Light After the Storm

Dreams

Capítulo 7 — Sueños

Los sueños eran una forma extraña de existencia.

No tenían cuerpo ni peso. No podían tocarse ni guardarse entre las manos. Y aun así, podían sentirse más reales que muchas cosas del mundo despierto. Un sueño podía ser una imagen, una vida imposible, una voz que ya no existía, un lugar al que nunca se podría volver.

También podía ser una meta. Algo lejano que todavía no era real, pero que con suficiente terquedad quizá algún día podría llegar a serlo.

Quizá por eso los seres vivos seguían caminando incluso cuando todo parecía perdido. Porque mientras hubiera un sueño, todavía existía una dirección. Todavía había algo que mirar al frente.

Pero Jean no soñó.

No vio su casa. No escuchó a su madre. No volvió a su salón de clases ni sintió el viento de aquella mañana antes del fin. Solo cerró los ojos y luego los abrió, como si alguien hubiera cortado un pedazo de su existencia y lo hubiera arrojado lejos sin pedirle permiso.

Eso le dio miedo. Más de lo que esperaba. Porque en algún rincón de su mente había pensado que al dormir podría escapar aunque fuera un momento, aunque fuera dentro de una mentira. Pero ni siquiera eso le fue concedido.

Jean despertó dentro de la jaula.

El primer pensamiento fue simple: seguía vivo. No era alivio exactamente. Era más bien una comprobación, una evidencia incómoda de que la pesadilla no había terminado mientras dormía.

El segundo pensamiento fue todavía peor.

Seguía siendo un conejo.

Su cuerpo pequeño estaba encogido sobre el suelo frío de la jaula, el pelaje blanco del pecho subiendo y bajando con respiraciones demasiado rápidas para la quietud que lo rodeaba. La habitación estaba iluminada por una claridad débil que entraba desde la ventana. No sabía si aquel mundo tenía un sol igual al suyo, pero algo brillante existía allá afuera, oculto detrás de nubes grises que no parecían tener ninguna intención de moverse.

Carmelia no estaba.

La cama estaba vacía. Sus pasos no sonaban en ningún punto de la casa. Jean levantó las orejas y escuchó: desde abajo llegaban voces apagadas, pasos sobre madera, el crujido de una estructura vieja. Más lejos, a través de la ventana, el pueblo despertaba con una normalidad que le resultaba casi ofensiva.

Risas. Carretas. Personas hablando como si el día anterior no hubiera ocurrido nada. Como si nadie hubiera intentado matarse bajo la lluvia. Como si limpiar sangre del barro fuera solo una molestia más de la rutina.

Jean sintió que su cuerpo se tensaba.

No podía quitarse de la cabeza lo que había visto. El mercado. Los gritos. El vendedor muriendo. Las personas ayudándose después con la misma indiferencia con que se ayuda a recoger algo que se cayó. Nada de eso tenía sentido, y pensar demasiado en ello sin información suficiente no le daría respuestas. Solo lo dejaría paralizado.

Y si seguía paralizado, terminaría igual que los animales del mercado.

Con ojos vacíos. Esperando.

Al lado de la jaula había un cuenco con agua y otro con comida. Carmelia los había dejado antes de irse, en algún momento mientras él dormía sin sueños. Eso también lo inquietó: no la había sentido acercarse. Sus instintos no reaccionaron. No despertó.

¿Estaba demasiado agotado? ¿O ya estaba acostumbrándose a ella?

La idea le molestó de una manera específica. Acostumbrarse era peligroso. Acostumbrarse significaba bajar la guardia, y bajar la guardia en ese mundo parecía ser la forma más eficiente de dejar de existir.

Jean olfateó la comida con cuidado. Hojas. Raíces blandas. Algo húmedo que su cuerpo reconoció como comestible antes de que su mente pudiera juzgarlo. No olía a veneno. No olía a trampa. Aunque quizá las trampas no siempre tenían olor.

Comió de todas formas, con cuidado al principio, casi con resentimiento, como si cada mordida fuera una prueba de que seguía dependiendo de alguien que no entendía. De una persona que podía haberlo salvado una noche y venderlo a la siguiente. Luego bebió el agua y el frío del líquido bajó por su garganta y le calmó el dolor seco que llevaba desde el día anterior.

Por unos segundos, solo existió eso. Comer. Beber. Respirar. Sobrevivir.

Era humillante que algo tan pequeño se sintiera como una victoria.

Con el estómago menos vacío, Jean observó mejor la habitación.

Cerca de la cama había ropa colgada. Una capa oscura, todavía húmeda en algunas partes. Botas gastadas. Guantes de cuero. Vendas. El bastón de Carmelia, apoyado contra la pared, quieto y ordinario como cualquier otro objeto, aunque Jean recordaba el aire congelándose a su alrededor. Recordaba el frío. El impacto. El olor del vendedor desapareciendo.

Carmelia podía matar. Eso no era una suposición.

Luego su mirada se detuvo en algo sobre una silla cercana. Casi oculto entre la tela de lo que parecía ser una armadura ligera, alcanzó a distinguir un objeto metálico que tardó un momento en reconocer.

Un collar. No exactamente. Era más grueso, más funcional, sin adorno de ningún tipo. Algo hecho para rodear el cuello sin pretender ser otra cosa que lo que era. Del frente colgaban unos pocos eslabones de cadena, tres o cuatro, demasiado cortos para servir como cadena real y demasiado visibles para ser decoración.

Jean se quedó inmóvil.

Recordaba haber visto algo parecido. En el mercado. En algunas personas del pueblo. Y Carmelia lo llevaba puesto.

Una idea apareció lentamente, como agua filtrándose por una grieta.

Él estaba encerrado en una jaula. Pero tal vez Carmelia también. La diferencia era que la de ella no tenía barrotes visibles.

Jean apartó la mirada. No quería sentir compasión tan rápido. La compasión era otra forma de acercarse, y acercarse tenía un precio que todavía no sabía si podía pagar. Tenía que pensar en su propia situación primero.

La jaula estaba sobre una mesa. La mesa estaba cerca de la ventana. La ventana estaba cerrada, pero no parecía imposible de atravesar si lograba salir primero. El problema era la altura: desde allí, la caída hacia la calle parecía enorme. Para un conejo podía ser la diferencia entre escapar y partirse el cuerpo contra el suelo.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 01.06.2026

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