Lilith

Capítulo 1 - El despertar

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El viento frío recorría las calles habitadas, deslizándose entre la multitud como un susurro antiguo, haciendo que las ramas desnudas del otoño chocaran unas contra otras con un crujido seco, semejante al sonido de huesos quebrándose en la oscuridad.

Cada golpe del viento contra los cristales producía un murmullo inquietante. Como si algo invisible arañara desde el otro lado de la noche, esperando ser escuchado.

Y aun así, el pueblo seguía respirando.

Las tabernas continuaban encendidas.
Las voces se mezclaban entre risas apagadas. Los pasos apresurados cruzaban las calles empedradas sin detenerse jamás.

Nadie levantaba la mirada hacia el cielo ennegrecido.

Nadie parecía notar que aquella noche el céfiro arrastraba algo distinto entre sus corrientes.

Algo pesado y que parecía caótico.

Algo que no pertenecía del todo al mundo de los vivos.

Porque las tragedias jamás llegan gritando.

Siempre comienzan con pequeñas señales que la gente decide ignorar.

Hubo un instante ambiguo donde el tiempo pareció detenerse sobre el pueblo. Como si la noche misma hubiera contenido la respiración, negándose a avanzar hacia aquello que inevitablemente debía ocurrir.

El aire helado rozó el rostro del joven.

Sus cabellos oscuros se movieron apenas bajo el viento, rozando la línea pálida de su mandíbula, pero en su expresión no apareció reacción alguna.

Su rostro seguía tranquilo.

Como si hubiese olvidado hacía mucho tiempo cómo responder ante el mundo.

Sus pasos avanzaban lentamente sobre las hojas secas, produciendo un sonido constante y apagado que se perdía entre el murmullo distante de la ciudad.

Un sonido casi fúnebre.

Las sombras de las calles se deslizaban sobre él mientras caminaba, tragándose poco a poco su silueta.

Y aun así, había algo en su presencia que hacía parecer pequeña a la oscuridad.

Entre sus manos sostenía un ramo de rosas rojas.

Demasiado vivas. Demasiado hermosas para alguien como él.

Los pétalos parecían absorber la tenue luz de los faroles, como si conservaran todavía el calor de algo que el tiempo no había logrado destruir.

Entonces el pueblo quedó atrás.

Las calles habitadas dieron paso a senderos vacíos cubiertos de niebla y hierba húmeda. El murmullo de las personas desapareció lentamente, sustituido por el sonido del viento atravesando árboles muertos.

Y finalmente llegó hasta aquel lugar.

La abadía emergía entre la oscuridad como el cadáver olvidado de un reino antiguo.

Las paredes agrietadas seguían en pie con una resistencia miserable, semejantes a huesos envejecidos negándose a desaparecer bajo la tierra.

Columnas fracturadas se alzaban hacia el cielo nocturno como manos suplicando algo que jamás descendería. Los techos derrumbados dejaban entrar la luz enferma de la luna menguante, derramándola sobre las ruinas con una palidez espectral.

El musgo cubría las piedras húmedas.
Las raíces atravesaban el suelo abierto. Y el aire dentro de aquel lugar olía a tierra mojada, polvo antiguo y recuerdos enterrados demasiado profundo.

Matteo continuó avanzando sin vacilar.

Como quien conoce de memoria el camino hacia su propia herida.

La luna descendía entre las ruinas, deformando las sombras sobre las paredes quebradas hasta hacerlas parecer figuras inmóviles observándolo en silencio.

Y lo siguieron hasta detenerse frente a aquel sitio.

Siempre en el mismo lugar.

Como si los siglos hubieran sido incapaces de permitirle avanzar un solo paso más allá de ese punto.

Se inclinó lentamente.

Sus dedos rozaron la tierra seca, apartando apenas las hojas marchitas que el viento había acumulado sobre ella.

Entonces exhaló.

No fue un simple suspiro.

Pareció el cansancio de una eternidad abandonando su pecho por un instante.

Sus manos se cerraron alrededor del tallo de las rosas. Las espinas atravesaron su piel con facilidad, dejando pequeñas heridas rojizas sobre sus dedos pálidos.

Pero no reaccionó.

Como si existieran dolores demasiado insignificantes para alguien que había sobrevivido al verdadero.

Soltó el tallo y colocó las flores con una delicadeza insoportable.

Porque el tiempo destruía ciudades, enterraba a personas que serían olvidadas.
devoraba nombres y Convertía los rostros en polvo.

Pero jamás tenía misericordia con los recuerdos.

Los recuerdos siempre permanecen hasta que dejas de respirar.

Cerró los ojos.

Y entonces ella volvió a existir.

Una figura apareció lentamente entre la oscuridad de su memoria.

Una joven de belleza serena suspendida entre el recuerdo y la muerte.

Su sonrisa era suave y tristemente humana.

Tan frágil que parecía destinada a desvanecerse incluso dentro de sus propios pensamientos.

El velo rojo cubría parte de su oscuro cabello, moviéndose bajo un viento inexistente.

Y entonces su voz regresó.

Tan cercana que dolía.

-Si llego a vivir una eternidad... mi alma, como mi cuerpo, serán para ti.

El eco atravesó las ruinas vacías, como una voz que aún no encontraba liberarse.

Parecía seguir atrapado entre aquellas paredes.

Como un alma incapaz de abandonar el lugar donde había muerto.

-Ni el cielo ni la tierra podrán separarnos jamás.

Las palabras se hundieron lentamente dentro de él.

Demasiado crueles para seguir existiendo después de tantos años.

-Aunque cada uno tenga su destino... siempre estaremos juntos.

Sintió cómo algo dentro de su pecho volvía a tensarse lentamente.

Como si aquellas palabras continuaran arrancándole algo incluso después de siglos no lograba apaciguar.

-Te amaré... hasta que solo seamos cenizas, Matteo.

Sus ojos se abrieron de golpe.

El recuerdo se rompió lentamente frente a él, desvaneciéndose entre las sombras de la abadía.




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