Capítulo 10 — Verdad
La verdad era un concepto extraño.
Las personas solían decir que era aquello que podía demostrarse. Lo que existía más allá de la opinión. Lo que permanecía incluso cuando nadie quería mirarlo. También decían que la verdad hacía mejores a las personas. Que era correcta. Que era necesaria. Que vivir con mentiras era una forma de caminar a ciegas hacia un borde que uno no podía ver.
Pero Jean nunca estuvo completamente seguro de eso.
Porque a veces la verdad no salvaba. A veces solo rompía lo poco que una persona todavía intentaba sostener. Había verdades que liberaban, sí. Pero había otras que llegaban demasiado tarde, cuando ya no quedaba nada que hacer con ellas excepto sufrirlas en silencio y pretender que el peso era soportable.
La verdad podía ser una luz. Pero Jean ya había aprendido que no toda luz era amable.
A veces la verdad solo existía para mostrarte que aquello en lo que confiabas nunca fue real.
Entonces, ¿una verdad podía ser buena o mala? ¿O simplemente era una herida con otro nombre, más difícil de cerrar porque al menos las heridas físicas uno podía ver dónde empezaban?
Jean no tenía respuesta. Llevaba toda su vida sin tenerla, y ahora, escondido detrás de las raíces de un árbol en un mundo que no era el suyo, con el pelaje empapado y el cuerpo temblando, la pregunta seguía siendo igual de inútil que siempre.
Jean sabía que algo estaba mal.
No entendía el idioma. No entendía los nombres. No entendía la historia que existía entre Carmelia y aquellas cuatro personas, esa historia larga y rota que flotaba entre ellos como algo que tenía peso propio y que los cinco podían sentir aunque ninguno la nombrara directamente.
Pero su cuerpo sí entendía la tensión.
La lluvia caía sobre el bosque y el pueblo destruido detrás de ellos, mezclando olores de barro, humo, sangre y madera quemada. Los árboles crujían con el viento, y cada sonido llegaba a sus oídos con esa claridad excesiva que todavía no había aprendido a ignorar. Carmelia estaba de pie frente a los cuatro, tensa, empapada, con el bastón sujeto entre ambas manos. No olía como cuando lo había sostenido en la habitación. No olía solo a cansancio.
Ahora olía a rabia. A miedo. A algo antiguo y profundo que Jean no podía nombrar pero que reconocía porque también vivía en él, en ese lugar donde los recuerdos duelen más que el presente.
Los cuatro la miraban de una manera que no era la de soldados frente a una enemiga cualquiera ni la de cazadores frente a una presa. Era diferente. Peor. Como si estuvieran frente a una parte de sus propias vidas que había vuelto a reclamar algo que ellos creían haber enterrado.
Jean permaneció quieto, con las patas hundidas en el barro húmedo.
Podía irse. El bosque estaba a su espalda, oscuro y peligroso pero abierto. Libre, al menos en apariencia. Carmelia le había salvado la vida, eso era un hecho, pero también era un hecho que quedarse cerca de ella podía matarlo, y que él era un conejo, y que los conejos no tenían ningún rol razonable en confrontaciones entre magos.
No puedo hacer nada.
La idea era simple. Cruel. Real.
Jean dio un paso hacia el bosque. Luego otro.
La culpa apareció antes que el alivio.
Carmelia lo había atrapado cuando caía. Le había dado comida y agua y una habitación menos hostil que el resto del mundo. No confianza, no todavía, pero sí algo parecido a una oportunidad, que en ese mundo parecía ser una de las cosas más escasas que existían.
Y él estaba a punto de abandonarla.
¿Qué esperas que haga?
La pregunta no iba dirigida a nadie. No a Carmelia, no a Dios, no al mundo que había decidido convertirlo en conejo. Solo existía en su mente, amarga e inútil, dando vueltas sin encontrar una respuesta que no fuera cobarde.
Entonces una ráfaga de viento sacudió el bosque, y Jean levantó la cabeza.
Algo invisible apareció frente a él. Una pared. Una fuerza lisa, fría y vibrante que surgió de golpe entre él y el exterior. Jean intentó avanzar. La barrera lo rechazó con suavidad. Sin dolor. Pero sin negociación.
Jean giró hacia Carmelia.
Ella mantenía el bastón ligeramente inclinado hacia el suelo. Alrededor de los cinco, una cúpula casi transparente se había formado sin que nadie lo anunciara, apenas visible bajo la lluvia, su superficie temblando como agua perturbada por una piedra.
Carmelia había encerrado el espacio.
No solo a ellos. También a Jean. Quizá no lo sabía. Quizá pensó que él ya había escapado. Quizá, incluso al intentar protegerlos a todos, acababa de convertirlo en testigo involuntario de algo que no debería haber presenciado.
Jean sintió un nudo frío en el pecho.
Ya no podía huir. Y una parte pequeña y vergonzosa de él, una parte que no quería examinar demasiado, sintió algo parecido al alivio.
Regald fue el primero en hablar.
Su espada larga descansaba sobre su hombro, pero la manera en que la sostenía, el ángulo específico, la ligereza calculada del agarre, dejaba claro que podía moverla en cualquier instante sin perder ni un gramo de precisión. Era el tipo de postura que se adquiere después de años de practicarla frente a alguien que podía leerla.
Frente a alguien como Carmelia.
—Veo que has estado practicando.
Su voz intentó sonar ligera. Casi familiar. Como si los últimos años fueran una anécdota que podía saltarse con el tono correcto.
Eso hizo que Carmelia apretara más el bastón.
—¿No tendrás otros trucos nuevos escondidos por ahí, verdad?
Carmelia lo miró con una expresión que Jean no necesitó entender para sentir. Dura. Sin espacio para la nostalgia que Regald estaba intentando inyectar en el aire.
—Claro que practiqué.
Su voz salió baja, pero cada palabra parecía cortar más que un grito habría podido hacerlo. Porque los gritos eran fáciles de ignorar. Eso, no.
—Todos los días. Quisiera o no. No me dejaron otra opción si quería seguir viva en este pueblo.