Light After the Storm

Rabbit

Capítulo 4 — Conejo

Los conejos eran criaturas débiles.

Pequeñas. Asustadizas. Vivían huyendo. Sus patas existían para correr, sus oídos para detectar peligro, sus corazones para acelerarse ante cualquier ruido extraño.

Y aun así, muchos humanos los encontraban adorables.

Su carne tenía buen sabor. Su piel era suave. Y atraparlos rara vez resultaba complicado.

En la cadena alimenticia, los conejos existían para ser perseguidos. Para ser cazados. Para morir.

Nadie querría vivir como uno.

Nadie.

Jean observó lentamente el lugar donde había terminado. O al menos lo intentó.

Su visión seguía siendo confusa, limitada a extraños tonos verdosos y azulados, pero poco a poco comenzaba a distinguir mejor las formas. El sitio parecía una especie de mercado: personas caminando de un lado a otro cargando cajas, herramientas, animales y objetos que no reconocía. Algunos compraban. Otros discutían. Otros simplemente observaban con la expresión de quien lleva demasiado tiempo en el mismo lugar.

El ambiente recordaba vagamente a los pueblos medievales que Jean había visto alguna vez en videojuegos o ilustraciones antiguas. Pero aquello no tenía nada de la comodidad de esas imágenes. Se sentía incómodo. Hostil. Como si algo invisible estuviera constantemente observando desde algún rincón sin molestarse en esconderse del todo.

Y las personas daban miedo.

No sabía explicar por qué. Incluso aquellas que parecían tranquilas tenían algo en su presencia que activaba en él un impulso inmediato de esconderse, de hacerse pequeño, de no ser visto. Tal vez era el cuerpo. Tal vez era algo más antiguo que eso.

El hombre que lo había atrapado lo mostró frente a otro sujeto, una silueta grande que se inclinó hacia él con la indiferencia de alguien evaluando mercancía.

Jean apenas logró distinguir las jaulas detrás de aquel hombre. Muchísimas, apiladas y oxidadas, algunas conteniendo animales que reconocía y otras criaturas que no. Formas extrañas moviéndose entre los barrotes. Ojos demasiado grandes. Extremidades que no correspondían a ningún animal que hubiera visto en su vida.

Su respiración se aceleró.

Intentó forcejear. Sus pequeñas patas se movieron desesperadamente, inútilmente, contra aquella mano gigantesca que lo sostenía como si no pesara nada, porque probablemente no pesaba nada. No tenía ningún plan para después de escapar. No sabía a dónde iría ni cómo sobreviviría. Pero algo en él insistía en que debía intentarlo de todas formas.

Los hombres intercambiaron algunas palabras en aquel idioma que Jean todavía no entendía, luego abrieron una pequeña jaula metálica y lo lanzaron dentro sin más ceremonia.

El impacto lo hizo rodar torpemente contra los barrotes. La puerta se cerró de inmediato. El sonido metálico resonó dentro de su cabeza como algo definitivo.

Jean se levantó temblando.

Sus instintos reaccionaron antes que sus pensamientos: miedo, un miedo insoportable que no era solo suyo, que venía de más adentro de lo que alcanzaba a controlar. No era únicamente el hecho de estar atrapado. Era algo más. Algo que parecía venir desde todas partes al mismo tiempo.

Observó el interior de la jaula. Había otros animales, muchos, algunos pequeños y otros grandes, todos encerrados. Pero lo más perturbador no era eso.

Era la forma en que lo aceptaban.

Muchos ni siquiera reaccionaban al ruido del mercado. Solo permanecían inmóviles, mirando hacia adelante con ojos vacíos, como si hubieran dejado de esperar algo del mundo hacía tanto tiempo que ya ni recordaban haberlo esperado alguna vez.

Jean sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Él no quería terminar así. No quería aceptar aquello. No quería simplemente esperar su final con los ojos fijos en nada.

Aun si ahora era un conejo.

Poco a poco, todo comenzó a encajar dentro de su mente con la frialdad incómoda de algo que no puede ignorarse.

La visión extraña. Los sonidos insoportables. El miedo constante. Las orejas largas temblando frente a sus ojos. Los instintos que actuaban sin pedirle permiso. Todo formaba parte de un mismo rompecabezas, y el rompecabezas completo era él.

Jean apretó lentamente las patas contra el suelo metálico.

Ya no tenía sentido preguntarse por qué había renacido específicamente como conejo. Ni siquiera sabía si otras personas habían pasado por algo similar, si en algún lugar de ese mundo había alguien más atrapado en un cuerpo equivocado intentando recordar cómo pensar con claridad. Y lo que había visto antes de morir parecía demasiado cercano al fin del mundo real como para compararlo con las historias de fantasía que había leído, donde todo tenía una lógica interna amable y un sistema que te explicaba tus propias capacidades.

Aquí no había sistema. Solo había jaula.

Pero pensar demasiado en eso no cambiaría nada. Si aquel mundo era real, tendría que sobrevivir dentro de él. Esa era la única conclusión que importaba ahora mismo.

Jean comenzó a examinar la jaula con cuidado.

Primero las paredes. Intentó rasgar el metal con sus pequeñas garras. Inútil, demasiado duro, pero aprendió algo: sus garras podían engancharse con bastante firmeza en superficies irregulares. No era mucho. Pero era algo.

Intentó morder uno de los barrotes. Nada.

Levantó lentamente la mirada hacia la parte superior de la jaula. La abertura estaba ahí, probablemente por donde lo habían metido. Jean memorizó aquello de inmediato. Si quería escapar algún día, necesitaría recordar cada detalle de todo lo que lo rodeaba, por insignificante que pareciera.

Era lo único que podía hacer por ahora. Observar. Recordar. Pensar.

Más allá del mercado, Jean alcanzó a distinguir parte del entorno exterior.

Detrás de la ciudad se extendía un bosque oscuro, demasiado oscuro, con árboles que parecían deformarse entre la niebla. Enormes montañas nevadas se alzaban a lo lejos. El camino que conectaba el bosque con la entrada del pueblo era amplio y cubierto de barro húmedo con marcas profundas de ruedas.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 24.05.2026

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