue inmediato.

Un golpe punzante atravesó su cabeza y los sonidos, los colores y las imágenes entraron todos al mismo tiempo, violentamente, como si alguien hubiera abierto todas las ventanas de un edificio a la vez. Jean cayó sobre la tierra húmeda intentando recuperar el aire. Sentía náuseas. Mareos. Una sensación de que algo en su interior no estaba preparado para procesar lo que sus sentidos le estaban enviando, como si cerebro y cuerpo pertenecieran a especies distintas y todavía no hubieran aprendido a comunicarse.

No… no… no…

Cerró los ojos. Intentó calmarse. No podía quedarse así, paralizado en el suelo de un bosque desconocido, pero tampoco podía seguir mirando sin que la cabeza le estallara.

Su mente comenzó a llenarse de preguntas a pesar de todo.

Había muerto. Eso era imposible de negar. Recordaba claramente el peso de la casa derrumbándose sobre él, el vacío después. Entonces, ¿por qué seguía consciente? ¿Por qué seguía siendo?

La palabra apareció lentamente.

Reencarnación.

Recordaba haber leído historias sobre eso. Novelas. Fantasía. Personas muriendo y despertando en otros mundos con poderes y misiones y propósitos grandiosos. Pero aquello no se sentía como fantasía. Aquello se sentía como algo para lo que no existía un nombre cómodo. Las trompetas. Las figuras en el cielo. La luz que no había podido evitar. Todo era demasiado bíblico para ser una historia inventada por alguien que quería entretenerse.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 24.05.2026

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