Lila

Capítulo 4

—¿Aquí vive Gabriel?— Me pregunta.

—¿Quién eres tú? — veo que atrás de ella vienen otros dos chicos y una chica pelinegra.

—Soy una amiga de él, ¿Quién eres tú? — Parece seguir criticándome con su mirada.

Escucho que detrás de mí vine Gabriel, se acerca a mí. Me quedo aun lado de él sin despegar la vista de esos chicos.

—¿Diana?, ¿Qué haces aquí? — le pregunta la chica rubia.

—Gaby, queríamos venir a visitarte, pero esta chica de aquí no nos dejaba entrar— se queja con Gabriel.

—Ella es mi hermana Lila— me presenta.

No la miro, solo veo que los otros chicos restantes se acercan cuando ven a mi hermano. Se saludan y mi hermano vuelve a presentarme con ellos.

—Lila— me habla mi hermano al ver que me voy a retirar— ellos son algunos amigos que conocí.

—Bien, me retiro— camino hacia las escaleras de caracol que dan al piso de arriba.

—Voy a tener una pequeña reunión en la sala con ellos— me grita cuando empiezo a subir.

Me siento incómoda con su presencia de ellos aquí, mi madre no dejaba a nadie ingresar en la casa, solamente a la servidumbre que algunas veces venía a ayudar con las tareas de la casa.

Sé que ahora a cambiando todo, pero no estoy acostumbrada a tener visitantes en casa.

Me encierro en mi habitación poniéndole seguro, mis manos se desasen del vestido color gris azulado, todos mis vestidos nunca están descubiertos mostrando piel de más.

Son simples, aburridos. Mi madre nunca me dejo usar otro tipo de ropa, solo usar vestidos como los de ella, sin embargo ahora que tengo la oportunidad de ya no usarlos, me siento rara usar otro tipo de prendas.

Me pongo un pijama de seda blanca y me quedo acostada leyendo. Abajo se escucha música. No le pongo atención cuando escucho que alguien toca ligeramente la puerta de mi habitación.

Me levanto poniéndome una bata, le quito el seguro y abro la puerta. No hay nadie. La puerta del balcón está abierta, dejando entrar la brisa fría que me pone la piel chinita.

Quizás alguno de sus amigos de mi hermano esten en la terraza.

Antes de volver a cerrar la puerta, escucho un grito abajo. Mis sentidos se alertan, cuando cierro la puerta de mi habitación dirigiéndome a toda prisa abajo.

Lo primero que veo es a mi hermano recargado en la chimenea, mientras los otros están bebiendo vino.

Todos parecen estar bien, están todos reunidos aquí.

Cuando notan mi presencia todos voltean a mirarme, me cubro con la bata lo más que puedo.

—Lila… ¿Qué pasa? — Gabriel se acerca.

—Nada, pensé haber escuchado algo…—digo un poco pérdida.

—¿Estas bien?

—Sí, no te preocupes— me giro caminando hacia mi habitación.

Gabriel regresa a la sala con sus amigos.
No entiendo que está pasando aquí, si todos sus amigos están abajo, entonces quien abrió la puerta del balcón.

Cuando llego arriba la puerta, está cerrada.

Creo que estoy quedando loca.

Cuando entro a mi habitación veo que él está sentado en mi cama, esta de espaldas observando algo con atención.

—Dios mío, ¿Qué haces aquí?—le digo con el corazón acelerado.

—¿Te asuste?—no se voltea, sigue mirando enfocado en lo que tiene sus manos.

—Sí, no puedes solo aparecerte así como si nada— me acerco a él, cerrando la puerta detrás de mí.

—Un disculpa, solo quería venir asegurarme de algo— por fin me mira.

—No te disculpo, ¿A qué viniste?

—Ya te dije a asegurarme de algo.

—Estás loco, no quiero que entres a mi habitación como si nada.

—Estaban abiertas ambas puertas, así que no vi nada de malo pasarte a visitar.

—Te fuiste apenas hace unas horas.

—Si pero ya te extrañaba— su mano me toma la mía acercándome a él entre sus piernas.

—¿Qué estas mirando?— le pregunto cuando deja un pedazo de hoja en la cama.

Me muestra un pedazo de fotografía de mi madre conmigo cuando era pequeña.

—¿Por qué tienes eso? ¿Quién te la dio?— cuestiono asustada.

—Estaba tirada en la terraza, junto a las escaleras. Pensé que se te había caído— dice tranquilo.

—Nunca saco los álbumes de fotografías, no puede haber una fotografía de mi madre y mía tirada.

—Tranquila... respira— me calma cuando ve que me empiezo alterar.

Sus manos me rodean mi cintura, abrazándome su cabeza se recarga en mi abdomen. Mis dedos acarician inconscientemente su cabello. Los dos guardamos silencio, solo escuchando el sonido de la lluvia afuera.

Me jala con el cayendo sobre él, sus brazos no parecen querer soltarme.

—¿Estas bien?— le pregunto.

—Sí, solo que te he extrañado mucho.

Quisiera decirle que también lo extrañado mucho.

—Siempre me extrañas— le digo, sentándome en ahorcadas sobre su pelvis, él se queda acostado.

—Siempre tan modesta— me sonríe.

Me mira detallándome con detenimiento, mis dedos se aferran la parte superior de mi bata para no mostrar nada de piel frente a él.

—Tranquila, no te hare nada— me toma de las caderas haciéndome a un lado con cuidado.

—Lo sé— me siento en la orilla de la cama.

Él ya se levantó, mientras pasea por mi habitación detallándola, sus manos están metidas en sus bolsos del pantalón negro.

—Nunca te he visto con alguna joya en tu cuerpo— camina hacia mí— espero ser el primero en honrarme regalarte este pequeño detalle.

De su bolsa saca una pequeña caja negra de terciopelo, la tomo con cuidado abriéndola, dejándome ver uno pequeños pendientes de cristal en forma de gota. Me quedo absorta con la delicadeza que está hechos, lo relucientes que son, me encantan.

No puedo evitar sonreír, nunca me habían dado un obsequio. Ni el día que cumplo años, para mí es como si fuera cualquier día normal.

—Muchas gracias— me levanto abrazándolo— me gustan.

—Siempre te mereces lo mejor— me devuelve el abrazo.

Me separo de él, volviendo a ver los pendientes.

Él siempre se daba cuenta de detalles que nunca me había puesto pensar de mi vida, siempre me recordaba esencial que soy para su vida. Hace que mi vida comiemce a depender de él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.