.
.
.
.
.
.
.
.
.
El viento frío recorría las calles vacías, haciendo que los árboles desnudos por el otoño chocaran entre sí con un lamento seco y quebradizo.
Cada golpe contra los cristales producía un murmullo inquietante, como si algo invisible arañara desde el otro lado de la noche.
Pero aquella noche… el mundo se sentía diferente.
Y nadie de los traucentes parecía notarlo.
Como si el tiempo hubiese quedado suspendido en un instante moribundo, negándose a continuar.
El aire helado rozó el rostro del joven.
Sus cabellos largos y oscuros se movieron apenas con el viento, aunque en él no hubo reacción.
Sus pasos avanzaban sobre las hojas secas con un sonido lento y constante.
Casi fúnebre.
Sus ojos estaban vacíos, no era tristeza lo que se reflejaba.
Era algo lamentable.
La ausencia absoluta de aquello que alguna vez llamó vida.
Entre sus manos sostenía un ramo de rosas rojas.
Demasiado vivas para alguien como él.
Su silueta terminó devorada por la oscuridad hasta detenerse frente a aquel lugar.
Una abadía en ruinas.
Olvidada por la gente, desgastada por el tiempo. Y aun así… negándose a caer.
Las paredes agrietadas permanecían en pie como huesos antiguos resistiendo al olvido.
Columnas fracturadas y techos abiertos que dejaban al descubierto la inmensidad del cielo nocturno.
Se adentró sin vacilar.
Como quien conoce de memoria el camino hacia su propia herida.
La luna menguante descendía entre las ruinas, derramando una luz pálida que convertía las sombras en figuras vivas.
Parecían observarlo en silencio.
Y entonces se detuvo.
Siempre en el mismo lugar.
Como si siglos enteros hubieran sido incapace de permitirle seguir.
Se inclinó lentamente, dejando que sus dedos rozaran la tierra seca y está cedió bajo su tacto.
Entonces exhaló.
no fue un simple suspiro.
Fue el cansancio de una eternidad escapando de su pecho.
Contrajo sus manos apretando el tallo de aquellas rosas, ni siquiera le importo que las espinas se clavaran en su piel.
Colocó las flores con una delicadeza dolorosa.
Porque el tiempo había destruido todo, pero los recuerdos no.
Inevitablemente cerró los ojos.
Y ella volvió a existir en ese pequeño momento.
Una joven de belleza serena apareció entre la oscuridad de su memoria, suspendida entre la vida y el recuerdo.
Su sonrisa era suave… y tristemente humana.
Como si incluso en sus recuerdos estuviera destinada a desvanecerse.
El velo rojo cubría parte de su oscuro cabello, moviéndose con lentitud bajo un viento inexistente.
Y entonces su voz volvió.
Tan cercana.
—Si llego a vivir una eternidad… mi alma, como mi cuerpo, serán para ti.
El eco atravesó las ruinas.
Pero no parecía venir del pasado.
Parecía seguir habitando aquel lugar como un alma que no lograba descansar.
—Ni el cielo ni la tierra podrán separarnos jamás.
Era demasiado cruel.
—Aunque cada uno tenga su destino… siempre estaremos juntos.
Podía sentir como su pecho se tensó lentamente.
Como si cada palabra siguiera arrancándole algo incluso después de tantos años.
—Te amaré… hasta que solo seamos cenizas, Matteo.
Sus ojos se abrieron de golpe rompiendo ese recuerdo que se desvanecio, el silencio volvió a devorar todo.
¿Existía realmente el amor en la eternidad?
Matteo creía que era una pregunta tan ambigua.
Y que tan efímero resultaba ser.
Si el amor sobrevivía al tiempo… entonces él había fracasado.
Porque esa noche no llegó a tiempo.
Porque no pudo salvarla pese al amor que sentía por ella.
Se había dado cuenta que el amor no puede con todo y menos con la muerte.
Sus manos, capaces de destruir imperios… fueron inútiles para proteger a una sola persona.
Y sus promesas…
Sus malditas promesas…
murieron junto a ella.
La soledad volvió a abrazarlo en silencio, como el unico consuelo al que ya estaba acostumbrado.
—Lilith… —susurró bajando la mirada hacia aquella lápida —. Lo siento, querida Lilith.
Las palabras apenas sobrevivieron al viento.
Soltó las rosas y se levantó lentamente.
Y se giro para marcharse sin mirar atrás.
Porque el sabía que los muertos… jamás regresan.
O eso creía.
—
No percibió la presencia oculta entre las sombras de la abadía, que observaba todo.
Los pasos de Matteo fueron desaparecindo en la distancia mientras una figura emergía lentamente de la oscuridad.
Sus ojos descendieron hacia las gotas de sangre que aún descansaban sobre los pétalos.
Y sonrió apenas.
—Si tanto la amas… —murmuró con suavidad— entonces te haré este favor.
Con un leve chasquido, las velas apagadas despertaron una a una.
La abadía respiró.
La figura tomó una daga antigua y deslizó la hoja sobre su palma, no hubo expresión en su rostro.
Parecía que el dolor no existía en el.
La sangre se deslizó lentamente, era oscura y espesa.
Dejó que cayera y se mezclara con la sangre de Matteo sobre la tierra.
Se quedó en silencio viendo como la tierra parecía responder.
Un estremecimiento recorrió el suelo.
El musgo comenzó a extenderse sobre las piedras tan vivo.
Las rosas se hundieron lentamente, abriéndose como bocas hambrientas mientras sus tallos crecían y se entrelazaban alrededor de algo oculto.
La tierra se abrió.
Y un cuerpo emergió lentamente desde la profundidad de el.
Como si hubiera permanecido esperando durante siglos bajo aquella tumba olvidada
Estaba intacta, como si el tiempo jamás hubiera existido en ella.
El hombre la observó en silencio durante unos segundos.
Con una devoción inquietante.
—Lilith… —susurró inclinándose cerca de ella—. Despierta.