Light After the Storm

Fate

Capítulo 8 — Destino

El destino era una palabra cómoda para quienes no podían aceptar la crueldad del azar.

Cuando algo bueno ocurría, las personas lo llamaban bendición. Cuando algo terrible les quitaba todo, decían que debía haber una razón. Destino. Propósito. Voluntad divina. Palabras usadas para cubrir el miedo de no saber por qué las cosas sucedían, porque el azar sin sentido era más aterrador que cualquier plan cruel.

Pero para una presa, el destino era algo más simple.

Era el filo de una flecha. La boca de un depredador. La mano que cerraba una jaula. O el suelo acercándose demasiado rápido después de haber creído, por un instante, que podía volar.

Jean chilló con todas las fuerzas que su pequeño cuerpo le permitió.

El pueblo quedaba atrás. Las murallas rotas estaban cada vez más cerca. La entrada principal, abierta y sin guardias, parecía la única salida real de aquel lugar, y la criatura que lo llevaba entre los dientes pareció entenderlo, o quizá simplemente también quería escapar, que en ese momento era suficiente razón para cualquiera.

Sus alas batieron con más fuerza. El viento golpeaba el pelaje de Jean y los olores pasaban como corrientes invisibles: barro, madera, humo, carne, metal, sudor, y encima de todo, persistente, imposible de ignorar, el olor de aquella esfera flotando sobre el pueblo como un ojo muerto.

Jean intentó no mirar hacia arriba. No quería volver a sentirlo.

Entonces algo cayó sobre su nariz.

Una gota. Fría. Pequeña. Luego otra. Y otra más.

Su cuerpo se tensó de inmediato. La criatura también reaccionó, sus alas agitándose con más violencia, como si incluso ella supiera que la lluvia en ese lugar no significaba vida.

El primer trueno no tardó en llegar. El sonido partió el cielo con tanta fuerza que Jean sintió que su corazón se detenía un instante.

Abajo, el pueblo cambió.

No de golpe. Primero fue una pausa, una quietud absurda que duró apenas un segundo: las voces apagándose, los pasos deteniéndose, las carretas dejando de crujir. Como si el pueblo entero contuviera el aliento al mismo tiempo.

Luego llegaron los gritos.

No eran los mismos de la noche anterior. Esos habían sonado a rabia ciega, a violencia sin dirección. Estos eran diferentes. Sonaban a terror genuino. A confusión. A gente que entendía, o comenzaba a entender, que algo había salido muy mal.

Jean no podía girar bien la cabeza, atrapado entre los dientes de la criatura, pero sus oídos lo recibían todo. Explosiones. Madera rompiéndose. Personas corriendo. Metal chocando contra piedra. Y más allá, cerca de una de las murallas, un sonido completamente distinto a todo lo demás.

Ordenado. Pesado. Rítmico.

Decenas de pasos moviéndose al mismo ritmo.

No era el caos del pueblo. Era una marcha.

La criatura aceleró.

Jean escuchó algo tensarse en la distancia, un crujido mecánico, una cuerda siendo estirada, un mecanismo preparándose. Su mente intentó ubicar el sonido entre todo el desastre. Estaba adelante. No, un poco arriba. No iba hacia él exactamente.

Iba hacia la criatura.

Jean abrió los ojos con horror.

El viento cortó algo en el aire. Un silbido fino, rápido, imposible de detener.

La flecha atravesó el cráneo de la criatura.

No hubo un grito largo. No hubo lucha. Solo un pequeño sonido ahogado, casi confundido, como si el animal no hubiera tenido tiempo de entender que su vida terminaba allí. Sus alas dejaron de moverse en el mismo instante.

El mundo perdió soporte.

Y Jean cayó.

El aire lo devoró. Por un instante no hubo arriba ni abajo, solo viento y lluvia y el cuerpo muerto de la criatura girando lejos de él con la flecha sobresaliendo de su cabeza. El propio cuerpo de Jean giró en el vacío, incapaz de controlar nada, sin patas que alcanzaran suelo, sin barrotes que pudiera aferrar.

El pueblo apareció debajo de él.

Y ardía.

El mercado donde había estado encerrado era ahora una masa de humo y llamas. Las casas cercanas empezaban a quemarse. Figuras corrían por las calles, algunas caían, otras intentaban ayudar, otras eran atravesadas por lanzas antes de llegar muy lejos. Las gotas de lluvia golpeaban su rostro mientras caía pero sus ojos permanecieron abiertos, incapaces de cerrarse ante algo que su mente todavía intentaba procesar.

No era como la noche anterior. La lluvia anterior había despertado violencia entre los habitantes. Pero esto era diferente. Esto tenía dirección. Tenía forma. Había invasores con armaduras y estandartes empapados por la lluvia. Fuego cayendo desde puntos que no podía distinguir. Los gritos no sonaban a batalla. Sonaban a gente siendo exterminada.

Jean intentó respirar.

Entonces vio la esfera.

Aquella cosa oscura que flotaba sobre el pueblo ya no estaba intacta. Una enorme grieta la atravesaba de lado a lado, y pedazos negros se desprendían lentamente de su superficie, cayendo hacia las calles como fragmentos de una noche que se rompía desde adentro. El olor de hostilidad que Jean había percibido desde el primer momento se había vuelto insoportable, no más fuerte, sino más desesperado, como algo que agoniza y al hacerlo arrastra todo lo que toca.

La esfera comenzaba a descender. Lentamente. Con la lentitud de algo tan pesado que incluso la gravedad dudaba de tocarlo.

Jean vio cuatro presencias moviéndose por el pueblo. No podía llamarlas luces exactamente, su visión no funcionaba así, pero destacaban entre el caos con una intensidad que los demás no tenían. Cuatro figuras avanzando por la destrucción como si fueran dueñas de ella. Sus voces llegaban por encima del ruido, ordenando, gritando, o quizá justificando algo que no necesitaba justificación porque nadie que pudiera objetar estaba en posición de hacerlo.

Jean pensó, de manera absurda, en lo ridículo de todo esto.

Había escapado de una jaula. Había confiado en otro ser. Había visto el cielo. Y ahora volvía a caer, otra vez, como si el mundo quisiera recordarle que las presas no tenían derecho a elegir su dirección.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 01.06.2026

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