Gabriel mete las pocas maletas en la cajuela del pequeño auto negro. Se acomoda la chaqueta y la bufanda vino que trae alrededor del cuello.
Lo miro desde la puerta de la casa. Gabriel se fue de la casa con mi padre cuando el tenia trece años y yo tan solo cinco años, no recuerdo mucho sobre él. Han pasado trece años desde la última vez que lo vi y el regreso apenas se enteró del fallecimiento de mi madre.
Mi vestido color negro cae como velo hasta el piso, siento el frio colarse en mis pies descalzos. Mi cabello negro ondulado cae en una trenza mal hecha casi me llega hasta la cadera. Nunca me ha gustado traer el cabello suelto, es mal visto en el pueblo.
—Lila…Es momento—me avisa mi hermano.
Asiento mientras me subo en el coche, desde la ventana observo como mi hermano cierra la puerta de nuestra casa.
Las calles están vacías, la neblina cubrió todo el pueblo. La mayoría de las personas están en la iglesia orando por el fallecido.
—¿Ah donde iremos?—Le pregunto, mientras arranca el auto.
—Nos iremos lejos de aquí— No me explica a donde nos dirigimos.
Me quedo en silencio mientras conduce entre las calles, veo pasar las casas con estilo victoriano pero viejas. El clima parece empeorar cada vez que no alejamos más de la casa.
—¿Por qué te fuiste?—le pregunto—Tu nunca te contactaste conmigo, ni con madre. ¿Por qué ahora regresas por mí?
—Te he dicho que no quiero hablar sobre eso—alega molesto.
—¿Y padre dónde está?— Ignoro su respuesta.
—Lila estoy nervioso, no puedes distraerme mientras salimos del pueblo— explica— cuando lleguemos a la cuidad te contare todo.
El graznido de los cuervos que están arriba de las casas, nos hace brincar a los dos en nuestros asientos, alcanzo a ver algunos frente a nosotros en el camino.
Mi hermano para de golpe el coche, los dos vemos curiosos esos cuervos; pero sé que todo esto está mal por qué , él viene, él me advirtió que no podía salir de aquí sin que él lo permitiera.
—Hermano, por favor hay que regresar antes de que sea tarde— Lo volteo a ver, pero él está enfocado en la figura que esta aun lado de él por fuera del coche.
Es una anciana con una capucha negra sobre la cabeza, ella parece susurrarle algo por fuera de la ventana, alza su mano señalando el camino que lleva al bosque prohibido en donde está prohibido entrar, nadie puede salir de ese lugar.
Mi madre siempre me contaba una historia donde hubo una vez que algunos hombres y mujeres extrañas que llegaron a este pueblo y mataron a muchas personas; el pueblo se volvió frio, triste y las únicas personas que quedaban eran los pocos que juraron no abandonar a las almas de los que fallecieron aquí con violencia; porque si no los iban a castigar.
—¿Qué dice? ¿Qué te dijo?—le pregunto, sin quitarle la mirada a la anciana que me voltea ver.
—Dice que la carretera está cerrada, que no podemos salir del pueblo— le tiembla un poco la voz.
—Y si mejor salimos del pueblo mañana, esto no me da buena espina— comento igual temblorosa.
—No lo se, creo que esto es muy raro— sus manos se aferran al volante— ¿le dijiste a alguien que nos íbamos a ir hoy?
—No yo no dije nada—le aseguro.
La neblina se comienza hacer más espesa que antes, haciendo que no podamos ver nada de nuestro alrededor.
—¡¿Dónde está?! —Pregunta alterado mi hermano— la anciana.
Vemos que no está por ningún lado, es como si la neblina se la hubiera tragado totalmente; el frio se siente más intenso a cada minuto que pasa.
Cuando vuelve encender al auto mi hermano, veo como de mi lado la anciana esta pegada asomándose en mi ventana de copiloto.
—Ahhh— Pego un grito de susto, mi corazón late deprisa.
Escucho la voz de la anciana, habla demasiado rápido, sus labios están secos y arrugados.
—Él está muy cerca. Regresa a donde perteneces. Tú nunca saldrás de aquí — Las frases que dice son demasiado rápido.
—¡ARRANCA!, ¡ARRANCA EL COCHE!— Grito desesperada del miedo.
Gabriel no lo piensa dos veces cuando arranca el coche, ignorando lo peligroso que es conducir con esta niebla tan espesa.
Pero ahora los dos estamos muertos de miedo, estamos tan pálidos más de lo normal.
— Regresaremos a casa por el momento— dice después de unos minutos— no voy a ponerte en peligro.
No digo nada, es lo mejor por el momento. Mis manos se aferran a la medalla que cuelga de mi cuello, cierro los ojos con fuerza tratando de tranquilizar mis nervios, no quiero que mi hermano se dé cuenta de que no soy una chica normal como las demás.
Porque en realidad quiero ir con él, no quiero que me deje aquí en este pueblo.
Mi madre siempre estaba metida en la iglesia, ella me educo siendo recatada y con muchas reglas impuestas, si desobedecía alguna me golpeaba con un látigo en los tobillos o me hincaba afuera de la iglesia para que las personas pasaran y me escupieran o me aventaran cosas por mi desobedecía.
Madre me educó en casa, nunca conocí una escuela o convivir con chicas de mi misma edad, siempre estaba encerrada en casa estudiando o solamente cuidado a madre.
Mi madre sabía que estaba enferma, por eso ella decía que no era como las demás personas. Que por eso debía entregarle mi vida a la iglesia, ahí nunca me juzgarían.
Pase toda mi vida así, hasta que en la iglesia conocí a alguien que no dejaba de mirarme, él comenzó a acercarse a mí poco a poco, haciéndose pasar como alguien devoto de la iglesia para que mamá no sospechara nada.
Me termino atrayendo más de lo que imaginaba e hice cosas que nunca hubiera imaginado por alguien. Mis medicamentos los deje de tomar y me sentía increíble, es como si mi cuerpo y mente fueran libres de unas cadenas impuestas.
Hasta que él desapareció un día, no antes de advertirme que siempre me vigilaría y no podría escapar de él si algún día quisiera abandonarlo.