Lilith

Lilith

Era una casa que estaba hecha de madera vieja, de esa que cruje incluso cuando el viento no sopla, me recordó a las casitas de alguna vereda en Colombia, levantadas con lo que había a la mano y sostenidas más por costumbre que por diseño, siempre pensé que esa familiaridad me tranquilizaba.

Con el tiempo empecé a notar que el sonido no era igual cada noche, no era el crujido disperso de la humedad ni el ajuste natural de la estructura. Había una intención en la forma en que se movía la madera, como si supiera exactamente cuándo yo estaba despierta.

No sentía miedo, es más, sentía reconocimiento, como si algo allí me hubiera estado esperando desde antes de que yo llegara, y ahora solo estuviera recordándome que nunca había estado sola del todo.

Las tres cabañas se alzaban en un claro que no aparecía en los mapas, no era un lugar perdido; simplemente no estaba destinado a ser encontrado, el bosque lo rodeaba con una precisión casi deliberada.

Mi cabaña estaba en el centro, a la derecha vivía un Anciano; a la izquierda, estaba la tercera casa. La distribución nunca me pareció nada casual, y con el tiempo entendí que la cercanía no era comodidad, sino quizás un extraño equilibrio, sentía que cada casa ocupaba un lugar que no podía intercambiarse.

Nunca supe quién decidió que debían construirse tan cerca, pero tampoco insistí en averiguarlo, hay decisiones antiguas que uno habita sin cuestionar demasiado, el bosque parecía cerrarse un poco más cada año, no lo encontraba como una amenaza, sino como resguardo, algo cálido que me protegía del resto, como si lo que ocurría allí necesitara permanecer oculto.

Vivía con el hombre al que llamaba mi compañero, nunca supe si esa palabra era suficiente, pero tampoco busqué otra. Nos unía algo que no necesitaba demasiadas explicaciones, permanecer, a veces, es más claro que prometer.

Nuestra casa no tenía ventanas de vidrio, en su lugar colgaban cortinas livianas que dejaban pasar la luz y casi todo lo demás. Se movían incluso cuando el aire parecía inmóvil, al principio pensé que era una corriente invisible, alguna fisura en la madera que no habíamos notado.

Después dejé de buscarle causa, en más de una ocasión me sorprendí observándolas con atención, esperando el momento exacto en que empezaran a agitarse. Sentía que no era el viento quien las movía, era algo que respiraba con un ritmo cercano al mío, como si hubiera aprendido a esperarme.

El Anciano casi no hablaba, no era un silencio incómodo ni hostil; era un silencio trabajado, como si hubiera aprendido hace mucho que ciertas cosas no se dicen en voz alta. Su presencia no ocupaba demasiado espacio, pero tampoco podía ignorarse.

Cuando lo miraba, tenía la impresión de que me observaba con una paciencia particular, no parecía estudiar mis gestos, sino esperar algo. Como si supiera que tarde o temprano yo también terminaría comprendiendo lo que él había aceptado hacía tiempo.

Había en su mirada una forma de reconocimiento que me incomodaba más que cualquier advertencia explícita, no porque me acusara, sino porque insinuaba que yo ya sabía lo suficiente, solo que todavía no estaba lista para admitirlo.

En la tercera cabaña estaban mis criaturas, no eran salvajes ni temerosas; se movían con confianza por el lugar, acudían cuando las llamaba, como si supieran que mi voz era una promesa.

Se dejaban tocar sin resistencia y descansaban sobre mis piernas con una entrega casi absoluta, en esos momentos sentía que el afecto era suficiente, que bastaba con sostenerlas para mantener el mundo en equilibrio, había algo profundamente reconfortante en esa dependencia.

Yo creía que el cariño era una frontera segura, una manera de mantener lejos cualquier amenaza, pero con el tiempo entendí que toda frontera también es un intercambio, nunca pensé que el afecto pudiera alimentar algo más que la ternura.

La noche en que la oscuridad cambió no fue más cerrada que las anteriores, no había tormenta ni un silencio distinto al habitual, sin embargo, algo en el aire parecía más atento, como si la casa misma estuviera esperando que ocurriera algo que ya conocía.

Mi compañero me pidió que no saliera, no levantó la voz ni intentó retenerme con fuerza; solo colocó su mano sobre mi brazo y dijo que aquello que rondaba afuera no reconocía el amor como límite. No sonó a advertencia improvisada, sino a una frase que había ensayado en silencio durante mucho tiempo.

Lo dijo sin mirarme, ese detalle me inquietó más que sus palabras, ya que no parecía asustado, parecía resignado, como si hubiera entendido antes que yo que ciertas presencias no llegan para irrumpir, sino para ocupar el lugar que siempre les correspondió, y esa presencia sabía cuál era su lugar.

Cuando la cortina se deslizó, no vi una figura definida, la tela simplemente se movió hacia un lado, con una suavidad que no parecía provocada por el viento. Frente a mí no había un cuerpo, sino una sombra que sostenía mi mirada con una quietud casi deliberada, no avanzaba, no retrocedía… solo permanecía.

No estaba completamente afuera, pero tampoco podía decir que estuviera dentro, había algo en su forma —si es que tenía forma— que me resultaba inquietantemente familiar. Era como observar un reflejo en agua oscura, uno sabe que es propio, pero la superficie lo deforma lo suficiente como para no reconocerlo del todo.




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