Light After the Storm

Distrust

Capítulo 6 — Desconfianza

La confianza era una cosa frágil.

No nacía de una palabra bonita ni aparecía solo porque alguien extendiera la mano. Se construía lentamente, con tiempo, con heridas compartidas, con momentos donde una persona demostraba que no iba a usar tu debilidad en tu contra.

Pero incluso entonces nunca era completa. Siempre quedaba una duda. Una pequeña grieta. Un espacio oscuro donde la mente susurraba que todo podía salir mal.

Los atentos dudaban de todo. Los heridos, todavía más. Y aunque aquella duda podía mantenerlos vivos, también terminaba convirtiéndose en una jaula.

Porque confiar dolía. Pero no confiar también. Y la diferencia entre las dos clases de dolor era que una al menos dejaba abierta la posibilidad de algo más.

Mucho antes de encontrar a un conejo blanco bajo la lluvia, Carmelia había sido una joven que soñaba con recorrer el mundo.

No quería quedarse atrapada en un solo lugar, mirando siempre las mismas calles, las mismas paredes, los mismos rostros cansados que se repetían año tras año como si el tiempo no tuviera más imaginación que eso. Para ella, la vida debía ser algo más grande. Más amplio. Algo que pudiera sentirse en los pulmones al correr bajo cielos desconocidos, al cruzar bosques peligrosos, al mirar ciudades que solo existían en mapas viejos y relatos de viajeros que olían a camino y a cosas que ella todavía no había visto.

Carmelia quería ser parte de ese mundo. No observarlo desde lejos.

Por eso aprendió magia.

Aunque llamarla simplemente "magia" era reducir demasiado algo que en realidad funcionaba bajo leyes propias. La magia no era un deseo convertido en realidad. No era mover la mano y esperar que el mundo obedeciera. Era comprender el entorno, tocarlo, fijarlo, transformarlo desde adentro. Había quienes podían convertir el aire en una cuchilla invisible. Otros podían endurecer la tierra bajo sus pies o alterar la materia durante breves instantes y obligarla a tomar una forma distinta.

Carmelia no era la más fuerte. Nunca lo fue. Pero aprendía rápido, y tenía una cualidad que muchos confundían con valentía: no se rendía fácilmente.

Cuando llegó al Reino Central, todavía llevaba esperanza en los ojos.

El lugar era enorme y ruidoso, lleno de gente que hablaba de misiones, recompensas, monstruos y ruinas perdidas como si la muerte fuera una anécdota divertida para contar entre bebidas. La primera vez que entró a una taberna de aventureros, sintió que finalmente había encontrado el inicio de algo real. Risas, choques de jarras, mapas extendidos sobre mesas, armas apoyadas contra paredes. Personas entrando y saliendo con cicatrices nuevas y sonrisas viejas.

Algunos nunca regresaban. Eso también era parte de aquella vida. Carmelia lo sabía. Pero en ese entonces, todavía creía que arriesgarse era mejor que vivir quieta.

Fue allí donde conoció a los que después serían llamados Razor Edges.

Cinco jóvenes. Cinco idiotas, habría dicho ella años después, aunque la palabra se le formaba en la boca con una ternura que no habría admitido en voz alta.

Un espadachín que cargaba con demasiada responsabilidad para su edad. Un muchacho de escudo grande y paciencia corta. Un tirador de ballesta que siempre hablaba como si tuviera todo bajo control, aunque casi nunca lo tuviera. Una curandera de manos suaves y mirada perpetuamente cansada. Y Carmelia, con su bastón de madera reforzado con metal, demasiadas ganas de demostrar que podía llegar lejos y muy poca idea de lo cruel que podía ser el mundo cuando decidía serlo de verdad.

Durante un tiempo, todo funcionó. No perfectamente, nada lo hacía. Discutían, fallaban, sangraban, se salvaban. Y luego volvían a intentarlo, como si fracasar juntos fuera suficiente razón para seguir.

Poco a poco, su nombre empezó a viajar más rápido que ellos. Razor Edges. Aventureros jóvenes, prometedores, útiles. Lo suficientemente útiles para que alguien poderoso pusiera los ojos sobre ellos.

Y ahí fue cuando Carmelia aprendió una verdad que nunca pudo olvidar.

A veces, el peligro no estaba en los monstruos del camino. A veces estaba en las personas que te sonreían mientras te ofrecían un futuro.

Carmelia no pensaba en eso cuando observaba al conejo blanco dentro de la jaula.

No quería pensarlo. Había días en que los recuerdos eran como heridas cerradas demasiado rápido: parecían curadas hasta que algo pequeño las rozaba, y entonces dolían con una precisión que el tiempo no había atenuado en absoluto.

Aquel conejo había rozado algo. No por lo que era, sino por cómo la miraba.

Carmelia había visto miedo en muchos animales. Miedo simple, miedo puro, el tipo de miedo que no distingue entre una mano que alimenta y una que mata porque ambas son igual de grandes y vienen desde arriba. Pero en los ojos de aquel conejo había algo distinto. Algo incómodo. No era solo miedo. Era comprensión. Como si aquella pequeña criatura supiera exactamente lo miserable que era su situación, como si entendiera que una jaula era una sentencia y no simplemente un objeto, como si estuviera evaluándola con la misma desconfianza con que ella evaluaba a los desconocidos.

Carmelia apoyó los dedos sobre la mesa y se inclinó un poco hacia él.

El conejo retrocedió de inmediato. No chilló. No golpeó los barrotes al azar. Solo retrocedió hasta el fondo, sin apartar la mirada.

Demasiado atento. Demasiado consciente.

—Qué cosa tan rara eres…

Jean no entendió las palabras.

Pero sí entendió el tono, y en el tono no había hambre ni burla ni aquel peso horrible que había sentido en el mercado cuando la gente lo miraba como si ya estuviera muerto y el precio fuera lo único que quedaba por negociar.

Aun así, no confió. No podía. La chica podía parecer tranquila. Podía oler como lluvia. Podía haberlo sacado de aquel infierno. Pero nada de eso significaba que fuera segura. Nada en ese mundo lo era. No todavía, y quizá nunca.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 24.05.2026

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