Light After the Storm

Imaginary

Capítulo 11 — Imaginación

La imaginación era algo hermoso.

Al menos eso solían decir. Era la capacidad de crear mundos que no existían, de convertir ideas en imágenes, de darle forma a lo imposible antes de que la realidad tuviera oportunidad de negarlo. La imaginación no tenía límites. Uno podía imaginar un castillo sobre las nubes, una vida perfecta, una aventura heroica, una luz en la oscuridad.

Podía imaginar cualquier cosa.

Pero Jean, en ese preciso momento, solo podía imaginar una.

Darle un buen golpe a la mocosa que acababa de mandarlo al suelo.

Jean permaneció tirado de espaldas, mirando el techo rosado de aquella habitación desconocida.

Le dolía la mandíbula. También el orgullo. Sobre todo el orgullo, que era la parte que no tenía huesos y por lo tanto no tenía excusa para doler tanto.

Parpadeó varias veces, intentando procesar lo que acababa de pasar.

Había despertado en un lugar extraño. Se había transformado en una especie de humano con orejas de conejo. Había recuperado manos, piernas, voz y una pequeña fracción de dignidad. Y menos de un minuto después, una niña lo había derribado de un golpe limpio bajo la barbilla.

—No… —murmuró, con la voz aún ronca—. No, no, no.

Se incorporó lentamente, apoyando una mano en el suelo.

Entonces pudo verla mejor.

La persona que lo había golpeado estaba frente a él, con el ceño fruncido y los puños levantados en una postura que habría sido amenazante si no hubiera medido aproximadamente la mitad que él. Era baja, con cabello castaño corto y algo desordenado. De su cabeza sobresalían unas orejas caídas del mismo color, con el tipo de movimiento involuntario que Jean ya reconocía como el de alguien que no puede controlar completamente lo que siente. Una cola larga y peluda se agitaba detrás de ella con una energía que contradecía completamente su expresión solemne.

Sus ojos eran verdes. Demasiado vivos. Demasiado atentos. Lo miraban con la expresión específica de alguien que ha llegado a una conclusión y no necesita más evidencia.

Jean la observó en silencio. Luego miró sus orejas. Luego su cola. Luego volvió a mirarla a la cara.

Perfecto, pensó. Ahora me toca perder contra una niña cosplayer en una habitación rosada.

La niña apretó más los puños.

Jean se levantó de golpe.

Su cuerpo era más ligero de lo que esperaba, mucho más que su cuerpo humano anterior, con una elasticidad extraña en las piernas como si cada músculo estuviera calibrado para reaccionar antes de recibir la orden. No era fuerza exactamente. Era algo diferente. Algo que todavía no sabía nombrar pero que su cuerpo nuevo ya conocía.

La adrenalina le recorrió el cuerpo.

Jean sabía que pegarle a una niña no era exactamente una acción honorable. También sabía que, técnicamente, ella había empezado. Y después de todo lo que había vivido en los últimos días, su paciencia ya estaba en un estado que no merecía llamarse paciencia.

—Ni en mis sueños —murmuró.

La niña ladeó la cabeza.

—¿Qué dijiste?

Jean no pensó demasiado. Se impulsó hacia adelante y lanzó un derechazo impulsado más por la rabia que por ningún tipo de técnica.

La niña desapareció de su línea directa. No literalmente. Pero casi. Se agachó con una rapidez absurda, entró bajo su brazo y le dio un golpe seco en el pecho con la precisión de alguien que ha practicado ese movimiento específico suficientes veces para que sea automático.

Jean retrocedió varios pasos, sin aire.

—¡Agh! ¡¿Pero qué rayos comes?!

La niña volvió a levantar los puños sin responder.

Jean respiró con dificultad y levantó una mano, el gesto universal de espera que esperaba que funcionara en cualquier mundo.

—Oye, oye. Espera. ¿Me entiendes?

La expresión de la niña cambió. Por primera vez desde que entró, pareció genuinamente sorprendida, con las orejas girando ligeramente hacia adelante.

—¿Tú… hablas?

Jean parpadeó.

—Sí. Creo que sí. Genial. Comunicación. Eso es bueno. Mira, no sé dónde estoy, no sé quién eres, y sinceramente ya estoy bastante cansado de despertar en lugares raros, así que si me dices dónde está la salida, yo—

La niña abrió mucho los ojos. Luego señaló su cuello.

—¡¿Qué haces con mi collar?!

Jean bajó la mirada. El amuleto seguía allí, pegado a su pecho con la obstinación de algo que ha decidido dónde pertenecer y no está dispuesto a discutirlo.

—Ah. Eso.

Ella señaló su muñeca.

—¡Y mi brazalete!

Jean levantó la mano y vio el cristal rojizo verdoso brillando alrededor de su muñeca con ese pulso bajo que no había dejado de sentir desde que tocó el frasco.

—Ah. También eso.

—¡Devuélvelos!

—Me encantaría, pero no tengo idea de cómo quitármelos.

La niña dio un paso amenazante. Sus orejas se pusieron rectas.

—¡Son míos!

Jean retrocedió.

—Ya, mira, no quisiera pelear con una niña.

La expresión de ella se congeló con la precisión de algo que acaba de escuchar exactamente la palabra equivocada.

Jean sintió, demasiado tarde, que acababa de pisar algo que iba a costarle.

—¿Niña?

—Eh…

—¿Niña?

—Fue una observación basada en altura, tono de voz y decoración del cuarto —dijo Jean, con la velocidad de alguien que intenta construir un argumento razonable sobre una base que ya se está hundiendo.

La cola de la niña se erizó.

—¡No soy una niña! ¡Soy Isabelle! ¡Y tengo edad suficiente para ser considerada una adulta completamente funcional!

Jean la miró. Luego miró la habitación rosada. Los pósters de princesas. La cama con dosel. Los peluches acomodados en una fila sobre una repisa como si tuvieran asignados sus propios asientos. Una pequeña corona de plástico brillante sobre la mesa del escritorio.

Volvió a mirarla.

—Claro. Una adulta respetadísima.

Isabelle tembló de rabia de la cabeza a la punta de la cola.



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En el texto hay: psicologico, darkfantasy, reflexivo

Editado: 01.06.2026

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