Capítulo 9 — Caídas
Caer no siempre significaba rendirse.
A veces una caída era solo el momento previo a levantarse. Eso era lo que la gente solía decir: que uno debía ponerse de pie, que debía seguir adelante, que caer era parte del camino y que mientras hubiera vida todavía existía una oportunidad.
Pero casi nadie hablaba de quienes no se levantaban.
De quienes caían y simplemente dejaban de intentar. No porque fueran débiles. No porque no quisieran vivir. Sino porque, después de cierto punto, levantarse dejaba de sentirse como una respuesta a algo. Porque algunas caídas no existían para ser superadas. Algunas solo existían para recordarle a una persona que no todo debía continuar.
A veces caer también era una forma de dejar ir.
Y Jean, mientras descendía hacia el vacío, pensó que tal vez ya no quería levantarse.
Otra vez oscuridad.
Pero no era la misma de antes. No era aquella nada infinita donde había despertado después de morir. Esta oscuridad tenía peso. Tenía sonidos lejanos. Tenía dolor. Jean no sabía cuánto tiempo había pasado ni siquiera si seguía cayendo, porque todo a su alrededor se mezclaba en una sensación borrosa, como si su mente hubiera decidido apagar partes de sí misma para no romperse por completo.
Recordaba el aire. La lluvia. La criatura volando. La flecha. El pueblo ardiendo. La esfera negra rompiéndose sobre el cielo. Después de eso, todo era confuso.
Y lo peor era que una parte de él ya no quería ordenar los recuerdos. Ordenarlos significaba aceptar que todo había ocurrido. Que había intentado escapar. Que había confiado. Que otro ser había muerto por llevarlo. Que él seguía vivo de todas formas, sin haberlo merecido más que la criatura que no lo estaba.
Tal vez esta vez sí era el final. Tal vez esa era otra oscuridad. Jean no sabía si le importaba, y eso lo aterraba de una manera específica, porque no se parecía a él. Jean siempre había pensado. Siempre había buscado causas, sentido, explicación para todo, incluso cuando la explicación no existía. Pero ahora, después de todo lo vivido desde que llegó a ese mundo, las preguntas comenzaban a sentirse inútiles.
¿Qué sentido tenía entender una pesadilla que seguía devorándolo sin importar lo que hiciera?
Entonces algo cálido lo envolvió.
No era fuego. No era luz. Era algo suave, con textura, con peso. Algo que se movía porque respiraba.
Jean abrió los ojos con dificultad.
El olor llegó antes que la imagen. Lluvia. Madera. Sangre. Cansancio. Y debajo de todo eso, algo que ya reconocía sin querer reconocerlo.
Carmelia.
Jean parpadeó lentamente. Ella lo sostenía contra su pecho. Había atrapado su cuerpo antes de que golpeara el suelo, lo cual era estadísticamente absurdo, lo cual significaba que había corrido hacia él en medio de una masacre, lo cual no tenía ningún sentido razonable.
Pero Jean ya no tenía fuerzas para quejarse de lo imposible.
Estaba vivo. Por ahora. Y eso era todo.
Carmelia no sabía por qué había corrido.
No de verdad. Había fuego detrás de ella. Tropas entrando por las calles. La esfera negra deshaciéndose sobre el pueblo. Y aun así, entre toda esa destrucción, sus ojos habían seguido un pequeño punto blanco cayendo desde el cielo como algo que no debería estar cayendo.
Un conejo. Solo un conejo. Eso habría dicho cualquiera. Un animal más en medio de una masacre demasiado grande para que las vidas pequeñas importaran.
Pero Carmelia había visto sus ojos desde el principio. Había visto cómo la miraba. Cómo golpeaba la jaula con intención y no con pánico. Cómo parecía entender más de lo que cualquier animal debía entender. No sabía qué era. No sabía si era una criatura rara, una maldición, un error del mundo o algo que no tenía nombre todavía. Pero no podía dejarlo caer.
No después de haberlo sacado del mercado. No después de haber visto cómo intentaba escapar. No después de reconocer en algo tan pequeño ese mismo impulso desesperado de no quedarse encerrado, que era un impulso que Carmelia conocía desde adentro.
Llegó justo a tiempo. El cuerpo de Jean cayó contra sus brazos con un golpe leve, mucho más frágil de lo que esperaba. Por un instante pensó que había llegado tarde. Pero luego sintió el pequeño movimiento de su respiración.
Vivo.
Carmelia apretó los dientes.
—Tonto…
La palabra salió baja, casi ahogada. No sabía si se la decía al conejo o a sí misma.
El pueblo era un desastre que ya no pretendía poder arreglarse.
La lluvia caía con fuerza pero no apagaba las llamas. Al contrario: el fuego se extendía de manera antinatural, trepando por la madera húmeda como si obedeciera a otra voluntad, como si el agua y el fuego hubieran llegado a un acuerdo que excluía a los habitantes. Las tropas de Rastalad avanzaban por las calles principales con la eficiencia organizada de quienes no vienen a conquistar sino a borrar. Y la diferencia entre ambas cosas era visible en cada movimiento, en cómo no dejaban heridos detrás, en cómo no tomaban prisioneros.
Carmelia lo entendió en cuanto vio los cuerpos en el barro.
La esfera negra se había roto. Eso significaba que la ciudad ya no funcionaba como herramienta. Y cuando una herramienta del reino fallaba, el reino no la reparaba. La eliminaba, junto con todo lo que hubiera dentro para evitar preguntas posteriores.
Sostuvo al conejo contra su pecho y corrió hacia un hueco en la muralla, un espacio estrecho entre piedras partidas y madera vieja, medio cubierto por maleza y sombras. Se escondió allí agachándose detrás de los restos de lo que alguna vez había sido una estructura de protección y que ahora era solo una colección de escombros.
Jean seguía en trance. Sus ojos estaban abiertos pero no enfocaban nada.
Carmelia lo miró apenas un segundo.
—No te mueras ahora.
No esperaba que entendiera. Quizá ni siquiera esperaba que escuchara. Pero necesitaba decirlo de todas formas, porque el silencio en medio de eso era peor.