Light After the Storm

Reality

Capítulo 10 — Realidad

La realidad era un concepto extraño.

La ciencia decía que era aquello que podía comprobarse, medirse y repetirse bajo ciertas condiciones. Los filósofos discutían si existía por sí misma o si solo era una construcción de la mente. Las personas comunes solían llamarla simplemente "lo que está ahí", como si ponerle un nombre bastara para entenderla.

Jean había pensado demasiado en la realidad durante toda su vida. En lo que era cierto. En lo que podía demostrarse. En lo que existía más allá de sus propios pensamientos. Tal vez alguna vez creyó que hacerse esas preguntas lo volvería más sabio. Tal vez pensó que en algún futuro lejano esa forma de mirar el mundo le serviría para algo, para crecer, para entender mejor a los demás, para encontrar sentido donde otros solo veían rutina.

O quizá, siendo honesto, alguna parte de él solo quería sentirse menos perdido.

Pero ahora la realidad había dejado de tener sentido hacía mucho. Había muerto bajo un cielo roto. Había despertado como un conejo. Había sido capturado, vendido, encerrado, salvado, perseguido, arrojado al cielo, derribado por una flecha y arrastrado por una magia que ni siquiera quien la lanzó sabía si funcionaría.

Y otra vez estaba allí. En la oscuridad. Solo. Pensando.

Jean sintió ganas de reír. No una risa alegre. No una risa sana. Una risa cansada y rota y casi ofensiva, la risa de alguien a quien el universo ha repetido el mismo chiste demasiadas veces.

¿Otra vez? ¿De verdad otra vez?

Si la realidad era aquello que podía verificarse, entonces la suya era simple: nada tenía sentido. Y tal vez ese era el problema. Tal vez había pasado demasiado tiempo buscando que las cosas lo tuvieran. Tal vez su error siempre fue creer que el mundo debía responderle, que la vida debía tener una explicación, que Dios, si existía, debía aparecer en algún momento y decirle por qué. Por qué él. Por qué ese cuerpo. Por qué ese mundo. Por qué tanta oscuridad antes de cualquier luz.

Pero ninguna respuesta llegó. Solo silencio.

Jean pensó en su vida anterior. En su madre. En su escuela. En su habitación y esos días donde sentía que pensaba demasiado y hacía demasiado poco. Luego pensó en ese mundo: el mercado, Carmelia, la criatura alada que murió por llevarlo, la flecha que debía atravesar a alguien más.

Y por primera vez, algo dentro de él se quebró de una manera distinta.

No hacia abajo. Hacia adelante.

Ya basta.

La oscuridad pareció moverse a su alrededor. Jean no sabía si estaba soñando, muriendo o recordando, y descubrió que ya no le importaba lo suficiente como para detenerse en esa pregunta. Si había un final, no tenía sentido temerle eternamente. Si había una luz, no tenía sentido cerrar los ojos para siempre. Y si algo o alguien lo estaba empujando a través de todo esto, entonces que mirara bien.

Porque Jean ya estaba cansado de ser arrastrado. Cansado de esperar. Cansado de preguntarse si tenía derecho a actuar.

No sabía por qué había sido llevado allí. No sabía si existía una razón. No sabía si el destino se burlaba de él o si todo no era más que una cadena absurda de accidentes crueles encadenados por coincidencia. Pero una cosa sí sabía, con una certeza que no necesitaba demostración.

Se sentía vivo.

Y mientras se sintiera vivo, aunque fuera en un cuerpo equivocado, aunque fuera en una realidad rota, aunque fuera sin entender casi nada de lo que le estaba pasando, no iba a dejar que todo terminara tan fácilmente.

Jean rio en la oscuridad. Esta vez con rabia. Con miedo. Con algo que se parecía peligrosamente a determinación.

No tenía un motivo claro. Quizá nunca lo tuvo. Pero eso ya no importaba.

Si no había sentido, lo haría con sus propias manos. Si no había camino, lo mordería hasta abrirlo. Si no había luz después de la tormenta, la buscaría aunque tuviera que arrastrarse entre los restos del mundo para encontrarla.

Porque él era Jean.

Humano. Conejo. Presa. Error. Lo que fuera.

Pero Jean.

Y por primera vez desde que despertó en aquel mundo, no quiso preguntarse qué había más allá de la luz.

Quiso llegar hasta ella.

Jean despertó como si lo hubieran arrancado de una pesadilla.

Su corazón latía tan rápido que por un instante pensó que iba a romperle el pecho. Respiró de golpe. Tosió. El aire entró en su cuerpo con una violencia fría, cargado de un olor desconocido que su nariz intentó clasificar antes de que sus ojos terminaran de abrirse.

No había lluvia.

Eso fue lo primero que notó. No el dolor. No la oscuridad. La ausencia de lluvia, ese silencio específico donde antes había estado el ruido constante de agua cayendo sobre todo. Era tan extraño que Jean tardó unos segundos en entender que seguía vivo.

Otra vez.

Algo frío se deslizaba desde su costado. Bajó la mirada como pudo. Recordaba la flecha. Recordaba el impacto, la fracción de segundo entre ver la trayectoria y mover su cuerpo hacia ella, la sensación de algo atravesándolo antes de que el conjuro de Carmelia terminara de completarse. Recordaba a Carmelia frente a él, la barrera oscureciéndose, los hilos de magia enredándose en un patrón imposible.

Luego nada.

Buscó la herida esperando encontrar algo horrible. Pero solo había una marca pequeña, una perforación diminuta entre el pelaje, como si una aguja enorme lo hubiera pinchado y luego hubiera decidido no quedarse. No estaba la flecha. No había sangre suficiente para justificar el dolor que sentía. Aun así, le costaba moverse. Cada respiración tiraba de algo interno, como si su cuerpo recordara un daño que ya no estaba allí pero que tampoco había olvidado del todo.

Jean se quedó quieto.

Hace unos días habría intentado entenderlo. Habría ordenado hipótesis en su mente con la meticulosidad de alguien que cree que nombrar las cosas es lo mismo que controlarlas. Magia curativa. Efecto del conjuro. La flecha no era completamente física. El traslado alteró la herida. El cuerpo de conejo reaccionó diferente. Habría pensado y pensado hasta quedar atrapado en sus propias preguntas como siempre.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 01.06.2026

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